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El huevo de la serpiente

A Europa, el viejo continente, se le presentan graves desafíos actualmente, en especial, a sus naciones más emblemáticas: continuar fortaleciendo la Unión Europea o dar marcha atrás dando más autonomía a sus miembros; continuar con el Euro o desaparecerlo; rechazar o aceptar a la gran ola de emigrantes que diario quieren entrar en sus fronteras; combatir al terrorismo; intervenir en oriente o abstenerse; recuperar el crecimiento económico, estancado desde la crisis de 2008. No obstante, en la difícil situación de Europa hay un problema de fondo del que no se habla, o no se quiere hablar. Es como el elefante en la sala que nadie quiere ver, que obstaculiza todo, pero que nadie quiere mencionar. Ese, es el problema demográfico. 


El huevo de la Serpiente


El boom económico de la posguerra hubiera dado como resultado natural un crecimiento significativo y consistente de la población europea. Sin embargo, desde la aparición de la píldora y la evolución de los métodos anticonceptivos a principios de los años sesenta, en gran parte de ese continente la tasa de natalidad bajó abruptamente. Este déficit en la sustitución poblacional de las nuevas generaciones europeas, desde los sesentas hasta la actualidad, obligó a que la fuerza de trabajo que demandaba su economía fuera sustituida con emigrantes. Aunque hubo migración interna, es decir, españoles, griegos y eslavos en general que fueron a trabajar a otros países, la migración natural hacia naciones como Inglaterra, Francia, Italia e incluso Alemania, provino de regiones musulmanas. El hecho de que estos países islámicos hubieran sido colonias de esas naciones apenas décadas atrás, facilitó esa migración. 

Desafortunadamente, ese flujo migratorio que penetró sus sociedades traía el huevo de la serpiente. La tradición liberal, que se consolidó al terminar la Segunda Guerra Mundial en estas naciones europeas, obligaba a respetar la libertad de creencia y de pensamiento y a abrir los brazos a cualquier ciudadano, mientras cumpliera con la ley. La suposición era que esos migrantes musulmanes se terminarían adaptando y asumiendo los valores de Occidente. Inicialmente parecía ser así, pero la “Guerra de los 6 días” y la del “Yom Kipur” en 1967 y 1973 respectivamente, donde Israel se apoderó de grandes territorios árabes, así como el triunfo de la Revolución Islámica en Irán en 1979, hicieron que resucitara el radicalismo musulmán en las naciones árabes. Apelando a la libertad individual, Europa se aventuró en el proyecto globalizador sin tomar en cuenta que su reducción poblacional tenía que ser compensada por olas migratorias que no necesariamente respondían a sus valores culturales. Pero especialmente, sin tomar en cuenta que esas comunidades migratorias no aceptaban, ni aplicaban, las políticas de anticoncepción, ni de aborto, ni de diversidad de género, ni de “respeto” al suicidio como “máximo ejercicio de la libertad individual”, que imperaban ya en su cultura. La consecuencia de esto fue el crecimiento poblacional de las comunidades musulmanas y la reducción constante de los nacimientos en familias europeas. El resultado actual es ya irreversible. Las tendencias poblacionales muestran que importantes naciones europeas en la década de los 50 de este siglo, serán repúblicas mayoritariamente islámicas. En pocas palabras, mientras se planea cómo combatir al islamismo radical en Irak y Siria, en su propio territorio, la derrota demográfica de Europa ante el Islam es ya un hecho. 

Muchos quieren cerrar los ojos ante esto, muchos no quieren hablar de esto. No es políticamente correcto criticar la anticoncepción ni el “derecho a decidir” de las mujeres, pero éstos han logrado que la cuna de la cultura Occidental esté a punto de ser vencida en términos poblacionales por la religión musulmana, lo que más tarde se convertirá también en una victoria de su cultura. De darse así, esto cambiaría los derroteros del mundo. 

El “brexit”, es una reacción, aunque tardía, a este fenómeno; la victoria de Trump también. Lo que sucede en Francia con Macron, aunque elogiado por muchos, en nada contribuye a resolver en particular este problema. Pero al igual que sucedió con la crisis financiera del 2008, la respuesta ante este desafío en los EUA, parece que será más rápida y previsora que la de Europa. No quiere decir que Trump sea el indicado para dar esas respuestas, pero sí refleja que los votantes que lo apoyaron tenían como prioridad ese tema. Como lo reflejan los estudios demoscópicos más recientes que han analizado la última elección en EUA, no fue el tema económico el que hizo la diferencia en los estados clave que Trump le ganó a Hillary, sino el de la migración y específicamente el de la actitud hacia los grupos musulmanes. 

La mayoría de los miembros de las comunidades islámicas en Europa no son radicales ni terroristas, pero donde existan éstas siempre habrá algunos que se unan a ese radicalismo y vean a la violencia como un medio legítimo para honrar a su religión e imponerla. Ese es el “huevo de la serpiente” que ya está inmerso en Europa. Es lo que ha azotado a Francia y a Inglaterra en el último año con actos de terror que se suceden cada vez con más frecuencia, en donde han muerto cientos de inocentes, incluyendo niños. Porque desgraciadamente no son emigrantes ilegales, ni turistas, los que han cometido esos crímenes. Son ciudadanos europeos, de segunda o hasta tercera generación, pero de religión musulmana. Es el “huevo de la serpiente”, cuyo cascarón ha empezado a crujir.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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