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¿Por qué no todas las religiones son iguales?

Si todas las religiones fueran lo mismo, todas serían verdaderas o falsas. Y sería así, si todas fueran humanas. Se piensa que todas las religiones son buenas porque llevan al hombre a hacer cosas buenas, exaltan pensamientos y sentimientos positivos y satisfacen de algún modo la necesidad de trascendencia que tiene el ser humano.



El Budismo enseña que el mundo es una ilusión y que el modo de no sufrir consiste en dejar de tener deseos. Buda dijo: “No te fijes en mí, fíjate en mis enseñanzas”.

¿Cuál es el origen de las religiones? Puede ser algo humano o algo divino. Todas las religiones buscan a Dios; pero en el cristianismo, además de eso, Dios busca al hombre. El judaísmo y el cristianismo claman su origen divino.

Si solamente hay un Dios, no puede haber más que una verdad divina y una sola religión verdadera. Ahora bien, creer que el cristianismo es la verdadera religión no implica imponerla a los demás, ya que la fe es un don de Dios y un acto libre.

“En los primeros siglos la fe cristiana se abrió paso en el Imperio romano de forma prodigiosa. Los primeros cristianos recibieron un tratamiento francamente hostil. Hubo una represión sangrienta durante más de dos siglos, de modo intermitente. Y la fe cristiana se abrió paso sin armas y sin violencia” (Aciprensa).

Jesús de Nazaret

La pregunta básica sobre la identidad cristiana se basa en su fundador, en quién es Jesús de Nazaret. Los grandes fundadores de religiones, Lao-tsé, Buda, Confucio, Mahoma… se decían profetas o iluminados, pero ninguno afirmó ser Dios. Jesucristo sí lo hizo. Sus gestos eran propiamente divinos: a través de sus milagros manda sobre la enfermedad y sobre la muerte. Además, posee una perfecta humildad y una discreción llena de delicadeza. Otros fundadores indican el camino, pero ninguno se atrevió a decir: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14,6).

Jesús hablaba como quien tiene autoridad. Provocaba asombro al decir: “En verdad, en verdad les digo, antes de Abraham yo era” (Juan 8, 58). “Yo soy la resurrección…” Buda dijo: “No me vean a mí, vean mis enseñanzas”. Jesús dijo: “véanme a mí”. Jesús es el único hombre que nunca aburrió a nadie. Entre más conozcas a Cristo, menos te aburres. Cristo es asombroso porque es hermoso. Su verdad, su bondad y su creatividad asombran.

La única persona en toda la historia que nunca aburrió a sus oyentes con sus discursos fue Cristo. Él cambió a cada una de las personas que trató. Si conoces a Cristo no te aburres; es más, cuanto más profundamente conozcas a Cristo menos te aburres.

El pensamiento cristiano es el pensamiento más inteligente, y la moral cristiana es la más santa. Pero ya no se produce arte cristiano, no porque se vea como estúpido, sino porque se ve como aburrido. Nuestro mundo actual es inteligente, eficaz, rico, poderoso y feo. Hemos perdido sensibilidad ante la belleza. Ya no producimos héroes, producimos gente “buena”. No hay historia más hermosa que el Evangelio.

Cristo estaba lleno de gracia y virtud, era impredecible y bello. Los milagros son tecnológicamente imposibles. Las catedrales son las obras de arquitectura más perfectas y más bellas, eran tecnológicamente imposibles y se hicieron posibles por la fe de los constructores porque querían darle a Dios lo mejor. ¿Qué explica esos milagros? Su presencia real en la eucaristía, por eso hicieron el edificio más hermoso que pudieron.

¿Qué explica los milagros? Cristo mismo. Cristo motiva a que se hagan esas catedrales. Vino del cielo a la cruz sólo para amarnos y salvarnos. Tú eres una catedral, es más, eres más hermoso que una catedral porque eres diseño de Dios en tu cuerpo y en tu alma. Su real presencia en la eucaristía produce asombro. Jesús hace todas las cosas nuevas.

La salvación no es sólo algo que él hizo en el pasado, es algo que él hace en el presente. Celebramos la Navidad como algo pasado, cuando es presente pues Cristo ha resucitado, ¡está vivo!

Cristo dividió la historia en “antes” o “después” de él; o bien, antes de la Era convencional, o después de la Era convencional, pero es lo mismo, Él partió la historia.

Él vino a dividir el mundo, no a unirlo (Mateo 10. 34). Al final vendrá la paz, pero ahora estamos en batalla, no contra la carne o la sangre, sino contra los enemigos de nuestra alma, los malos espíritus. Para ganar esta batalla, Cristo nos da su Sangre, nos da una trasfusión sanguínea. Nos dice: “Éste es mi cuerpo que será dado por ustedes”. Nos habla de su sacrificio. Es lo mismo que dicen, pero como blasfemia, algunas mujeres: “Es mi cuerpo y hago con él lo que quiero, y si quiero, aborto, porque es mío. Yo soy la capitana de mi alma y hago las cosas a mi manera”, como dice la canción.

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