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La trama británica para destruir la civilización - 4.2 de 4

Los Cecil

Para ser justos con Mackinder, hay que decir que en el debate no sólo defendió la necesidad de la intervención británica en la Primera Guerra Mundial. Les hablaba también, directamente, a utopistas militares como lord Robert Cecil, hombres que se negaban a aceptar la lección de la guerra de los bóers y creían que serían desbancados por la armada o, posteriormente, por tanques y aeroplanos –hoy, por armas nucleares tácticas–, sin una fuerza terrestre adecuada o una base industrial propia para sostenerla.


La historia del reino británico


Increíblemente, lord Cecil, encargado del bloqueo militar de Alemania en la Primera Guerra Mundial, creía que la guerra terminaría a los pocos meses. Al principio de la campaña de cuatro años de desgaste que fue la guerra, Cecil cenó en Francia con el comandante en jefe de la fuerza expedicionaria británica, que tomó notas de su conversación:

«Hizo hincapié en que los alemanes habían sido completamente batidos en el oeste y que lo sabían. Fue también muy vehemente al hablar de Polonia. Pensaba, desde luego, que los alemanes empezarían muy pronto a pedir tratativas de paz que tanto él como su personal deseaban con ansiedad que fueran extremamente moderadas».

Durante la guerra, los primeros tanques se probaron en secreto en la propiedad de Cecil, salvando la oposición del jefe de operaciones, lord Kitchener, que tenía experiencia por haber luchado en la India y Sudán.

Haldane se había convertido en jefe de la Oficina de Guerra y había tenido un éxito parcial en la reforma y modernización del ejército contra las protestas de oficiales coloniales como Kitchener, pero fue despedido del gabinete a principios de la guerra bajo la sospecha, bastante fundada, de que no era del todo partidario de la facción bélica. La reorganización del ejército que hizo Haldane, en 1905, había herido los sentimientos de los militares.

La naturaleza de este cuerpo de oficiales, cuyo temple había quedado demostrado en simulacros de heroicas batallas contra los zulúes africanos y los derviches egipcios –por no mencionar la guerra de los bóers, que sólo fue un episodio desagradable– y que arrastraba el lastre que suponían los vástagos menores de la aristocracia, predeterminó que, una vez inmersos del todo en la guerra, los británicos necesitaran desesperadamente que los norteamericanos intervinieran en su ayuda.

La carrera del hijo menor de Robert Cecil, Edward, ilustra muy bien el estado del cuerpo de oficiales. No había conseguido ingresar en el Royal Military College ni aprobar ninguno de los exámenes a los que se había presentado después, pero la carrera militar no se cerró en absoluto para él. Había otra manera de llegar a formar parte del cuerpo de oficiales. Podía presentarse como candidato para entrar en la milicia o fuerza local de voluntarios, la única cualificación exigida era tener los apropiados contactos sociales. Después de cuatro años de servicio, el candidato podía ser trasladado al ejército regular en igualdad de condiciones que un graduado en Sandhurst.

Cuando luchaba a las órdenes de Kitchener en Egipto, Edward Cecil le describió a su hermano en una carta su primera batalla, en 1896:

“El otro día combatimos contra los derviches (...). Yo no estaba tan desanimado como esperaba. Lo que más miedo me daba era tener miedo. Fue muy emocionante y no tan brutal, porque uno no se da cuenta de que el enemigo son hombres. Sin embargo, nosotros no estuvimos muy expuestos y ni siquiera disparamos, así que quizá mejor me callo”.

La familia Cecil, que se remonta al malafamado William Cecil, lord Burleigh, y su nieto, el deshonroso pederasta Francis Bacon, lord Verulam, estaba en el malvado centro del poder en Gran Bretaña. El padre de Robert Cecil, lord Salisbury, fue primer ministro con tres gobiernos tories, entre 1885 y 1902, y le sucedió su primo Arthur Balfour. Hugh, el hermano de Robert, era también miembro del Parlamento, lo mismo que su hermano James, antes de sucederle en el título y pasar a la Cámara de los Lores. El gobierno de Salisbury estuvo en el poder durante la guerra de los bóers, y lord Salisbury era también ministro de exteriores.

Puede apreciarse la catadura de la familia por unos cuantos incidentes dignos de contarse, no sólo por el papel central de la familia en la política inglesa, sino porque los Cecil personifican la actitud oligárquica.

