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La trama británica para destruir la civilización (4 de 4)

Los imperialistas de la raza

¿Y quiénes eran los demás miembros del Coefficients Club?

Lord Milner, destinado a un título nobiliario toda su vida, se convirtió en funcionario al dejar la universidad de Oxford. Antes de ser enviado a Sudáfrica, fue Ministro de Economía en Egipto (un puesto importante que a continuación ocupó Edward Cecil). Fue atraído a las ideas imperialistas, como imperialista era Cecil Rhodes, por el lector de Oxford John Ruskin, medievalista y socialista “gremial”. Después de dejar su puesto como alto comisionado de Sudáfrica en 1905, Milner pasó a ser administrador del Fondo Rhodes. Murió en los años veinte después de haber entrado en el gobierno durante la guerra.


La historia de una nación


El Credo de Milner, escrito al final de su vida, expresa la estructura de creencias de un imperialista que se aferraba a la aristocracia en la que había nacido. Para él, la bandera no era una simple tela.

Milner escribe que es «nacionalista, no cosmopolita (...). Soy un nacionalista británico (y lo primero de todo inglés). Si también soy imperialista es porque el destino de la raza inglesa (...) ha sido el de echar raíces en distintos lugares (...). Mi patriotismo no sabe de geografía, sino sólo de límites raciales. Soy imperialista y no un mero ciudadano de Inglaterra porque soy un patriota de la raza británica (...). No es el suelo de Inglaterra, tan querido para mí, lo esencial en mi patriotismo, sino la lengua, la tradición, los principios, las aspiraciones de la raza británica (...).

«El patriotismo en sentido amplio no es un sentimiento de simple exaltación. Es una necesidad práctica (...). Inglaterra, o más bien Gran Bretaña, o el Reino Unido, ya no es la potencia mundial que fue (...). Pero los dominios británicos en conjunto no sólo se apoyan entre sí. Están más cerca de la autosuficiencia que cualquier otra entidad política (...) si pueden mantenerse como tal entidad (...).

«Esto nos lleva a nuestro primer gran principio (...). El Estado británico debe guiarse por la raza, debe abarcarla donde quiera que se establezca en número apreciable como comunidad independiente. Si los enjambres que constantemente son expulsados de la colmena paterna se pierden para el Estado, el Estado se debilita irremediablemente. No podemos permitirnos deshacernos de tanta de nuestra mejor sangre. Ya nos hemos deshecho de gran parte de ella para formar los millones de habitantes de otro Estado, separado pero por fortuna amigo. No podemos permitirnos que se repita este proceso».

El mentor de Milner, Cecil Rhodes, era también un protegido de lord Salisbury. Los trabajos de Ruskin y del darwinista social Charles Dilke, que había sido elegido miembro del Parlamento en las filas liberales en los años ochenta, circulaban profusamente a finales de siglo. Estas manifestaciones crearon el clima mental del que se nutrieron Wells, Russell, Rhodes y Milner. Una generación después, fue a Wells y Russell hacia quienes dirigieron su mirada los jóvenes.

En su libro Greater Britain, Dilke escribió:

«En Estados Unidos hemos visto la lucha de las razas valiosas contra las inferiores -los esfuerzos de los ingleses por conservar la suya contra irlandeses y chinos-. En Nueva Zelanda vimos a la raza más fuerte y enérgica expulsar de la tierra a los astutos y laboriosos descendientes de los malayos; en Australia, vimos triunfar a los ingleses, y excluir a las razas inferiores, no sólo distanciándolos, sino por medio de una legislación arbitraria; en la India encontramos la solución al problema convirtiendo a la raza en funcionarios. En todas partes se observa que las dificultades que impiden el progreso hacia el dominio universal del pueblo inglés residen en conflictos con las razas menores. El resultado de nuestra investigación nos da la razón en la creencia de que las distinciones raciales proseguirán, que ese cruce de razas seguirá adelante pero tendiendo un poco a la mezcla, que las razas superiores tienen todas las probabilidades de destruir a los pueblos inferiores y que los sajones saldrán triunfantes de la incierta lucha».

