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Amoris laetitia: desarrollo orgánico y fidelidad creativa

El 16 y 17 de diciembre de 1970 se llevó a cabo en la ciudad de Cracovia una importante discusión. El Arzobispo Karol Wojtyla había escrito un denso libro que entre otras cosas buscaba mostrar la antropología subyacente a la Constitución Pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II. El volumen llevaba por título «Persona y Acción». Se invitó por dos días a un nutrido grupo de filósofos a evaluar este esfuerzo especulativo.


Papa Francisco; Amoris laetitia


Es muy interesante mirar las diversas contribuciones de aquel encuentro publicadas poco tiempo después gracias al esfuerzo de Andrzej Szostek. De un lado existían importantes simpatías por el nuevo libro: quienes habían explorado la fenomenología y el personalismo vieron en Wojtyla el inicio de un nuevo momento: el reconocimiento objetivo de la subjetividad no es subjetivismo. Más aún, la acción humana es un momento privilegiado para aprehender la verdad sobre la persona. Esta intuición le permitía al arzobispo polaco arriesgar una hipótesis sobre cómo superar la unilateralidad de la teoría marxista sobre la primacía de la praxis revolucionaria a través de una renovada antropología de la acción y de la comunión.

Sin embargo, por otro lado, estaban quienes veían con reservas y/o con abierta desconfianza la reflexión de Wojtyla. Varios de ellos eran importantes profesores tomistas que no estaban acostumbrados a volver a las cosas mismas sino más bien a la repetición de un cierto canon de ortodoxia filosófica. En lugar de afirmar la verdad como adecuación de la inteligencia a la realidad, parecían sostener implícitamente que la verdad es la adecuación de la inteligencia a Santo Tomás. Todo les parecía insatisfactorio en Wojtyla: el método, el lenguaje, la propuesta.

He querido recordar esta escena para ilustrar cómo no es extraño encontrar resistencias en el momento en que el pensamiento cristiano da un nuevo paso hacia delante. Estas resistencias, por lo general, argumentan falta de fidelidad a la herencia recibida, el usar un lenguaje renovado que se considera ambiguo y los muchos riesgos que pueden venir si se adopta tal o cual iniciativa a partir del nuevo enfoque adoptado. Podríamos no haber mencionado el caso de la obra “Persona y acción” y utilizar otros ejemplos: la controversia sobre la noción de libertad religiosa en la que una aparente oposición entre la Encíclica Libertas de León XIII y la Declaración Dignitatis humanae del Concilio Vaticano II haría que algunos juzgaran de herético al propio Concilio; la introducción del significado unitivo y procreativo del acto sexual en Humanae vitae en lugar de la teoría tomista de un fin primario y dos secundarios; la novedad que implica el reconocimiento de la imagen y semejanza del ser humano con Dios a partir de la «unidualidad relacional» entre hombre y mujer realizado por san Juan Pablo II que complementa y amplía la tradicional comprensión de la imagen y semejanza con Dios sobre la base de las facultades superiores del ser humano: inteligencia y voluntad libre, etc.

La lista de casos podría ser inmensa: tan grande como la propia doctrina cristiana. La realidad natural y del depósito de la fe poseen sin lugar a dudas una estructura definida y objetiva. Sin embargo, la comprensión de las mismas admite desarrollos orgánicos que exploran nuevas virtualidades y que piden ser reconocidas en ciertos momentos particulares. La lectura atenta de los signos de los tiempos, por ello, no es ajena al esfuerzo reflexivo que es preciso realizar cuando hacemos una incursión filosófica, teológica o pastoral.

Tengo la impresión de que esto es parte de lo que sucede cuando el Papa Francisco nos regala la Exhortación Apostólica Amoris laetitia. Francisco no cambia la doctrina esencial de la Iglesia. No lo hace porque sabe bien que el depósito de la fe no es una invención arbitraria que pueda transformarse con ocurrencias más o menos afortunadas. El depósito de la fe es un don que es preciso custodiar. Pero esta custodia no consiste en colocarlo en el interior de un refrigerador para que hiberne y se suspenda su metabolismo. Al contrario, el dinamismo de un Dios vivo que se entromete y compromete con nuestra historia para redimirla es el que debe eclosionar cotidianamente a través de la actividad pastoral de la Iglesia y en particular por medio del ministerio del Sucesor de Pedro. El Papa traicionaría su vocación y ministerio si sofocara la presencia real de Dios en la historia ahí donde esta se encuentra: en la Sagrada Escritura, en los sacramentos, y en el pueblo, en especial en aquellos que sufren exclusión y dolor.

