¿Los hijos aprenden de los fracasos?

Los padres podemos enseñar con nuestro ejemplo, y con nuestra actitud hacia sus pequeños fracasos.



Pareciera que el mundo actual tiene pavor al fracaso, al dolor físico y a cualquier clase de sufrimiento. Sin embargo, para el crecimiento humano aprender a ser corregido, a perder, a equivocarse, a volver a empezar son importantes y aportan fortaleza. San Francisco de Sales nos dice que es mejor aceptar una derrota que no haberla tenido.

Un hijo no es perfecto, muchas veces no obtendrá el resultado que le hubiera gustado. En la vida diaria un pequeño es capaz de intentar muchas veces pararse, hasta que lo logra; los niños se caen algunas veces cuando están aprendiendo a caminar, a patinar o andar en bicicleta, pero no suelen centrarse en la caída sino en volver a intentarlo hasta lograr un mayor dominio.

Cuando no hay miedo al error, el ambiente distendido permite centrarse más en el logro de la meta y la facilita. No hay estrés, y esto facilita el aprendizaje, que se vuelve como un juego. El niño que intenta hablar una nueva lengua extranjera se atreven a hablar sin miedo a hacer el ridículo a decirlo mal o que no le entiendan. No tiene miedo al qué dirán, no tiene miedo a aparecer ignorante, ni a no lograr lo que quiere a la primera.

Qué importante que el niño siga aceptando y superando los pequeños y a veces menos pequeños fracasos de la vida a través de los cuales aprende.

Todo niño experimenta a veces que no lograr algo. Tanto en casa como en la escuela, y luego en la sociedad, en la vida. No ganará todos los juegos si practica un deporte, no todos los campeonatos, no siempre meterá gol o encestará, a veces fallará en la recepción o los pases. Además a alguna vez se lastimará. No siempre sacará 10 en todo. No siempre saldrá bien lo que toca con un instrumento musical. No siempre se entenderá bien con los compañeros.

Es importante aceptar la realidad cuando no se logra lo que se quería, aceptar humildemente los errores, los fracasos, con serenidad y sin desplomarse.

Los padres podemos enseñar con nuestro ejemplo, y con nuestra actitud hacia sus pequeños fracasos. Enfocándonos en su mejora, su crecimiento como persona. Y no sólo en los resultados.

En el tema escolar, la mayor parte de los alumnos no tendrá el primer lugar de la clase, ¿quiere decir que los padres no deben dar importancia a los estudios? No. Pero si la atención de los padres se dirige primero al esfuerzo, y luego al resultado, facilitamos el poner en segundo plano lo que suceda fuera del niño y en primer lugar al niño mismo.

La inteligencia emocional nos habla de la importancia de permitir al hijo equivocándose acertar. En cambio, si se está bajo presión y se considera que lo más importante es conseguir un resultado, sea como sea, se tiene un ambiente menos favorecedor del aprendizaje mismo.

La clave es mantener una relación relajada con el hijo, que la tensión la ponga la dificultad misma, pero no aumentar también tensión de parte de los padres que temen que el hijo se equivoque en cosas sencillas. Si a la tensión de no poderse equivocar del hijo se suma que si se equivoca los padres se decepcionan de él se debilita el vínculo; se elige un camino que no facilita el crecimiento humano y la educación.

Estas vacaciones son un buen ejemplo de aprender a ganar y perder, tanto por el mundial, como por las elecciones. En casa se aprenden a convivir y también cómo se viven los triunfos y los fracasos en diferentes ámbitos de la vida. Enseñémos a nuestros hijos a dar lo mejor de sí mismos, a luchar, a perseguir sus sueños, y a aprender también de sus fracasos, para seguir adelante con nuevos bríos y con mejores estrategias. Confiando siempre en que al final y desde un punto de vista sobrenatural “ Sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Rom 8,28).

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