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La desesperanza ¿amenaza social?

Ante las dificultades personales y sociales  que enfrentamos todos los días y la aparente falta de salida, aparece una gran tentación que debemos sortear con entereza para no desfallecer: la desesperanza.



Es cierto que el mundo nos ofrece grandes retos para superar: erradicar la pobreza y el hambre, la inseguridad, la corrupción, la impunidad, el utilitarismo y menosprecio del hombre que lo lleva a experimentar una cultura del descarte, donde el ser humano no se siente valorado, amado y respetado, sino vulnerable y en total  descobijo, dando cabida a la desesperación, es decir, la pérdida de la paz y la confianza que, como maleza, va poco a poco abrazando el alma, impidiendo florecer en ella la esperanza y paralizándola.

De aquí que se convierta en la más grande de las amenazas del alma en la vida personal y social, que IMPIDE ver con claridad las opciones de salida y trabajar por ella, invadiéndole el pesimismo y la tristeza. Convirtiéndose en una pesada loza donde nada tiene sentido. 

Para Santo Tomás, la desesperanza es uno de los pecados más graves, tanto por su origen, como por sus consecuencias, pues toca lo más profundo del corazón, donde nacen nuestros deseos y nuestras acciones, apartándonos de la misericordia y ahogando la posibilidad de una conversión.

Amar a Dios sobre todas las cosas, nos dice el primer mandamiento; y lo harás con todo tu corazón, con todas tus fuerzas y con toda tu alma. Amarlo es conocerlo y conocerlo es tener certeza de que nunca nos abandona, de que existe, y de que en todo lo que nos dice, es confiable y puede confiarse en él.

La desesperanza es negar este amor y perder la confianza en él. Aunque no sea una decisión que tomemos consciente y voluntariamente, o si es la consecuencia de descuidos o malas decisiones del pasado que nos debilitaron antes de enfrentar la crisis.

Un corazón apegado al placer, a la riqueza, al poder y la vanidad va desplazando a Dios de su centro y va perdiendo la paz que da la certeza, la acogida que da la confianza y la alegría que da la esperanza.

Con la sociedad pasa igual. Cuando se saca a Dios de las leyes, de sus escuelas, economía, política y convivencia, se da cabida a la desesperanza paralizadora, convirtiéndose en una amenaza para su futuro.

Creer que no se puede hacer nada para cambiar una ley, para que haya comida en cada mesa, que somos insignificantes ante un sistema inhumano, es un pensamiento pesimista que al  adoptarlo y compartirlo le damos una fuerza expansiva devastadora.

Por el contrario, si reconocemos que el cambio positivo es un asunto interno personal, comunitario y social, toda acción es un logro esperanzador, porque construye puentes y caminos donde no había.

Para el Papa Francisco, dos claves han sido esenciales en su labor pontificia: dar esperanza y vivir con alegría.

Ambas nacen de poner en el centro de su vida y su política a Dios. Como él mismo dijo a los jóvenes en la isla Italiana de Cerdeña: "No soy un súper héroe que todo lo puede, sino que me fío de Dios".

"En los momentos más oscuros, en los momentos de pecado, en los momentos de fragilidad, en los momentos de fracaso, he mirado a Jesús y me he fiado de Él y Él no me ha dejado solo. Fíense de Jesús".

La respuesta para vencer la desesperanza, es: confiar en el amor de Dios y experimentar su misericordia, ser creativo y tenaz, convertirse en agente expansivo de alegría y esperanza.

Tú puedes hacer la diferencia, desvanece la amenaza social de las tinieblas.

¡Fíate de Él y llenemos este mundo de esperanza!

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* Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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