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3 michoacanos, 3 destinos

La vida unió en el Seminario de Morelia a tres michoacanos (dos asesinados, longevo otro) que desempeñaron papeles importantes en la vida pública de México.



A finales de los 30 del siglo XX, por la persecución religiosa muchos seminarios habían desaparecido y otros pasaban las de Caín para sobrevivir; el de Morelia anduvo por varios pueblos del rumbo de Tlalpujahua, donde sus alumnos estudiaron los primeros años. Ahí coincidieron Carlos Torres Manzo, Juan Jesús Posadas Ocampo y Manuel Buendía Téllez Girón, respectivos gobernador, cardenal y periodista a futuro.

Carlos nació el 25 de abril de 1923 en Coalcomán, Michoacán, fue seminarista tres años; se tituló de economista en la UNAM, estimulado por su famoso tío Ricardo Torres Gaytán; fue maestro en su alma mater y de la Escuela de Economía del Poli, fundada por Jorge de la Vega Domínguez, su gran amigo e impulsor.

Presidió el Colegio Nacional de Economistas (fundado por Gilberto Loyo, secretario de Economía del presidente Adolfo Ruiz Cortines, 1952-1958), igual que Octaviano Campos Salas, su antecesor como secretario de Industria y Comercio, aquél con Gustavo Díaz Ordaz, él con Luis Echeverría Álvarez (LEA). De ahí pasó a gobernar su estado (15 septiembre 1974-14 septiembre 1980), donde lo sucedió Cuauhtémoc Cárdenas.

Fue invitado por De la Vega Domínguez, director del IEPES, para organizar reuniones regionales donde LEA escuchó problemas y propuestas del sector empresarial en su campaña presidencial.

Invitado especial al recorrido del candidato por su natal Michoacán, De la Vega Domínguez le sugirió muestrearse al público, sobre todo en la región de Coalcomán, pues podía ser candidato a diputado federal del PRI.

Al pisar suelo michoacano por Villa Victoria, Estado de México, recibió a LEA Dámaso Cárdenas, ex gobernador del estado como Lázaro y en nombre de éste se dedicó a mostrar al candidato en todos los pueblos que visitaba, las obras realizadas por su hermano: esta escuela la construyó el General; aquel dispensario se llama Felícitas del Río, en honor a nuestra madre; este puente lo erigió mi hermano…

La noche del segundo día del recorrido michoacano, el general Castañeda Guzmán, jefe del resguardo y futuro jefe del Estado Mayor de LEA, éste le ordenó que, a como diera lugar, separara a Dámaso de la comitiva, pues ya estaba hasta el copete del ritornello: esto y aquello son obras de mi hermano.

Al cambiarle LEA favorablemente la suerte, Torres Manzo llegó a gobernar Michoacán con la instrucción de opacar la imagen del Tata, lo que hizo con tacto, no como Agustín Arriaga Rivera, mandatario (1962-1968) enviado por Adolfo López Mateos con consigna similar, que cumplió abiertamente, y Lázaro le promovió una rebelión estudiantil mediante su adláter Natalio Vázquez Pallares, quien sabía bien motivar a los nicolaitas, de quienes había sido líder en su juventud.

Arriaga estuvo a punto de caer, pero la Federación actuó para rescatarlo.

En el prólogo de una antología poética del Padre José Luz Ojeda, publicada por la Universidad Latinoamericana, de Morelia, que Torres Manzo fundó después de ser gobernador, narra que, recién llegado al cargo, José Tocavén, director de “La Voz de Michoacán”, organizó para él y el Arzobispo Estanislao Alcaraz un desayuno con invitados selectos.

Ahí preguntó a Monseñor por los sacerdotes Salvador Campos y Ojeda, maestros suyos en el seminario, a quienes estimó mucho. Alcaraz le informó que Campos ya había muerto; Ojeda era canónigo en Querétaro y vivía en Celaya, donde Carlos lo visitó tiempo después.

Michoacano por formación y adopción, Juan Jesús Posadas Ocampo, futuro purpurado, nació en Salvatierra, Guanajuato, el 10 de noviembre de 1926. Estudió en el Seminario de Morelia, del que fue destacado alumno, maestro y vicerrector. Fue obispo de Tijuana (1970-1982), pasó a Cuernavaca (1982-1987), luego a arzobispo de Guadalajara (1987-1993) y el 28 de junio de 1991 Juan Pablo II lo proclamó Cardenal.