Ruskin expresó las mismas ideas en una conferencia que Cecil Rhodes llevaba con él como un tesoro y que fue su lección inaugural como profesor de arte en Oxford en 1870:

«Hay un destino posible para nosotros ahora, el más alto que una nación haya tenido que aceptar o rechazar. Jóvenes de Inglaterra, ¿volveréis a hacer de vuestro país un trono de reyes, una isla coronada, una fuente de luz para todo el mundo, un centro de paz? Esto es lo que Inglaterra debe hacer, o si no perecer. Tiene que fundar colonias tan deprisa y tan lejos como sea capaz, formadas por los hombres más enérgicos y dignos; aprovecharse de cada tierra próspera desperdiciada en la que pueda poner el pie, y después enseñar a sus colonos que su principal virtud es la fidelidad a su país y que su principal propósito es hacer avanzar el poder de Inglaterra por tierra y por mar».

Como colono en el sur de África, Rhodes respondió a la llamada de Ruskin creando los países de Sudáfrica y Rodesia con el apoyo de Salisbury. Como socio principal de la compañía de minas de diamantes DeBeers y de Consolidated Goldfields, que fundó con el apoyo financiero de los Rothschild, entró también en el lado más siniestro del Imperio, el secreto -pero abiertamente reconocido- comercio británico de opio desde la India y China. (Los diamantes se utilizan como moneda de trueque en las altas esferas del comercio de opio y, en épocas normales de intercambio de divisas, las variaciones en el precio de los diamantes y del oro están estrechamente relacionadas con las fluctuaciones en los mercados del opio).

El de Rhodes (...) fue el espíritu que inflamó a los hombres del Imperio, y la cadena de transmisión fue Milner. Rhodes había formulado la idea de una sociedad secreta de élite siguiendo el modelo de los jesuitas, que organizaría una quinta columna en Estados Unidos, Alemania y Rusia, y sociedades proimperialistas abiertas en las colonias. El Coefficients Club, la Round Table y sus ramificaciones -el Instituto Real de Asuntos Internacionales, cuyo primer presidente fue Waldorf Astor, del Cliveden Set, y el Consejo de Relaciones Exteriores de Nueva York- son productos todos de esta inspiración primera.

Afectado de una dolencia cardiaca, Rhodes redactó numerosos testamentos en los que asignaba su fortuna a fideicomisarios que llevarían a cabo su propósito. Lord Milner fue el primero, lord Lothian el siguiente. La docencia de Rhodes, quien seleccionaba a estudiantes licenciados norteamericanos para los cursos de posgrado en Oxford, estaba subsidiada por el Fondo. En aquel tiempo se reclutó a unos cuantos destacados renegados norteamericanos al servicio del Imperio.

El primer testamento de Rhodes, redactado a la edad de 24 años, incluía el siguiente pasaje, por el que daba a su fortuna la forma de dote de una «sociedad secreta» dedicada a «extender el dominio británico en todo el mundo (...), la colonización por súbditos británicos de todas las tierras donde puedan alcanzarse los medios de ganarse la vida con energía, trabajo y espíritu emprendedor, y especialmente la ocupación de colonos británicos de todo el continente africano, Tierra Santa, el valle del Éufrates y las islas de Chipre y Candia, todo el sur de África, las islas del Pacífico que no estén en posesión de Gran Bretaña, todo el archipiélago malayo, las costas de China y Japón, la recuperación última de los Estados Unidos de América como parte integrante del Imperio Británico (...)».

La geopolítica de Mackinder

La guerra, por descontado, era necesaria. La cuestión que había que resolver era qué política aseguraría la victoria.

Para entender lo coherentemente que evolucionó la política británica, es necesario darse cuenta de que, hasta aquí, nuestra argumentación únicamente ha descrito la situación en que se encontraban los británicos.

