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Inédito: Francisco escribe prólogo de libro sobre abuso sexual

“Se trata de una monstruosidad absoluta, de un pecado horrendo, radicalmente en contra de todo lo que Cristo nos enseña”, subraya el Papa Francisco en los primeros párrafos del prólogo del libro titulado “Lo perdono, padre”, escrito por el francés Daniel Pittet, víctima de abusos sexuales cometidos por un sacerdote.


Papa Francisco; prólogo libro abuso sexual


Pittet, de 57 años de edad y padre de seis hijos, sufrió abusos sexuales entre 1968 y 1972, cuando tenía entre 9 y 13 años de edad. Su abusador fue el sacerdote Joel Allaz, fraile capuchino.

“Conocí a Daniel en el Vaticano en 2015, en ocasión del Año de la Vida Consagrada. Quería difundir a gran escala el libro titulado ‘Amar es darlo todo’, que reunía los testimonios de religiosos y religiosas, de sacerdotes y consagrados. No me podía imaginar que este hombre entusiasta y apasionado de Cristo fuera una víctima de abusos por parte de un sacerdote. Sin embargo, esto fue lo que me contó, y su sufrimiento me afectó mucho…”, señala el Papa Francisco en el prólogo.

Subrayó que dentro de la desgracia de lo sucedido a Daniel Pittet, él pudo encontrar otra cara de la Iglesia, que le permitió no perder la esperanza en los hombres ni en Dios. Nunca abandonó la oración, lo cual lo consoló en las oras más oscuras.

En noviembre  de 2016, Daniel entrevistó a su abusador. A pesar del sufrimiento por el abuso sexual a manos del sacerdote Joël Allaz, Daniel ha mantenido firme su fe católica.

TEXTO ÍNTEGRO DEL PRÓLOGO ESCRITO POR EL PAPA FRANCISCO (Traducción: Vatican Insider)

Para quien ha sido víctima de un pederasta es difícil contar lo que ha sufrido, describir los traumas que todavía persisten a distancia de años. Por este motivo el testimonio de Daniel Pittet es necesario, precioso y valiente. 

Conocí a Daniel en el Vaticano en 2015, en ocasión del Año de la vida consagrada. Quería difundir a gran escala el libro titulado «Amar es darlo todo», que reunía los testimonios de religiosos y religiosas, de sacerdotes y consagrados. No me podía imaginar que este hombre entusiasta y apasionado de Cristo fuera una víctima de abusos por parte de un sacerdote. Sin embargo, esto fue lo que me contó, y su sufrimiento me afectó mucho. Vi una vez más los daños espantosos provocados por los abusos sexuales y el largo y doloroso camino que espera a las víctimas.  

Estoy feliz de que otros puedan leer hoy su testimonio y descubrir hasta qué punto el mal puede entrar al corazón de un servidor de la Iglesia. 

¿Cómo puede un sacerdote, al servicio de Cristo y de su Iglesia, llegar a provocar tanto mal? ¿Cómo puede haber consagrado su vida para conducir a los niños a Dios, y acabar, en cambio, devorándolos en eso que he llamado «un sacrificio diabólico», que destruye tanto a la víctima como la vida de la Iglesia? Algunas víctimas han llegado hasta el suicidio. Estos muertos pesan en mi corazón, en mi conciencia y en la de toda la Iglesia. A sus familias ofrezco mis sentimientos de amor y de dolor y, humildemente, pido perdón. 

Se trata de una monstruosidad absoluta, de un pecado horrendo, radicalmente en contra de todo lo que Cristo nos enseña. Jesús usa palabras muy severas en contra de todos los que hacen daño a los niños: «Pero si alguien escandaliza a uno de estos pequeños que creen en mí, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo hundieran en el fondo del mar» (Mateo, 18, 6). 

Nuestra Iglesia, como recordé en la carta apostólica «Como una madre amorosa» del 4 de junio de 2016, debe cuidar y proteger con afecto particular a los más débiles e indefensos. Hemos declarado que es nuestro debe dar prueba de severidad extrema con los sacerdotes que traicionan su misión, y con su jerarquía, obispos o cardenales, que los hubieran protegido, como ya ha sucedido en el pasado. 

En la desgracia, Daniel Pittet pudo encontrar también otra cara de la Iglesia, y esto le permitió no perder la esperanza en los hombres ni en Dios. Nos cuenta también de la fuerza de la oración que nunca abandonó, y que lo consoló en las horas más oscuras. 

Decidió de encontrar a su agresor cuarenta años después, y ver en los ojos de ese hombre que lo hirió en lo profundo del alma. Y le tendió la mano. El niño herido es hoy un hombre de pie, frágil pero de pie. Me sorprenden mucho sus palabras: «Muchas personas no logran comprender que yo no lo odie. Lo he perdonado y he construido mi vida sobre ese perdón». 

Agradezco a Daniel porque los testimonios como el suyo derriban el muro del silencio que sofocaba los escándalos y los sufrimientos, arrojan luz sobre una terrible zona de sombra en la vida de la Iglesia. Abren el camino a una reparación justa y a la gracia de la reconciliación, y ayudan también a los pederastas a cobrar conciencia de las terribles consecuencias de sus acciones. 

Rezo por Daniel y por todos aquellos que, como él, han sido heridos en su inocencia, que Dios los vuelva a levantar y los cure, y que nos dé a todos nosotros su perdón y su misericordia.

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