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España entre la Abdicación del Rey Juan Carlos y la Proclamación de Felipe VI

La abdicación de Juan Carlos a la Corona como Rey de España, el pasado 2 de junio de 2014, aprovechando el factor sorpresa, llevó a España y al Estado español a una nueva encrucijada, condicionada en un principio a la conveniencia de la monarquía en el futuro del país y en el contexto de las democracias europeas de la Unión Europea.



En la anterior encrucijada, con la muerte del Generalísimo Franco, después de 40 años de dictadura militar, con el legado al Príncipe Juan Carlos de Borbón de tomar la responsabilidad del restablecimiento de la monarquía en España bajo la premisa de defender fielmente los valores políticos, sociales y los avances del régimen franquista, el reto ante la sociedad española y el futuro del país fue gigantesco.

En la primera fase post-franquista, después de la muerte de Franco el 25 de Noviembre 1975, de transición hacia la reinstalación de la Monarquía con la proclamación y coronación del joven Príncipe Juan Carlos de Borbón, de 38 años, en noviembre de 1975, prevalecían aún resentimientos, rencores y desconfianza entre republicanos y nacionalistas-franquistas ante el incierto futuro de una España, con un joven y políticamente inexperto Rey para encabezar la Monarquía y el Estado por la voluntad de Franco.

Sin embargo, este joven Rey tuvo el valor de reconocer el atraso político, social y económico de la Nación y sociedad española y de iniciar el camino hacia la transición democrática, con el apoyo de unos políticos visionarios, considerados como tecnócratas durante el último gobierno de Franco.

El Rey Juan Carlos se enfrentó a una oposición ultraconservadora y franquista para llevar adelante el proyecto de una nueva Constitución e iniciar el proceso de democratización de España, con miras a una posible futura integración en la Unión Europea. Supo confrontar y neutralizar con gran valor y decisión el intento de golpe militar que se produjo en 1981 en las Cortes Españolas, gracias al apoyo incondicional del Presidente del Gobierno, Adolfo Suárez.

A pesar de las grandes dudas en su capacidad y decisión al inicio de su reinado en 1975, el Rey Juan Carlos fue durante casi 39 años el garante de la estabilidad política y social, durante las difíciles etapas del post-franquismo, de la transición democrática, el ingreso en la Unión Europea y los gobiernos de seis presidentes.

Los errores (y deslices) y el abuso de tiempo por permanecer durante casi 39 años en el trono de España no restan, en principio, la importancia a su exitosa y entrañable labor de encabezar el Estado español y llevar el país hacia la modernidad del siglo XXI y de garantizar la estabilidad democrática de la Nación dentro de la Unión Europea.

El momento elegido para su abdicación refleja, en principio, su talla como estadista, pues pareciera que esperó los resultados de las elecciones europeas, que por cierto favorecieron al Gobierno del actual Presidente Rajoy. Quizás el momento no fue el más oportuno, pero él deja a su hijo Felipe, Príncipe de Asturias, como futuro Rey Felipe VI de España, un legado positivo y al país un heredero digno y preparado para la labor de llevar a las nuevas generaciones hacia un futuro próspero y, si se diera la necesidad de abolir la monarquía parlamentaria española, allanar el camino hacia un futuro democrático dentro de la Unión Europea.

La abdicación del Rey Juan Carlos significa para la España actual una especie de cambio de paradigma, con el consiguiente planteamiento de discutir los pros y contras, las conveniencias o inconvenientes del futuro régimen político-democrático y social, de mantener la monarquía, o convertir el país en una república parlamentaria constitucional.

Las protestas y manifestaciones callejeras de opositores a la monarquía, que siempre han existido, y de nuevos grupos minoritarios de izquierda, radicales y anarquistas, que exigen la abolición de la monarquía y un referendo sobre el futuro político de España, son en principio parte del desgaste de un sistema político durante los casi últimos 40 años. Por lo tanto se debe de admitir que estas nuevas corrientes políticas reflejan en parte las posiciones y opiniones de las nuevas generaciones, con un trasfondo de descontento político y social, como parte de los cambios de las sociedades democráticas europeas.

No se puede descartar que estas corrientes opositoras al actual modelo de monarquía parlamentario puedan recobrar más importancia incluso a corto plazo, aun cuando el Gobierno del Presidente Rajoy trata en este momento de minimizar su importancia, indicando que todo cambio político en el país requiere imprescindiblemente de la correspondiente adaptación de la Constitución española para su posterior autorización, especialmente en lo concerniente a la celebración de un referendo.

En este momento, es indudable que el futuro Rey Felipe VI representa la continuidad del Estado español ante los grandes retos que predominan en estos momentos en el país, principalmente el separatismo promovido por las entidades estatales de Cataluña y el País Vasco.

Al futuro Rey Felipe VI corresponde, dentro de sus múltiples obligaciones, explicar a las nuevas generaciones y a las juventudes la importancia de la función que confiere la Constitución de la Nación a la Monarquía, como garante y mediadora ante los continuos cambios de la sociedad, de la política y la economía nacional, además de salvaguardar la institucionalidad, la estabilidad política-social y la unidad territorial.

El gobierno y los partidos más representativos del país están plenamente conscientes de la urgencia de poner en marcha los procesos de aprobación de la ley que regula la abdicación del Rey Juan Carlos y la Ley Orgánica que regula la sucesión monárquica y la proclamación del Príncipe de Asturias como Rey Felipe VI de España.

Si se cumplen los pronósticos del gobierno, la Ley de Sucesión y la Ley Orgánica para la Proclamación de Felipe VI como (nuevo) Rey de España, cuenta con un 90 por ciento de aprobación en las Cortes Españolas, que finalizará dentro de un plazo de dos a tres semanas, siempre y cuando no se presenten altercados de gravedad, con la proclamación de Felipe VI como Rey de España.

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