Por un país misericordioso

No cabe duda de que somos un país con múltiples carencias, pero probablemente una de las más urgentes es recuperar la situación de volver a ser un país misericordioso. No es algo simple de entender. Etimológicamente, misericordia viene de la palabra corazón, en latín, y tiene que ver con el hecho de tener un corazón abierto hacia las desdichas de los demás, un corazón que le preocupen, que le duelan las dificultades de otros. 

Es un asunto de práctica, no un tema de un mero sentimiento que puede desaparecer de un momento a otro, muy rápidamente. Podemos decir que nuestro país era reconocido por su cortesía, la bondad de su gente, por la misericordia de las personas hacia las desgracias del prójimo. Y hemos ido cayendo de esa situación, que era ya habitual. Nos encontramos de esa triste manera a un nivel personal, pero también a nivel de la Sociedad, en el ámbito de todo el país. 

Vivimos la pérdida generalizada de la costumbre de cuidar al otro, de ayudar a los demás. Hay múltiples ejemplos de cómo se daba este tipo de actitud, en hechos concretos. Son muy de recordar las reacciones de la población en las desgracias naturales, muy concretamente los grandes sismos del 1982 y del 2017, donde la población sobrepasó a las autoridades. Salía la gente a las calles a ver cómo podía hacer algo por los demás. Algunos ofreciéndose a cargar piedras y a llevar cubetas con cascajo, a ayudar a los que estaban rescatando a los que estaban sepultados. Otros, señoras y señores que se dedicaron a preparar tortas para los que estaban rescatando a las víctimas.

Y era una cuestión de la población, de muchachos que salían a la calle a dirigir el tránsito en las grandes zonas donde había falta de energía eléctrica y que necesitaban movilidad. O también las pequeñas tienditas, que ayudaban a los rescatistas ofreciéndoles el uso de los sanitarios en sus establecimientos. Y esto era algo que nacía del corazón, no se debía a una petición del gobierno o de las ONG’s. Es un hecho que la misma autoridad quedaba rebasada por la población, porque los gobernantes no alcanzaban a encontrar las muchas maneras de hacer un trabajo efectivo, de ejercer la misericordia hacia los demás. 

Por otro lado, podemos decir que esta cualidad era fruto de la amistad social. Eso es lo que se ha ido demeritando y actualmente podemos hablar de todo lo contrario: de una enemistad social, donde ya no nos preocupan los demás, donde no podemos actuar con misericordia. Somos incapaces de actuar sin esperar una recompensa.

Hay muchos ejemplos recientes y algunos bastante antiguos ya. Es el caso de los centenares de miles de desaparecidos, donde las autoridades se han dedicado a defenderse, incluso a negar los hechos, pero, por otro lado, también es cierto que una parte al menos de la oposición se ha dedicado a magnificar el asunto y usarlo como un arma arrojadiza contra el gobierno actual.

Lo que es un hecho es que se sigue negando el acceso a los padres y madres buscadores de sus hijos. Se sigue extrañando una actividad consistente y eficaz para atender el tema de las desapariciones. Y se habla de cuestiones que podían haberse hecho hace muchísimo tiempo y que se vuelven a anunciar una vez más, pero claramente no se ve que pueda haber una solución a corto plazo. Es verdaderamente doloroso ver que no existe el más pequeño indicio de misericordia para atender el dolor de esos padres y esas madres que han perdido sus hijos y que no saben dónde están. Y estamos hablando de cientos, de miles de personas.  Se trata a esos padres y madres buscadores como si fueran opositores, como si fueran auténticos enemigos del Estado. Y se les trata en consecuencia. ¿Por qué negarse a entrevistarse con ellos? Es un verdadero misterio.

Pero hay otros asuntos también; esa reacción no es la única. Por ejemplo, la cuestión de los niños que no tienen los medicamentos suficientes para atender enfermedades graves como el cáncer o las vacunas para atender enfermedades prevenibles. Y también el tema de las mujeres. Cómo se les niega apoyo y no se atienden sus necesidades urgentes. En concreto, el caso de las madres abandonadas, que se encuentran de repente con la dificultad para mantener y darle una atención adecuada a sus hijos. Y no hablemos de los ancianos, a los que la Sociedad ve con un desprecio que se disfraza a veces de eufemismo, pero lo único que se les ocurre es darles dinero, para ganar una clientela que les rinda en lo político. Y podríamos hablar de otros casos más. 

Aquí puede haber muchas justificaciones. Se habla, por ejemplo, de que hay temor de ayudar a alguien que se ve en desgracia. Quien quiere apoyar, puede ser objeto de un fraude e incluso se pone en riesgo. Y entonces la gente ya no quiere apoyar a otros, por puro temor. Existe el miedo de apoyar a las víctimas, y ser a su vez revictimizado, por autoridades que no tienen ese criterio de trabajar con misericordia hacia los demás. 

Aquí el gran problema es: ¿quién va a poner el ejemplo, ¿quién se hace cargo de desarrollar de nuevo esa actitud valiosa, característica del mexicano, de tener misericordia de las desgracias de los demás? ¿Quién está dispuesto a poner el ejemplo? ¿Los gobiernos? Les interesan los desdichados como un arma política, como una clientela que les pueda rendir como votos a su favor. Nada más.

Por otro lado, está la población en general, que muchas veces pide que sea el gobierno el que se haga cargo. “Para eso es que les estamos pagando”, dicen. Hay muchas justificaciones. Y no cabe duda de que muchas de ellas tienen alguna validez. Pero no podemos seguir conviviendo en un lugar donde el hombre es el lobo del hombre. ¿Quién está dispuesto a tomar el riesgo? Y la verdad es que es muy difícil encontrar quien quiera aceptar el riesgo de cambiar nuestra situación y regresar a lo que en otro tiempo fue una de las características de la cultura del mexicano.

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