El hermano menor de lord Robert, Hugh, no pertenecía al Coefficients Club, pero era un excéntrico consumado. Más radicalmente utopista que Robert, tomó parte en la creación de la fuerza aérea, la rama del ejército más sensible a los planes utopistas de wunderwaffen.

Hugh se había opuesto al reclutamiento obligatorio antes de la Primera Guerra Mundial, y para justificar su postura escribió un memorándum en que afirmaba que prepararse para la guerra era en buena medida una pérdida de tiempo, puesto que el factor desconocido de la táctica militar decidía prácticamente la cuestión, que en cualquier caso la derrota era menos seria de lo que parecía, ya que nunca destruía realmente una nación, que Gran Bretaña siempre había salido con bien pese a la inadecuada preparación militar y que el servicio militar nacional tendría un efecto perjudicial en el carácter del pueblo británico.

Al recordarle su postura, cuando llevaban transcurridos dieciocho meses de guerra y las bajas iban en aumento, manifestó fríamente: “No hay nada meritorio en matar, pero sí en que lo maten a uno, y el reclutamiento obligatorio le quita valor a esto”.

Cuando su oponente saltó «¡Epicuro! ¿Es que quiere usted ver muertos a chicos de dieciocho años para satisfacer su gusto estético?», Hugh se encogió de hombros (...).

Robert Cecil, a causa de sus prejuicios de clase, consideraba intolerable la compañía de hombres como Wells y Mackinder. Aunque se veía obligado a ocultarlo con el fin de convertir el Coefficients Club y, más tarde, la Round Table, en instrumentos efectivos, en 1893 le confiaba a su esposa:

«Me rebajo aquí al trato con un hombre completamente de clase media, aunque no es mal chico y es decididamente inteligente (...). No creo que vaya a poder permanecer más entre la clase media. No niego su inteligencia, ni siquiera en el caso de mi anfitrión en Norwich, ni su cultura, pero son sórdidos de alguna manera, nunca estoy a gusto con ellos. Y luego, ¡qué muebles tan incómodos tienen!»

Era un anticapitalista amargo que después gravitó hacia el Partido Laborista y el movimiento pacifista, donde, a un nivel más alto, coordinó las mismas redes que giraban en torno a Bertrand Russell. En otra carta escribió acerca de un colega en cuya casa había sido huésped: “Un gilipollas, pero todo un caballero, un tory de la vieja escuela, imbuido del sentido del deber. Todos son una gente muy agradable, al contrario que esos miserables empresarios de clase media (...)”.

Leo Amery fue un importante miembro del grupo posterior, la Round Table, al igual que lo había sido del Coefficients Club. Wells emparejaba a Amery con Winston Churchill. Aunque un Cecil nunca habría traspasado la frontera de clases en esa dirección, tenían similar opinión de Churchill. Wells empieza a hablar de Amery y Churchill en su autobiografía remitiéndose a su propia infancia.

“En aquellos días yo tenía ideas acerca de los arios extraordinariamente parecidas a las del señor Hitler. Cuanto más oía hablar de él, más convencido estaba de que su mente era gemela de la mía de 13 años de 1879, pero oída a través de un megáfono –y puesta en práctica–. No sé de qué libros había sacado yo mi primer vislumbre del Gran Pueblo Ario marchando de acá para allá por las llanuras de Europa central, expandiéndose hacia el este, el oeste, el norte y el sur (...) cuyos últimos triunfos en todas partes les ajustaban las cuentas a los judíos (...). Había conocido a hombres en puestos de responsabilidad, por ejemplo a L. S. Amery, Winston Churchill, George Trevelyn, C. F. G. Masterman, cuya imaginación estaba construida a todas luces con un esquema similar y que seguían siendo pueriles en su actitud política debido a esta persistencia”.

Y dado que Robert Cecil y su mujer –que atacaron a Churchill, el realista relativista– estuvieron activamente implicados, junto con el resto del Cliveden Set, en la subida al poder de Hitler, seguramente no se equivocaban en su opinión sobre Churchill. «Nada le cuadraría mejor a W. Ch. que ser el Mussolini de Inglaterra», escribió con franqueza lady Cecil.

En 1924, lord Robert estaba en el gabinete con la importante responsabilidad de dar vida a la Sociedad de Naciones, pero dimitió en 1926, aunque mantuvo sus lazos con la Sociedad (y después de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en cabeza de la Organización de Naciones Unidas). Supuestamente, su renuncia se debió al temor de que Gran Bretaña, al romper sus tratados con Estados Unidos y la Conferencia de Desarme Naval, provocara una brecha entre las dos naciones y pusiera en peligro la estrategia para la Segunda Guerra Mundial. Cecil y Churchill estaban de acuerdo en la necesidad de otra guerra mundial. Pero la historia se repite para aquellos que nunca van a aprenderla (...).