Fue asesinado el 24 de mayo de 1993 en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara al ir a recibir al Nuncio apostólico Girolamo Prigione, en una balacera entre las bandas de narcotraficantes de los Arellano Félix y el Chapo Guzmán, con fuertes indicios de que fue montada exprofeso para eliminarlo.

Sucedió en Guadalajara al cardenal José Salazar López (hombre sencillo que vivió pobre y socorría a los pobres, antecedente del Papa Francisco); lo recibieron con reservas, pues esa Arquidiócesis tenía muchos licenciados y doctores en ciencias sagradas, sociología y filosofía, posgraduados sobre todo en Roma, y Posadas Ocampo carecía de borlas universitarias y ni siquiera había estudiado en el extranjero, pero era lector voraz y gran orador.

En Morelia perteneció al último curso enviado al Seminario Central de Montezuma, en Santa Fe, Nuevo México (EU); mas por su corta edad repitió año, junto con su compañero Jesús Villaseñor, quien como él destacó en clases y muy jóvenes fueron maestros en su alma mater.

Juan Posadas (como lo llamaban en Morelia) fue ganando ascendiente entre su clero, fue vicepresidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano y jugó importante papel, al lado del Nuncio Prigione, en la negociación de la reforma constitucional de Carlos Salinas de Gortari, que reconoció jurídicamente a la Iglesia católica.

Manuel Buendía nació en Angangueo, Michoacán, el 24 de mayo de 1926. Vanidoso como era, siempre dijo ser nativo de Zitácuaro, la ciudad más importante de su comarca, donde le erigieron una estatua como orador, cuando su profesión fue borronear cuartillas.

Alumno de la Escuela Libre de Derecho, fue reportero de “La Nación”, órgano oficial del PAN; allí destacó y su director Alejandro Avilés lo recomendó en el diario “La Prensa”, donde, tras brillante desempeño, llegó a la dirección, oficialmente como subdirector, y empezó a publicar su famosa columna “Red Privada”, que en mayo de 1984 presentó una denuncia de los obispos mexicanos sobre la penetración del narcotráfico en altas esferas oficiales, e iba a revelar nexos concretos de políticos con las mafias, cuando lo asesinaron.

Ésa fue la supuesta causa de su muerte, atribuida a Juan Antonio Zorrilla Pérez, director de la fatídica Dirección Federal de Seguridad, como autor intelectual, condenado a 35 años de cárcel y liberado a los 20 dizque por grave estado de salud.

Manuel Buendía lideró uno de varios intentos para quitar a Mario Santaella el control del diario “La Prensa”, que lo manejaba como su dueño; igual al de Leopoldo Ramírez Cárdenas, también subdirector, que fue expulsado con sus partidarios. Su hermano Roberto no lo secundó y permaneció como titular de las fuentes políticas.

Apoyó a Buendía el michoacano Humberto Romero, secretario particular de Adolfo López Mateos (ALM). El espionaje de Santaella le informó del movimiento subversivo, y él recurrió a su paisano y compadre Gustavo Díaz Ordaz, secretario de Gobernación, quien le sugirió dar largas al asunto hasta ver si era el sucesor de ALM, y ya en el poder ordenó a la Policía Judicial Federal tomar las instalaciones de “La Prensa” e impedir el acceso a Buendía y socios.

Derrocado, Manuel Buendía se refugió en la Editorial El Día, con Enrique Ramírez y Ramírez; dirigió el vespertino fugaz “Crucero”. Ahí continuó con “Red Privada” y la pasó a la Organización Editorial Mexicana (OEM), invitado por el ex reportero de “La Prensa” Fausto Zapata, que cuidaba los intereses de Luis Echeverría, tras de que, al final de su sexenio, expropió esa cadena de periódicos al coronel José García Valseca.

Rebelde como fue, Manuel Buendía no aguantó las insinuaciones de no tocar a tal o cual político, amigo de LEA, y finalmente encontró sitio en “Excélsior”, donde “Red Privada” cumplió 28 años, y murió con el columnista más destacado del país.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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