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La trama británica para destruir la civilización - 4.3 de 4

Lo que sigue son extractos del capítulo 1, titulado “Bertrand Russell se marcha”, del libro de Carol White publicado en octubre de 1980.


La construcción de un Imperio


El vínculo anglojesuita 

La familia Cecil tenía conexiones con redes establecidas por la Compañía de Jesús desde al menos el reinado de Isabel I. Aunque la base de su poder residiera en el Imperio Británico, también podía, al igual que las familias Howard y Percy, abiertamente católicas, contar con conexiones con las oligarquías italianas y de los Habsburgo para situarse por encima de la monarquía británica (Gwendolyn Cecil estuvo a punto de entrar, por casamiento, en la familia Howard a finales de siglo).

Aunque la familia se había situado bien merced al patronazgo jesuita, los Cecil guardaban lealtad al protestantismo. Sin embargo, puesto que la Orden es en sí misma un injerto de espionaje oligárquico dentro de la Iglesia Católica y no una orden religiosa, esto por sí solo no prueba las continuadas conexiones de la familia con los jesuitas, que sigue siendo una cuestión sin aclarar.

Hugh Cecil expresó el cinismo de la familia, pese a su estricta adhesión externa a la Iglesia Anglicana, en la siguiente conversación con su primo Algernon, un converso al catolicismo y por ello un enlace directo con los círculos jesuitas británicos a los que pertenecía Phillip Ker, lord Lothian, de la Tabla Redonda:

«Algernon, ¿por qué te has dejado crecer esa absurda barba?

«Nuestro Señor llevaba barba.

«¡Nuestro Señor no era un caballero!»

Algernon describió la filosofía de la familia Cecil a Beatrice Webb, que la recordaba así en su diario:

«El joven Cecil era interesante, porque era capaz de describir o insinuar la filosofía de la vida de los Cecil. Para él, la sociedad se dividía en dos: la Iglesia y el mundo. La Iglesia se regía por la iluminación espiritual; el mundo, fuera de ese ámbito, estaba dominado exclusivamente por el interés pecuniario propio. Intentar mover al mundo por cualquier otra motivación no sólo era contrario al mandamiento “Al César lo que es del César”, sino casi una blasfemia.

«Todo progreso real estaba restringido al progreso del alma del individuo bajo la influencia de la Iglesia. Cualquier incremento de la honradez o la bondad, del honor, el espíritu público o la búsqueda de la verdad, logrado de otra forma, era simplemente un estadio superior del interés propio (igual de condenable que los estadios inferiores), el simple descubrimiento de cada individuo de que esas cualidades se recompensaban mejor.

«Acompañaba esto, y hasta cierto punto coincidía con esta división, la que había entre la aristocracia terrateniente y la hereditaria, representada por los Cecil y “el resto”. Los Cecil gobernaban por la iluminación espiritual (heredada a través de una larga línea de antepasados nobles) y estaban ahí para dirigir la política del Estado, sirviéndose de las motivaciones inferiores del vulgo para sostener el Estado en su aspecto material.

«La parte más floja de este esquema era la oposición casi fanática a cualquier intento de modificar la motivación de la naturaleza humana que no fuera la acción de la Iglesia en el alma humana, y una completa complacencia con la razón secular de hacer del propio interés la base de la vida cotidiana. Era casi tan malvado interferir en esto añadiendo otras consideraciones en la organización industrial o política del Estado como introducir la motivación pecuniaria en la Iglesia, como por ejemplo con la venta de indulgencias o simonías».

Beatrice Webb, hija de un exitoso especulador ferroviario asociado con los Rothschild, tenía una noción de la aristocracia inconcebible para el humilde Wells, hijo de un funcionario que era a su vez hijo de un funcionario que había tenido la suerte de casarse con una representante de la nobleza más baja (pero aun así contrariada con la boda).

Mientras que Wells podía engañarse a sí mismo diciéndose que era aceptado socialmente por sus compañeros de cena en el Coefficients, Beatrice no se hacía esas ilusiones y se ofendió mortalmente cuando se enfrentó cara a cara con sus oligárquicos controladores. Su diario está lleno de comentarios de autoconsuelo como: «He cenado con Hugh Cecil. Es bueno estar de vuelta en nuestro hogar de clase media». Sin embargo, como Algernon Cecil, se describe a sí misma y a los socios de su marido como «el ejército escénico del bien», en línea con la parábola de George Bernard Shaw sobre la Fabian Society, Major Barbara, en la que sus miembros son el Ejército de Salvación.

Sidney Webb tiene el mérito de haber organizado el Coefficients. Es obvio que, a pesar de sus pretensiones, el grupo que reunió (un corte transversal de la élite británica y sus socios más cercanos) sólo estaba apiñado bajo la dirección de Robert Cecil.