En su libro Democratic Ideals and Reality, publicado en 1919, Halford Mackinder arremetía contra la aristocracia británica y sus paniaguados que tenían aversión por la industrialización y la ciencia hasta el punto de que ni siquiera sabían leer los mapas. Quizá recordaba un incidente acontecido a Robert Cecil, ministro del gabinete durante el bloqueo al imperio austro-húngaro. Un día, en el Foreign Office, Cecil pidió un mapa de su objetivo, después se quejó al especialista del servicio de inteligencia política de que hubieran coloreado mal el alargado territorio de Galicia: «Debería ser húngaro, no austriaco». «Pero, señor, yo soy de Galicia», replicó el especialista, «y de hecho está en Austria».

Cecil hizo una pausa y luego murmuró: “Qué forma más curiosa debe de tener Austria”.

El incidente ocurrió tres años después de que Cecil asumiera la responsabilidad de organizar el bloqueo de ese país. En Versalles, fue uno de los responsables de recortar aquellas protuberancias de la silueta austriaca.

Cuando Mackinder se quejó de que «cada alemán instruido es un geógrafo como pocos ingleses pueden considerarse (...). Berlín-Bagdad, Berlín-Pekín (...) implican para la mayoría de los anglosajones una nueva manera de pensar», se refería a algo más que a la simple lectura de mapas.

Desarrollaba así este punto: «La costumbre de pensar por mapas no es menos significativa en la esfera de la economía que en la de la estrategia. Es cierto que el laissez-faire no era muy corriente, pero la cláusula de “nación más favorecida” que Alemania impuso a la derrotada Francia en el Tratado de Frankfurt tenía un significado muy diferente para la estratégica mente alemana que el que le daban los honrados cobdenitas. La burocracia alemana construyó sobre ella toda una estructura de preferencias para el comercio alemán. ¿De qué le valió a Gran Bretaña, bajo los cielos del norte, la cláusula de nación favorecida cuando Alemania garantizó a Italia una concesión en la cuestión de tasas de importación del aceite de oliva? ¿Es que acaso, de vuelta a Italia, los vagones no iban a ir cargados de exportaciones alemanas?».

Páginas después, en Democracy Ideals and Reality, Mackinder lleva más allá el tema. Refiriéndose a la teoría de libre comercio de Adam Smith, que hacía depender la supervivencia británica del bienestar económico y la hegemonía de la industria textil británica del cultivo de algodón por mano de obra esclava en el sur de Estados Unidos, Mackinder escribía: «Debe de haber sido una opinión sostenible en tiempos de Adam Smith y para una generación o dos después de él. Pero en las condiciones modernas, el asunto actual o, en otras palabras, el acumular poder financiero e industrial puede pesar más que los mayores recursos naturales (...). Cuando comenzó la presión, después de 1878, la agricultura británica decayó, aunque la industria siguió creciendo. Pero, en nuestros días, la desproporción se ha desarrollado incluso dentro de la industria británica; la manufactura de algodón y la construcción de barcos siguen creciendo, pero las industrias química y eléctrica no crecen en la misma proporción”.

Mackinder deja a un lado la cuestión principal. En la época de la presidencia de MacKinley, en 1897, el desarrollo industrial de EU, Alemania, Japón y Rusia superó al de Gran Bretaña. Algunas estadísticas nos ayudan a comprender la historia. En 1870, Gran Bretaña fundía la mitad del hierro mundial y producía la mitad de los textiles mundiales, pero en 1897 producía menos, en ambos sectores, que Estados Unidos y sólo un poco más que Alemania. Y no sólo esto, sino que la producción de hierro en barras entre 1870 y 1897 aumentó un 966% en EU y un 609% en Alemania, dando lugar a la base industrial para las exportaciones y las inversiones de capital en el extranjero.

