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Jesús Guisa y Azevedo

Un personaje que destilaba ingenio, amistad, y aun rechazo, en su “Taberna Libraria” (Polis para sus amigos, ubicada en un pasaje entre Gante y Bolívar, atrás del Palacio de Iturbide, en el centro del Distrito Federal) de los años 30 a los 80, donde lo visitaban intelectuales, políticos y personajes de los diversos sectores.


Personajes de México


 

Doctor en Filosofía por la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica), donde el cardenal Desiderio Mercier, a quien admiraba y reverenciaba intelectualmente, creó la corriente neotomista. Impartió cátedra en la Universidad Nacional, invitado por Antonio Caso, y renunció con un selecto grupo de catedráticos cuando Lázaro Cárdenas decretó que la UNAM debía plegar su libertad de cátedra a la ideología marxista.

En artículos de “Excélsior” defendió la libertad religiosa y combatió al “callismo” cuando se lanzó contra la Iglesia Católica y quiso someterla; por eso fue desterrado a Estados Unidos, con Victorino Salado Álvarez y José Elguero. Volvió cuando el gobierno estableció un “modus vivendi” con la Iglesia.

Guiza, quien jamás ocultó su ideología de derecha y su fidelidad a la Iglesia, por más que lo consideraran ultra, fue amigo muy cercano del arzobispo Luis María Martínez, de quien había sido alumno por la década de 1910 en el Seminario de Morelia y le consiguió que el arzobispo Leopoldo Ruiz y Flores lo becara para estudiar en Lovaina.

Fue fundador y militante del Partido Acción Nacional; renunció y lo criticó acremente en su libro “Acción Nacional es un Equívoco”, compilación de artículos publicados en “Novedades”, que le valió una acre reclamación del entonces jefe nacional panista, Manuel González Hinojosa.

Fue miembro de número a la Academia Mexicana de la Lengua en 1956; se retiró de ella en protesta porque rechazaron a un valioso escritor que propuso; a su muerte ocupó su sitial el sacerdote y poeta michoacano Manuel Ponce.

Respondió su discurso de recepción el canónigo Ángel María Garibay, su gran amigo; como ambos tenían luenga barba, los diarios y caricaturistas llamaron al acto “la guerra de las barbas”.

Catedrático en instituciones privadas, conferencista y polemista de polentas, sostuvo una célebre discusión en la Facultad de Economía de la UNAM en 1964, con Vicente Lombardo Toledano sobre la encíclica social de Juan XXIII “Pacem in terris”, entre cuchufletas y aplausos de un enardecido público, por ambos lados.

En 1945 jugó papel destacado en las solemnidades de los 50 años de la coronación de la Virgen de Guadalupe, y pronunció una conferencia ante intelectuales mexicanos y de diversos países del Continente.

Amigo de personalidades sobresalientes, aun de otros credos, como los muralistas David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, los acercó al arzobispo Martínez, de gran personalidad, quien donó a Diego una medalla de la Guadalupana cuando partía para la URSS a que lo operaran de cáncer, y Guisa lo llevó a despedirse de ella a su Basílica.

La Editorial Polis, que fundó en 1935, editó obras de reconocidos ideólogos y poetas como Paul Claudel, el Cardenal Newman, José María Pemán, Hillaire Belloc y Carlos Dickens, extranjeros, y de José Vasconcelos, Pedro Zuloaga y Carlos Pereyra, mexicanos, y monografías monumentales, como la de la Catedral de México, de dos tomos a todo color, con pastas de piel y cantos dorados, que con el tiempo se cotizó muy alto. Por desgracia no tuvieron una amplia difusión por la falta de visión mercantil del editor.

En 1937 creó la revista “Lectura”, con crítica de ideas y libros, donde sostuvo que el “cardenismo” despojó a los padres de familia del derecho de educar a sus hijos y no respetaba la libertad de expresión, y la convirtió en difusora del pensamiento occidental.

Aquejado por restricciones económicas, ¡ay! del comprador que caía en su librería. Un día llegó un señor mayor, bien vestido y correcto, a preguntar por un libro de recetas de cocina de Alfonso Reyes. Guisa le dijo que él no tenía esa curiosidad que se le ocurrió escribir al ilustre regiomontano, “pero tengo una obra del maestro de Alfonso”: “El México Falsificado”, de Carlos Pereyra, editado por él, y siguió mostrándole otras de sus ediciones, muy distantes de lo que el anciano buscaba.

Logró entusiasmarlo y colocó sobre el mostrador una pila de libros; al reparar en ellos, el cliente pidió la cuenta: más de $900.oo, cifra importante entonces. En un intento por deshacer la operación, el señor argumentó que no traía efectivo suficiente y volvería más tarde porque sólo podía pagar con cheque.

El Doctor no iba a dejar pasar aquella oportunidad y, sin conocerlo, le atajó y dijo: ”Su cheque es bueno”. El anciano no tuvo más que extender el cheque y decir que más tarde iría un joven por el paquete, y se despidió con gracias expresivas.

(Guisa tuvo tiempo para ir a la sucursal bancaria a cambiar el documento, y los libros salieron de su establecimiento cuando él ya tenía el efectivo en la bolsa).

Cuando aún no trasponía el comprador la puerta de la librería, el Doctor expresó: “lo asesiné”.

Animadas y por demás interesantes eran las charlas de Guisa con sus distinguidos visitantes en Polis, en días indistintos y unas veces unos y otras, otros: José Vasconcelos, Adolfo López Mateos, Martín Luis Guzmán, Manuel Gómez Morín, Gabriel García Rojas, Ignacio Chávez, Octaviano Valdés, Santiago Oñate, Antonio Ortiz Mena, Adolfo Christlieb Ibarrola, Carlos Loret de Mola, Florencio Palomo Valencia, Fernando Leal, Roberto Guerrero, Salvador de la Cruz, Jorge Eugenio Ortiz, entre otros.

También estuvo allí el general Joaquín Amaro, secretario de Guerra y Marina con Calles y, como tal, ejecutor de la persecución religiosa. La primera vez, se disculpó con Guisa por su presencia, pues conocía su trayectoria y destierro a EU por defender a la Iglesia; explicó que buscaba orientación para mejorar su cultura.

En contraste, el Doctor corrió de Polis al arzobispo de Yucatán, Fernando Ruiz Solórzano, cuando fue a explicarle por qué había bendecido la sede del periódico “Atisbos”, de René Capistrán Garza, a quien Guisa fustigaba incesantemente en sus artículos porque traicionó el movimiento cristero, que lo nombró su representante en Estados Unidos.

Sobre ese exabrupto explicó que como fundador de la ACJM (Asociación Católica de la Juventud Mexicana) consideraba traidor a Capistrán, porque fue su primer presidente nacional y todos los acejotaemeros lo tenían por el gran líder, casi su ídolo, y se sintieron traicionados cuando se entregó al gobierno sucesor del “callismo”, al permitirle volver a México.

En buena hora Guisa capitalizó su caudal de amigos: Al ver que no dejaría una casa propia a su numerosa familia, promovió la venta de boletos para rifar dos retratos que le habían hecho Diego Rivera y Fernando Leal, grandes pintores, amigos suyos.

En la rifa ganó el cuadro de Diego, Agustín Barrios Gómez, comentarista de TV, otro de sus amigos que lo invitaba frecuentemente a intervenir en sus programas, y tuvo la suerte de que se lo reintegrara.

 

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