Por ello, algunas de las críticas que ha recibido últimamente nos parecen infundadas e injustas. Amoris laetitia es un verdadero acto de magisterio pontificio. Es muy atrevido, además de teológicamente inexacto, insinuar que esta Exhortación apostólica es una suerte de opinión personal, un tanto privada. El Papa ejerce su munus docendi de múltiples maneras: pensemos en sus mensajes, discursos y homilías, y sin lugar a dudas, en sus Encíclicas o en sus Exhortaciones apostólicas post-sinodales. Más aún cuando estas últimas brotan precisamente de un amplio ejercicio de sinodalidad, lo cual no es algo menor. Asimismo, Amoris laetitia no comporta ruptura o discontinuidad con el Evangelio, las exigencias de la ley natural o el Magisterio precedente. En particular, el tan comentado capítulo VIII es un bello caso que ejemplifica aquello que Benedicto XVI enseñaba de manera general a los miembros de la curia en su mensaje del 22 de diciembre del año 2005. Mutatis mutandis nos atrevemos a decir que la doctrina sobre la naturaleza del sacramento del matrimonio, de la Eucaristía y sobre las condiciones para que exista verdaderamente un pecado mortal no han variado en el más reciente magisterio pontificio. Sin embargo, es preciso que esta doctrina verdadera e inmutable a la que se debe prestar obediencia, se profundice y se exponga de acuerdo a las exigencias del cambio de época que estamos viviendo. Esto es Amoris laetitia: un desarrollo orgánico con fidelidad creativa. Una hermenéutica de la ruptura, como la que intentan introducir algunos al criticar al Papa Francisco, en nuestra opinión, incurre en algunos errores como los siguientes: Una deficiente interpretación de Santo Tomás de Aquino: el Angélico Doctor ha sabido comprender y amar con pasión el individuo. Todas las categorías universales que utiliza, incluyendo las de orden moral, disminuyen en su necesidad y aumentan en su contingencia conforme se realizan en realidades cada vez más concretas. La deficiente comprensión de algunos tomistas precisamente en este tema puede visibilizarse de diversas maneras. Sólo me atrevo a destacar una: la tendencia más o menos extendida a interpretar la razón como una facultad que versa sobre lo universal descuidando las importantes contribuciones del Aquinate al reconocimiento de la ratio particularis y su papel en el conocimiento teórico y práctico. El camino del conocimiento comienza en lo singular, pasa por lo universal, pero regresa nuevamente a lo concreto.

Descuidar metodológicamente este ingrediente elemental ha producido una suerte de a-historicidad de una buena parte de la reflexión tomista contemporánea y una dificultad para entender el nivel en el que se encuentra la preocupación pastoral de la Iglesia y varios de los comentarios, indicaciones y apreciaciones que certeramente realiza el Papa Francisco en su Exhortación apostólica. A modo de ejemplo, piénsese cómo algunos identifican de manera más o menos unívoca las complejas y diversificadas situaciones irregulares por las que eventualmente transitan algunas parejas con el pecado mortal, cerrando con ello la puerta al acceso a la Eucaristía. Afirmar tácita o explícitamente que toda situación irregular es por definición pecado mortal y priva de la gracia santificante a quienes la viven nos parece un grave error que no es conforme al evangelio, a la ley natural y a la auténtica enseñanza de Santo Tomás de Aquino.

Francisco ha publicado una Exhortación que no resuelve o disuelve la estructura de la vida ética de la persona en una acentuación unilateral de ciertos absolutos morales, ni diluye tampoco la dimensión universal de la norma en lo puramente fáctico, concreto y contextual. Desde este punto de vista, Francisco ha escrito una Exhortación profundamente tomista que recupera sanamente la participación y la analogía y permite encontrar una ruta para atender, más allá de las teorías, el drama de las personas reales en su circunstancia concreta.

