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Redefinir el perdón

¿Tiene el perdón algún poder especial? Independientemente de las distintas opiniones que puedan existir, vale la pena hacer un alto en el camino para reflexionar sobre el alcance que el perdón puede tener en nuestras vidas. ¿Qué pasa si no perdonamos? Si olvidar es tan difícil, ¿cómo sé si ya perdoné?, ¿qué hago si no puedo perdonar?


Perdón y misericordia


La afirmación: “Aquél que no perdona, se traga su propio veneno”, es ampliamente conocida. Lo que no es tan popular, es que quien no lucha por perdonar, lucha por castigar, por reprochar, por “dar una lección”, o por recordar la ofensa. Pero, a fin de cuentas, de todas formas vive una lucha interior.

En la vida uno tiene que escoger sus batallas, porque si luchamos todos los días en un frente que de antemano está perdido (y tal es el frente del “ojo por ojo”), entonces perdemos también la oportunidad de ganar en el otro frente: el del cariño y la caridad.

Ponderando lo anterior un poco más a fondo, perderíamos también la batalla final: la batalla por la felicidad, la cual probablemente nos haya motivado inicialmente a emprender esa lucha interior.  Lo que puede pasar si no perdonamos, es que perdamos la oportunidad de ser más felices.

Si nos detenemos a mirar nuestras vidas, es posible que encontremos una razón más para perdonar: Al sanar las relaciones, el perdón tiene el poder de evitar futuras ofensas, lo cual quiere decir que puede cambiar el curso de una historia.

Ahora bien, el perdón no significa que las ofensas no duelan, o que las olvidemos algún día (en algunos casos no es posible).  Significa dejar de pensar un castigo para la otra persona, significa cambiar el pensamiento cuando llegan las ganas de juzgar, significa tratar de justificar y quitar culpa (disculpar).

Perdonar implica ser capaz de ver la parte de responsabilidad que a uno le toca en toda relación, y comprender al menos algunas de las razones que llevaron a la otra persona a actuar de tal o cual forma.  Es un proceso de reflexión interior, que usualmente debe llevarse a cabo hasta 70 veces 7… ¡veces al día! Sí, 70 veces 7 veces al día.

Podría ayudar pensar lo siguiente: ¿He sido yo bueno(a) todo el tiempo? ¿Qué heridas puede haber en el corazón de aquella otra persona que la han llevado a actuar así? ¿No es verdad que he tenido yo también heridas en el mío que me han llevado a hacer algo que en el fondo sé que no me conviene?

¿Quiero verdaderamente perdonar? ¿Qué pensamientos positivos puedo pensar en vez de esto que estoy pensando? ¿Me doy cuenta que el perdón es necesario para ser libre? ¿Qué cosas buenas saco de no perdonar? ¿Pudiera encontrar cosas positivas de la situación por la que pasé?

Aunque algunas cosas en la vida hubiera sido mejor que no pasaran, ¿estoy dispuesto a ver que ya que han pasado, lo propio y la grandeza de la libertad humana es convertirlas en un bien?

¿Me doy cuenta que la única forma de superar las cosas es si yo me propongo decididamente luchar cada día? Por último, ¿Soy yo tan inmaculado(a) como para no perdonar algo? ¿Hay alguien en el mundo que no tenga una ofensa que perdonar?

Claro está que para responder con sinceridad se requiere la virtud de la humildad, para desde ahí encontrar lo que falta y saber pedir ayuda.

En última instancia, para perdonar de fondo, es necesario quitar el toque personal que tiene la ofensa.  Darnos cuenta que la persona que nos dañó, antes que nada, se hizo daño a sí misma al ofendernos; éste es el arte del cariño, redefinir las acciones de los demás, y lejos de tomarme algo personal, saber ver en las acciones de los demás ya sea un bien para ellos mismos, o un mal que les hace daño.

Es por eso que, en realidad, más que estar preocupados por aprender a perdonar, debemos preocuparnos por aprender a amar. Más que pensar en que uno no puede perdonar, pensar en cambio, cómo puedo amar, y es probable que el perdón llegue por añadidura.  Cuando se quiere amar, no es necesario pensar en querer perdonar.

¿Quiero amar, o quiero sacar mi herida porque creo que eso va a aminorar el dolor? ¿Quiero realmente que la otra persona aprenda o más bien quisiera dar a conocer que yo tengo la razón?

¿Realmente quiero el bien del otro? ¿No? Entonces no he aprendido a amar, y me amo a mi mismo por sobre todo, y entonces tengo la misma actitud que detesto en quien me ofendió: ser egoísta y no ver más allá de mis inclinaciones e intenciones personales.  ¿Cómo puedo atreverme entonces a no decidirme al menos a intentar perdonar?

Cuando nos equivocamos es porque nuestra inteligencia se ve nublada por un bien aparente que oculta el mal, y en realidad no vemos plenamente lo que hacemos o lo que pueda ocasionar lo que hacemos; por ende, ante las acciones negativas, no habría que llorar por nosotros mismos, sino por el mal que en sí mismo trae el error. Las faltas de cariño son feas, independientemente si me las hacen a mi o no. Hay que tener un corazón grande para no sentirnos agredidos ante lo que no es personal.  E igual de grande para olvidarnos un poco de nosotros mismos y amar a los demás.

No hay que olvidar que el amor es una decisión de la voluntad, y por ello la mayoría de las veces hay que violentarnos a nosotros mismos para realizar un acto de amor.  No en vano se dice que los débiles nunca pueden perdonar. La batalla de la caridad, por ser el amor una facultad del espíritu, es una lucha espiritual, y se puede crecer espiritualmente sin Dios, sin embargo en todo caso, ante cualquier acción negativa, el único verdaderamente ofendido es Dios.

Él, que es la fuente de la verdadera caridad, es el camino para perdonar de corazón y la vía más rápida para acceder al Amor. Ojalá en este año de la Misericordia nos atrevamos todos a pedirle a Jesús un corazón semejante al suyo, que se acerque primero a la voluntad de Dios y desde ahí estar disponible para los demás.

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