Repensar la educación I

Con sinceridad necesitamos respondernos unas preguntas que a todos nos inquietan. ¿Qué personas nos dan seguridad de honestidad y podríamos confiarles el manejo de nuestras propiedades? ¿Cuántas personas honestas conocemos a quienes les podríamos confiar lo que más valoramos y a quienes más queremos?  ¿Cuál es la causa de que sean así?

Nuestro estado interior se manifiesta según las respuestas a esas preguntas y también predicen nuestro comportamiento. Si hay temor lógicamente buscamos seguridad, pero mientras no la logremos es fácil aislarse y desconfiar. Este estado no garantiza nuestra actividad colaborativa sino más bien desconectarse e inquietud.

Esas u otras preguntas semejantes nos las podríamos hacer y luego analizarlas para respondernos ¿por qué son así? o ¿por qué dudamos que sean así? Lo siguiente es salir de la duda pues en incertidumbre no es aconsejable actuar porque los riesgos son muy altos al no poder garantizar buenos resultados por falta de certezas.

Una hipótesis a la cual le doy prioridad para afrontar estas preguntas es la de encontrarnos con un entorno muy pobre debido a los fundamentos tan débiles e incapaces de fundamentar respuestas. Un punto de partida que nos explica tanta precariedad es el modo como se ha desdibujado la importancia de cada persona y se ha dado más importancia a lo grupal. Y así se prioriza el grupo sobre la persona.

Trataré de mostrar los datos en que me fijo. Se busca pertenecer a tal o cual grupo siempre que sea numeroso porque eso asegura su poder. No importa quiénes lo conforman ni sus principios ni su trayectoria. Cuenta el número no la calidad y mucho menos la moralidad. El pragmatismo asfixia los principios y esto es muy grave. ¿Se puede hablar de dignidad de la persona? ¿De respetarla?

Es muy importante la sociabilidad, la pertenencia, la colaboración, pero todo ello parte de entender la importancia de cada persona. Y la persona requiere de un sano desarrollo y en este aspecto tiene la palabra la educación. Una educación familiar, una educación institucional, una educación ambiental e importantísima es la aceptación personal de la influencia educativa.

De hecho, la educación es posible por la sociabilidad como característica de cada persona. El educando se abre a la influencia del educador. El educador pone lo mejor de su persona y de sus conocimientos al servicio del educando. Sea el educando hijo o alumno. Sea el educador progenitor o profesor. Pero la educación no es cualquier tipo de influencia, es una influencia perfectiva, y para que sea así hay que saber quién es la persona y a qué finalidad está llamada.

La educación es un modo de practicar la sociabilidad pues es promover el desarrollo de las potencias específicamente humanas, y a la vez concretar el particular modo de desarrollo que ha de alcanza cada persona. Es conocer las metas, pero particularizándolas. Por eso la educación necesita de la apertura social y la singularidad de cada ser humano. Por esos es una obra de arte. La educación no es en serie ni por consignas.

El educador debe ser un experto en el conocimiento del ser humano y en el conocimiento del modo de promover el desarrollo de acuerdo a la edad, a las aptitudes, pero sobre todo al papel que le corresponde desempeñar al ser humano entre sus semejantes y ante las demás criaturas. Es conductor y colaborador.

Por lo tanto, otro problema de la prioridad contemporánea de pertenecer a grandes grupos tampoco favorece entender a la verdadera influencia educativa, que no es de masas, que no es para hacer prosélitos, que tampoco busca la uniformidad, ni aprender técnicas de adoctrinamiento y mucho menos mostrar a los “influencers” como modelos a imitar. Sin saber quién es el ser humano es imposible encontrar maestros.

Por eso, la educación está en crisis. Pero podemos salir muy fácilmente de esta situación si recuperamos el trabajo realizado por los grandes maestros y por sus consejos. Son muchos y muy variados, hay donde escoger. Para eso, se requiere apertura, amar la verdad y practicar el bien. Esos objetivos anuncian a un ser humano íntegro, honesto, respetuoso y responsable.

Descarta al mentiroso, ladrón, aprovechado e irresponsable.

Los grandes maestros hablan de forjar personas con carácter. Eso requiere: a) formar la inteligencia para buscar la verdad, encontrarla y difundirla. La persona se desarrolla y desarrolla a los demás; b) formar la voluntad para hacer el bien, es la característica de alguien con carácter pues tiene vigor para resistir las tentaciones; c) la fortaleza de la personalidad no dificulta establecer buenas relaciones con los demás. Los entiende y busca el modo de ponerlos en caminos de mejora.

Estos tres aspectos los trabajan de modo muy personal distintos educadores, son básicos y se apoyan en Aristóteles que hablaba del “logos”, “ethos” y “pathos”, en su Retórica: (Libro 1, 1356a). Este filósofo se refería al pathos como el modo de influir en los sentimientos, apoyados en la verdad del logos y en el bien del ethos.

Sin embargo, como la tendencia busca la masificación de las personas y que se integren a los grupos convenidos por el gobierno, se propone el aprendizaje sin esfuerzo, se imparten mínimos conocimientos y se alaba el igualitarismo sin excelencia. Realmente no hay aprendizaje, mucho menos sabiduría. La paradoja es aprender sin estudiar, enseñar sin saber, aprobar sin evaluar.

Esta es una pseudo educación, no busca la verdad, pero consigue gente sumisa y conformista. El conocimiento se sustituye por ideología. Se ha construido un nuevo modo de decir para demoler los adelantos y la herencia educativa. No hay “alumnos”, sino “agentes de su propio aprendizaje”. No hay “errores”, sino “formas alternativas de respuesta”. No hay “esfuerzo”, sino “itinerarios personalizados”.

Pero si somos conscientes de la demolición podemos reconstruir.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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