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¿Iban a matar a Reagan en Cancún?

Veintidós jefes de Estado y de Gobierno asistieron el 22 y 23 de octubre de 1981, en Cancún, Quintana Roo (México) a la Reunión Norte-Sur, que promovió en ese entonces el presidente José López Portillo para tratar de disminuir la distancia entre la economía de los países del Primer Mundo respecto de los en vías de desarrollo y los pobres.

Figuraron entre los asistentes las primeras ministras de Gran Bretaña, Margaret Thatcher, y la India, Indira Gandhi; los presidentes Ronald Reagan, de Estados Unidos; Francois Mitterrand, de Francia; Julius Nyerere, de Nigeria; los primeros ministros Zenko Suzaki, de Japón; Zhao Ziyang, de China; Pierre Elliot Trudeau, de Canadá, y Hans-Dietrich Genscher, de Alemania Federal, y el príncipe Fahd, de Arabia Saudita.

Además, Kurt Waldheim, secretario general de la ONU; Luis Herrera Campíns, presidente de Venezuela; Ramiro Eliseo Gurreiro, de Brasil, y Ferdinando Marcos, de Filipinas.

Una constelación de primeras figuras de la política mundial, difícil de conjuntar.

El presidente de la URSS, Leonid Brezhnev no contestó la invitación a la reunión, porque Reagan vetó la presencia de su aliado, el cubano Fidel Castro. El rey Juan Carlos de España no fue invitado.

Las sesiones se celebraron con normalidad en la torre circular del Hotel Sheraton (ya demolido), donde se instalaron cubículos con mesas para los jefes de misión y para sus respectivos ministros del Exterior.

El aparato de seguridad de la reunión era impresionante por cielo, mar y tierra, y fue aprobado por el exigentísimo secretario de Estado de EU, Gral. Alexander Haig.

El primer día, los presidentes entraron francos, pero el jefe de seguridad de la reunión, un mayor del Estado Mayor Presidencial (EMP), de México, solicitó a los cancilleres depositar sus portafolios sobre una mesa para pasarlos por “rayos X”.

Nadie se había opuesto a ello, hasta que lo hizo el filipino; arguyó con gritos estentóreos que era un atropello y no lo consentiría.

El encargado de la seguridad le pidió repetidamente el favor, y al verlo renuente, le arrebató con fuerza el portafolios, lo abrió y descubrió una pistola 45 de doble cañón, bala expansiva y con silenciador, que arrojó debajo de la mesa, al tiempo que devolvió sus documentos al rijoso y le abrió paso.

¿Verdad o ficción? ¿Fantasía o realidad?, rezaba el slogan inicial de una vieja serie radiofónica de misterio de la XEW, “Carlos Lacroix”, que parece venir a cuento, pues por rara casualidad el cubil del presidente filipino era contiguo al de Ronald Reagan, y su canciller estaba muy próximo a éste, presidente de EU, con quien Ferdinando Marcos tenía serio diferendo en ese entonces, porque se negaba a concluir su dictadura, y que lo llevó a dimitir a la postre.

Pasado el ingreso de los sesionantes, el jefe de seguridad informó de inmediato del incidente al Gral. Miguel Ángel Godínez, jefe del EMP, quien le dijo que se quedara sin pendiente, aunque los filipinos protestaran.

Más tarde llegó el jefe del grupo de la CIA destacado en Cancún y personal de la Secretaría de Estado a felicitarlo.

La noticia no se filtró a ningún medio informativo, nacional ni internacional, del centenar que estábamos en Cancún.

Los periodistas mexicanos que cubrimos la cumbre nos regresamos al Distrito Federal la noche del día siguiente a la clausura, tras de que José López Portillo despidió durante todo el día a sus distinguidos invitados en el aeropuerto internacional de Cancún, como les había dado la bienvenida la víspera de la junta.

En el trayecto a Mérida, el jefe de seguridad, amigo mío, ocupó el asiento vecino en el “Quetzalcóatl II”, el avión en que el EMP nos transportaba a los reporteros de la fuente presidencial.

Al preguntar qué le había parecido lo más sobresaliente de la reunión, me vio de soslayo, intempestivamente interrumpió la charla y quiso irse, pero le dije en plan amistoso: “no huyas, cobarde”.

Al fin lo convencí, volvió a sentarse. Reanudamos la plática sobre cualquier cosa, hasta que en un momento no se aguantó y me preguntó si era capaz de no publicar algo que me platicara.

Se lo juré, inclusive con la expresión de que yo no tenía ninguna intención de inmortalizarlo.

Y me confió lo anterior, que después de 33 años, creo, ya puedo “echarlo al papel”. Sólo que revelo el pecado, mas no el pecador.

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