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La trama británica para destruir la civilización - 4.1 de 8

Lo que sigue son extractos del capítulo 1, titulado “Bertrand Russell se marcha”, del libro de Carol White publicado en octubre de 1980.


Una historia espectacular


La primera parte del capítulo cuenta una reunión del Coefficients Club en el hotel St. Ermin’s de Londres en 1903. Durante esta reunión de políticos británicos se trazaron las líneas, acordes a cada facción, acerca de cómo iba a afrontar Gran Bretaña el creciente desafío económico de Estados Unidos y de los países europeos continentales.

La postura “realista” defendía la participación británica a gran escala en una guerra europea, mientras que la “nominalista” de Bertrand Russell quería evitar que Gran Bretaña se viera involucrada, pero manipulando al mismo tiempo un conflicto que ensangrentaría a las potencias continentales.

En su autobiografía, H. G. Wells caracterizaba perfectamente la discusión en el Coefficients Club («Club de los Coeficientes»), aunque a través del prisma de su propio punto de vista:

«El innegable retroceso de las perspectivas británicas en la primera década del nuevo siglo es un asunto al que le he dado muchas vueltas (...). La creencia en el posible liderazgo mundial de Inglaterra se ha venido abajo paulatinamente debido al desarrollo económico de Estados Unidos y a la osadía militante de Alemania. El largo reinado victoriano, tan próspero, progresista y cómodo, dio lugar a hábitos de indolencia política y de confianza barata. Como pueblo, perdimos preparación, y cuando el desafío de estos nuevos rivales se mostró abiertamente, nos quedamos paralizados. No sabíamos cómo hacerle frente.

«Habíamos educado displicentemente a nuestra población en general; nuestras universidades estaban desfasadas respecto a las necesidades de los nuevos tiempos; nuestra clase gobernante, encastillada en sus privilegios detrás de un esnobismo universal, era tolerante, acomodaticia y profundamente perezosa. La monarquía eduardiana, la corte y la sociedad eran bonachonas y negligentes. La “eficiencia” (palabra empleada por Earl Rosebery y los Webb) se consideraba más bien como una gazmoñería o una vulgaridad.

«Nuestro liberalismo ya no era una gran empresa, se había convertido en una generosa indolencia. Pero las mentes se estaban espabilando. En la mesa del hotel St Ermin’s discutían acaloradamente Maxse, Bellairs, Hewins, Amery y Mackinder, todos aguijoneados por la insignificante pero humillante historia de los desastres en la guerra surafricana, todos sensibles a la amenaza de recesión económica y todos seriamente alarmados por la agresividad naval y militar de Alemania, argumentando principalmente contra el liberalismo de Reeves, Russell y yo mismo, y haciéndonos bajar, lo quisiéramos o no, de las generalidades a los problemas concretos».

Sería posible redistribuir a los comensales sentados a la mesa del Coefficients Club para formar un espectro graduado. En un extremo estaría Russell, que miraría con furia a Maxse y Amery, sentados al otro extremo. En el centro, lord Robert Cecil, con Haldane, Grey, Milner y Mackinder entre él y Amery, y frente a ellos Wells y los Webb, Beatrice y Sidney. Pese a sus diferencias, todos estaban de acuerdo en la necesidad de la supremacía mundial de los británicos (entendiendo por “británicos” a la oligarquía británica).

Para ello, había que reclutar a Estados Unidos en calidad de matón mudo de Gran Bretaña para que luchara en sus guerras, pagara sus facturas e impusiera la política antiamericana de Gran Bretaña al resto del mundo (...).

En segundo lugar, Alemania, Francia y Rusia debían entablar entre sí conflictos que supuestamente acabarían por hacer estallar la guerra. Esta estratagema de equilibrio de potencias constituía la política exterior británica desde la época en que los Cecil asumieron su control con el apoyo de la familia de jesuitas italianos Pallavicini, en tiempos de los Tudor.

Fue aquí donde surgió la divergencia de la facción de Russell, automáticamente desaprobada por extravagante por la facción realista (por lo demás, igual de perversa) de Milner-Mackinder-Amery. Russell creía que Gran Bretaña podía evitar verse arrastrada a la Primera Guerra Mundial y lograr sus propósitos por medio de la guerra psicológica de los servicios de inteligencia.

Esto no quiere decir que lord Robert Cecil y los realistas rechazaran el uso de la lucha psicológica. Precisamente había sido William Cecil quien, como Secretario de Estado de Isabel I, había creado el Servicio Secreto de Inteligencia británico (...).

Ahora, los Cecil contaban para sus planes con la revolución rusa, en la que estaban involucrados como conspiradores. Pero tenían el convencimiento de que Gran Bretaña no podría alcanzar sus objetivos si no era capaz de respaldar sus pretensiones con una intervención militar creíble, y eso por dos razones: en una guerra entre Alemania y Rusia, Alemania era la ganadora segura; Francia, si luchaba con Alemania, equilibraría los pronósticos, pero sin el apoyo británico a Francia tanto ésta como Alemania se retirarían rápidamente de una situación de empate. Además, sin Gran Bretaña en la guerra, Estados Unidos no entraría en un conflicto esencialmente europeo. Como así sucedió, y H. G. Wells lo reconoció en su autobiografía.

Lord Grey empezó la Primera Guerra Mundial dejando que el gobierno alemán creyera que los británicos no participarían en la guerra aunque los alemanes lo hicieran. Pero, como confirma el biógrafo de lord Louis Mountbatten, el padre de éste, como Segundo Lord del Almirantazgo, había puesto a la flota británica en disposición de combate la semana anterior al estallido de la guerra. «Mi padre (dijo Mountbatten) pudo decirle al rey: “Tenemos la espada desenvainada en la mano”». Robert Cecil esperaba que el aura de poder de la armada británica trajera la victoria.

Mackinder y Milner, por otra parte, con su reciente experiencia directa de la guerra de los bóers, pidieron un respaldo militar-industrial competente a la guerra, lo que significaba una política económica de apoyo gubernamental a industrias cruciales y sectores de materias primas en Gran Bretaña y en las colonias. Así, Russell y los Cecil se alinearon a favor de una política de «libre comercio» contra la visión relativamente dirigista de los realistas, que apoyaban el «proteccionismo». Wells cambió su apoyo al bando de Milner, aunque siguió siendo una figura central en las operaciones de los servicios secretos, entre bastidores pero también como propagandista “socialista”.

El club llamado «Coefficients» (quizá una broma sobre los eficientes Webb, teniendo en cuenta la obvia diversidad de las opiniones representadas) se reunió una vez al mes para cenar desde 1902 hasta 1908. La mayoría de los variados comensales de estas cenas (a las que sólo asistían entre diez y catorce personas cada vez) formaron después la British Round Table (la Mesa Redonda Británica), más conocida, informalmente, como el Cliveden Set (el Grupo de Cliveden).

Estos son los círculos que debatieron sesudamente las políticas frente a la Primera y la Segunda Guerra Mundial y los que hoy planean al detalle la Tercera. Nunca estuvieron en desacuerdo acerca de los objetivos principales; no obstante, la división entre la facción realista y la de los excéntricos nominalistas seguía presente (...).

Extractos del libro de Carol White:

Britain’s Plot to Destroy Civilization: The New Dark Ages Conspiracy

(La trama británica para destruir la civilización: la conspiración de la nueva edad de las tinieblas)

The American Almanac, 20 de junio de 1994

CONTINUARÁ…

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