Churchill

En 1926 Churchill preparaba ya la Segunda Guerra Mundial, en la que la historia se repitió con las viejas desavenencias entre las mismas y reafirmadas facciones. El “proyecto Hitler” fue un esfuerzo de colaboración que abarcó a todo el espectro de oligarcas y sus agentes. Churchill, Russell, Wells y los Cecil crearon a Hitler. Cómo se le iba a contener y a dirigir contra la Unión Soviética era otra cuestión. En este juego, Churchill se dio cuenta muy pronto de que Gran Bretaña se vería empujada a combatir en la Segunda Guerra Mundial; Russell, de nuevo, adoptó la neutralidad británica.

A pesar de las diferencias de tono, Churchill, él mismo de linaje aristocrático, siempre mantuvo lazos muy estrechos con la familia Cecil, tanto política como personalmente.

Churchill se reunió por primera vez con Hugh Cecil en 1898. Como más tarde contaría, la confianza en sí mismo que había adquirido en Cuba, en la frontera noroeste de la India y en Omdurman (Sudán) no era ninguna protección contra la dialéctica de Hugh Cecil y sus amigos. Así, escribió:

«Todos tenían interés en verme por haber oído hablar de mis actividades, y también por el prestigio póstumo de mi padre. Naturalmente, yo me sentía a prueba, y un tanto envidioso, en presencia de aquellos jóvenes sólo dos o tres años mayores que yo, criados entre cuberterías de plata, todos con grandes distinciones en Oxford o Cambridge, y todos acomodados en seguros distritos electorales de los tories; me sentía, de hecho, como si fuera una jarra de barro entre jarras de bronce (...).

«La conversación derivó hacia la cuestión de si los pueblos tenían derecho a un gobierno propio o sólo a un buen gobierno, ¿cuáles eran los derechos inherentes al ser humano y en qué se fundaban? De ahí pasamos a la esclavitud como institución. Me sorprendía mucho ver que mis compañeros no dudaban lo más mínimo en defender el lado impopular de todas estas cuestiones; pero lo que más me sorprendió, e incluso me molestó, fue la dificultad en dejar claro mi recto y de hecho obvio punto de vista contra sus falaces pero muy ingeniosos argumentos. Sabían mucho más que yo, mis toscas generalidades acerca de la libertad, la igualdad y la fraternidad salieron maltratadas (...)».

Con todo, Churchill entró enseguida en la pequeña banda de seguidores de Cecil, apodados «Hughligians». En ella se vio arrastrado a aceptar la completa amoralidad exigida en los círculos de poder más elitistas de Gran Bretaña. Como los Coefficients, se reunían para cenar. Resulta interesante la descripción que hace Robert Cecil de una de esas cenas, no sólo por su valoración de Churchill, sino por la actitud hacia éste que mantuvo su familia hasta bien entrada la década de 1950. Pese a su pedigrí, su posición o los periodos de desacuerdo, Churchill era su hombre. Lord Cecil escribió a su mujer:

«A veces todos hablábamos tan alto que me recordaba Puys en los viejos tiempos. Todos argumentábamos, Winston más o menos contra mundum. Yo estaba de acuerdo con gran parte de lo que decía. Pero él no expresaba opiniones en sentido estricto (...). Winston es un periodista y adopta una perspectiva que quedaría bien por escrito. A menos que se corrija, esto va a resultarle fatal en la política. Por otra parte, es muy joven y todavía puede cambiar mucho. No posee la sutileza mental ni la destreza de palabra de Linkey [Hugh Cecil]. Pero tiene una energía considerable y creo que coraje. Es original y receptivo. Su peor defecto, mentalmente hablando, es que es un poco superficial, se queda satisfecho con una frase».

Más tarde, (...) el marqués de Salisbury, James Cecil, encabezó el Watch Committee (Comité de Vigilancia), formado mayoritariamente por miembros de la familia Cecil y que hizo el gran cambio y colocó a Churchill de primer ministro, a pesar de sus limitaciones.

Extractos del libro de Carol White:

Britain’s Plot to Destroy Civilization: The New Dark Ages Conspiracy

(La trama británica para destruir la civilización: la conspiración de la nueva edad de las tinieblas)

The American Almanac, 20 de junio de 1994

CONTINUARÁ…

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