En este mismo periodo, las exportaciones norteamericanas en general se incrementaron en un 300%, y las alemanas en un 100%; el aumento de las exportaciones británicas fue de sólo un 30%. El comercio norteamericano estaba penetrando incluso en las colonias británicas a un ritmo muy peligroso para los vínculos del Imperio, llevando a una “americanización” de las colonias. EU y Alemania, e incluso Rusia y Japón, estaban destruyendo el dominio comercial, y por tanto financiero, de Gran Bretaña en el mundo. Este estancamiento de las manufacturas británicas sólo se veía compensado por la función de la libra esterlina como divisa de reserva, lo que le permitía operar como instrumento de saqueo. Sin embargo, en 1887, según las propias estadísticas oficiales británicas, su deuda nacional representaba el 7.1% de los ingresos nacionales, mientras que en EU la deuda nacional no suponía más que el 1.7% de la riqueza.

Bajo toda su retórica, la oligarquía británica sabía que estaba entablando una lucha a vida o muerte con Francia, Rusia, Alemania y Estados Unidos para mantener su hegemonía. Esta es la doctrina política que se esconde detrás de las frases en clave de Mackinder. En Democratic Ideals and Reality, escrito a finales de la Primera Guerra Mundial, declaraba:

«A efectos estratégicos, los territorios centrales incluyen el Báltico, el medio y bajo Danubio, el Mar Negro, Asia Menor, Armenia, Persia, Tíbet y Mongolia. Dentro de ellos, pues, están Brandenburgo-Prusia y Austria-Hungría, así como Rusia (...). A finales de siglo, sin embargo, los alemanes de Prusia y Austria decidieron someter a los eslavos y explotarlos para ocupar la región central, por la que discurren las rutas terrestres hacia China, India, Arabia y el interior de África (...). Salvamos el peligro en aquella ocasión, pero los datos geográficos siguen ahí».

Sólo hay que leer «desarrollo industrial» donde dice «geografía» para que resulte claro el punto de vista, apenas velado, de Mackinder. A menos que Alemania y Rusia se sometieran, a menos que su base industrial se resquebrajara, Gran Bretaña estaba en serias dificultades. Si Alemania y Rusia se aliaban, Gran Bretaña podía darse por finiquitada. Esta era la realidad subyacente en el debate político presenciado en la cena del Coefficients Club. Esta era la política que rigió en el Imperio Británico entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

La política adoptada en última instancia puede dividirse en cuatro puntos:

1. De manera inmediata, era necesaria una política de desestabilización para evitar alianzas entre los países que Gran Bretaña consideraba enemigos potenciales. Puesto que los lazos entre Francia y Rusia eran duraderos, era crucial evitar un acercamiento franco-alemán. Por la misma razón, había que impedir una alianza ruso-japonesa. Había que introducir a toda costa tirantez en las relaciones.

2. A medio plazo, la solución a un acuerdo ruso-alemán residía en alentar la disolución del Imperio Austro-Húngaro. De esa manera, entre Rusia y Alemania se interpondría un Estado tapón de Estados “balcanizados” en conflicto, evitándose así la unión de la “Eurasia central” en un Gran Plan de progreso industrial.

3. También a medio plazo, era preciso adoptar una política “hamiltoniana” de apoyo estatal a los preparativos bélicos industriales de Gran Bretaña. El Imperio tenía que volverse más sólido políticamente en torno a un modelo “hamiltoniano” de federación, con alguna forma de protección económica o subvenciones para garantizar la lealtad de las colonias, una política que no se llevó completamente a cabo hasta la evolución de la Commonwealth después de la Segunda Guerra Mundial.

4. A largo plazo, era necesario dar marcha atrás al reloj en el progreso científico e industrial anunciando una nueva edad de las tinieblas, de guerras, hambre y epidemias. La Primera Guerra Mundial iba a ser el principio. Las diferencias surgidas en la cena de 1903 fueron simplemente acerca del significado táctico ante los indiscutibles objetivos políticos en los que ambas facciones estaban de acuerdo.

Extractos del libro de Carol White:

Britain’s Plot to Destroy Civilization: The New Dark Ages Conspiracy

(La trama británica para destruir la civilización: la conspiración de la nueva edad de las tinieblas)

The American Almanac, 20 de junio de 1994

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