Una deficiente interpretación de San Juan Pablo II: el Papa Wojtyla, primero como filósofo y después como Pontífice, logró abrir una puerta importante en el proceso de refundamentación de la antropología y la ética. Una consideración puramente objetivista de la persona humana no es suficiente para apreciar lo que ella tiene de irreductible. Es necesario mirar con atención la experiencia humana fundamental para encontrar en su interior el amplio y rico mundo de la subjetividad y de la conciencia. En el interior de este mundo, la ley natural, para Juan Pablo II, no aparece como una deducción a partir de ciertas inclinaciones sino que su fundamento normativo se encuentra en la razón práctica entendida como capacidad para reconocer, poco a poco, la verdad sobre el bien. Precisamente en este último terreno se encuentra la gradualidad pastoral, es decir, la paciencia con la que es preciso atender y entender a una persona que no ha comprendido plenamente un cierto valor moral y/o sus exigencias prácticas. La gradualidad pastoral levemente mencionada en Familiaris consortio a d q u i e re mayor densidad al revisar los contenidos de toda la Exhortación Amoris laetitia. Por supuesto, para interpretar rectamente esta gradualidad es necesario no sólo no confundirla como una forma de gradualidad doctrinal sino además asimilar que el discernimiento es necesario en cada caso concreto. Una repetición puramente formal del Magisterio de Juan Pablo II que no dé espacio para el acompañamiento, el discernimiento y la eventual integración traiciona la índole pastoral de todo acto magisterial.

Una deficiente interpretación de Benedicto XVI: muchas líneas podríamos dedicar a este asunto.

Simplemente señalo que no es conforme a la verdad interpretar a Benedicto XVI como una suerte de justificación pontificia para afirmar el rigorismo. Algunos quisieran hacer aparecer al obispo emérito de Roma como un apasionado defensor de valores inamovibles en contraste con Francisco. Esto no es así. La realidad es mucho más compleja.

Francisco se encuentra en continuidad con Benedicto XVI. Una de las maneras más conmovedoras que he encontrado para mostrar esto es una cita en la que claramente Joseph Ratzinger reconoce que aún en medio de una imperfecta adhesión a Jesucristo es posible descubrir y cultivar un camino de vida cristiana:

«Una persona sigue siendo cristiana mientras se esfuerce por prestar su adhesión central, mientras trate de pronunciar el sí fundamental de la confianza, aun cuando no sepa situar bien o resolver muchas particularidades.

Habrá momentos en la vida en que, en la múltiple oscuridad de la fe, tendremos que concentrarnos realmente en el simple sí: creo en ti, Jesús de Nazaret; confío en que en ti se ha mostrado el sentido divino por el cual puedo vivir mi vida seguro y tranquilo, paciente y armonioso. Mientras esté presente este centro, el ser humano está en la fe, aunque muchos de los enunciados concretos de ésta le resulten oscuros y por el momento no practicables.

Porque la fe, en su núcleo, no es, digámoslo una vez más, un sistema de conocimientos, sino una confianza.

La fe cristiana es encontrar un Tú que me sostiene y que, a pesar de la imperfección y del carácter intrínsecamente incompleto de todo encuentro humano, regala la promesa de un amor indestructible que no sólo aspira a la eternidad, sino que la otorga».

Por todo esto, en nuestra opinión no existe fractura entre el Magisterio de los últimos Pontífices.

 Lo que tenemos delante es una fidelidad creativa que permite en términos prácticos mirar qué importante es dar primacía al tiempo sobre el espacio, como enseña el querido Papa Francisco. Sólo así es posible vivir la paciencia con quienes estamos lastimados y heridos, sólo así es posible acompañarnos mutuamente sin escandalizarnos por nuestras miserias y simultáneamente descubrir que en la Iglesia, verdadera presencia de Jesucristo en la historia, existe un camino lleno de ternura para la reconstrucción de la vida, para la sanación de todas nuestras heridas, aun de las más profundas.

* Filósofo mexicano especialista en el pensamiento de san Juan Pablo II

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