Russell, Haldane y Grey eran nobles hereditarios. Milner se convirtió en lord. Haldane, Grey y Cecil estarían en el gobierno liberal cuando este partido llegó al poder dos años después. La hermana de Leo Maxse, Violet, era la esposa del hermano de Robert Cecil, Edward, y a la muerte de éste se casó con lord Milner. Halford J. Mackinder se convirtió en director de la London School of Economics y su reputación como geopolítico llegó hasta Alemania, donde el comandante Karl Haushofer, el negro de Hitler en Mein Kampf, reconocía a Mackinder como fuente de sus ideas (...).

Sidney y Beatrice Webb

Los Webb, como los Wells, les resultaban útiles a los Cecil. Su falta de elegancia la compensaban con su poder industrial, ya que sentaron las bases del aspecto colectivista del fascismo. Wells describió a los Webb en The New Macchiavelli, apenas disimulados bajo los personajes de Altiora y Oscar Bailey:

«Oscar (...) tenía una memoria prodigiosa para los hechos y una gran maestría en el análisis detallado, y la época era propicia para estos dones. Los últimos años de la década de los ochenta rebosaron de discusiones político-sociales (...). Se ganó un inmenso respeto entre quienes estaban interesados especialmente en cuestiones sociales y políticas; pronto alcanzó la limitada distinción con que se premia tal capacidad, y creo que ahí podría haberse quedado el resto de su vida si no hubiera conocido a Altiora.

«Pero Altiora Macvite era una mujer excepcional en todos los sentidos, una extraordinaria mezcla de cualidades, la única mujer en el mundo capaz de sacar de Bailey algo más (...). Resultaba totalmente inapropiada en el ámbito femenino (...). Sin embargo, no hay que imaginarse que fuera una mujer sin elegancia o sin belleza, y me es imposible imaginarla con traje y corbata o cualquier tipo de prenda masculina. Pero su espíritu era pétreo, ¡y en el fondo de ella había una vaga y ansiosa vanidad! (...)

«¡Se complementaban el uno al otro hasta un punto increíble!»

El propio Russell cuenta más o menos lo mismo en su Autobiografía, donde escribe: «Originalmente, Webb era un funcionario de segunda fila en el servicio civil, pero gracias a su empeño logró ascender hasta la primera fila. Era ambicioso, en cierto modo, y no le gustaban las bromas en temas serios como la teoría política. En una ocasión le hice notar que la democracia tenía al menos un mérito, que un miembro del Parlamento no podía ser más estúpido que sus votantes, por más estúpido que fuera siempre habría otros más estúpidos que lo eligieran.

«El culto al Estado. Esto era la esencia del fabianismo, y llevó tanto a los Webb como a Shaw a algo que yo consideraba una tolerancia indebida hacia Mussolini y Hitler.

«Ambos eran fundamentalmente no demócratas, veían la democracia como la función de los estadistas de embaucar o atemorizar a la población».

Russell, por supuesto, es más cuidadoso acerca de sus propias predilecciones fascistas. «Todos la consideran una locura, y muy impopular», escribió Russell desde Cambridge, justo antes de la Primera Guerra Mundial. «Tanto los tories como los liberales; y apenas se dan cuenta de que nos están arrastrando a ella». Russell siguió defendiendo, según su biógrafo, la neutralidad británica, terminando por pedir la lebenstraum alemana: «Cuando intentan proteger sus hogares y a sus mujeres e hijas contra las ingentes hordas de rusos salvajes, nosotros hacemos lo posible por evitar que sus esfuerzos tengan éxito, y les amenazamos con el hambre si estalla la guerra».

En colaboración con lord James Salisbury, presidente del Grupo de Objetores de Conciencia, Russell estaba creando por entonces el movimiento pacifista, que fue y sigue siendo un instrumento al alcance de la mano para la subversión británica. El pacifismo permitió a Gran Bretaña penetrar en Alemania durante la guerra y en la Unión Soviética después. En la época de la política de apaciguamiento de Neville Chamberlain, fue psicológicamente útil como forma de orientar a Alemania hacia el este y no hacia el oeste: «Miren, Inglaterra nunca volverá a combatir», era el mensaje. Pero mientras Russell sufría el oprobio público por su postura durante la Primera Guerra Mundial, seguía siendo un invitado bien recibido en mansiones campestres de la aristocracia, en fiestas a las que asistía Asquith, el primer ministro.

CONTINUARÁ…

Extractos del libro de Carol White:

Britain’s Plot to Destroy Civilization: The New Dark Ages Conspiracy

(La trama británica para destruir la civilización: la conspiración de la nueva edad de las tinieblas)

The American Almanac, 20 de junio de 1994

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