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La historia de Rebeca: una mujer de fe en las garras de Boko Haram

Bitrus y Rebeca

La familia de Bitrus Zachariah y su esposa Rebeca comparten con nosotros su dolorosa historia, que comienza cuando unos milicianos de Boko Haram asaltaron su localidad el 21 de agosto de 2014, antes de la ofensiva masiva y total ocupación de Baga por los terroristas en 2015.



Con mirada seria y un sentimiento de profunda depresión, Rebeca relata su calvario al Padre Gideon Obasogie, sacerdote y director de Comunicación de la Diócesis de Maiduguri, en Nigeria.

Cuando Boko Haram asaltó la ciudad de Baga, en medio de una gran confusión, ella, su marido y sus dos hijos (Zacarías de 3 años y Jonathan de 1) huyeron de su amado hogar. Ella estaba embarazada, pero perdió al niño seis meses más tarde debido a las condiciones infrahumanas a las que estuvo sometida durante su cautividad.

Cuando huyeron, el esposo no podía correr rápidamente porque llevaba a su hijo en brazos. Como consideraron que él era el objetivo principal, Rebeca rogó a su marido que corriera por su vida y que los dejara atrás. Bitrus aceptó y corrió a ocultarse en los matorrales, mientras los terroristas de Boko Haram lo perseguían y lanzaban disparos. Afortunadamente –como Bitrus narra con cierta nostalgia– no fue alcanzado por ninguna bala. Tras un rato, Bitrus prosiguió la huida, pensando en lo que podría ocurrirle a su mujer. Mientras relata su historia, mira a su mujer con el rostro avergonzado por no haber sido para ella un héroe en aquellos momentos desesperados de sus vidas.

Bitrus se fue a Mongonou con esperanzas renovadas, haciendo la promesa de volver a ponerse en contacto con su familia, si Dios la conservaba viva. En Mongonou esperó quince días, con la esperanza puesta en que llegara su mujer. Mientras esperaba, veía a mucha gente que venía de Baga. “Les preguntaba a todos si sabían algo de mi mujer, pero nadie me pudo dar alguna buena noticia. Me deprimí profundamente, sufría una severa migraña y la presión se me subió mucho. Unos soldados me asistieron, me dieron cobijo para acostarme y también algún dinero que utilicé para desplazarme a Maiduguri. Mi tío de Maiduguri me rogó que no perdiera el ánimo y me llevó al hospital para que me medicaran. Intentó infundirme esperanza, pero mis pesadillas y el dolor de cabeza no cesaron. Dejar atrás a mi familia y todo lo que poseía no fue precisamente una experiencia fácil de superar”.

La historia de Rebeca

“Cuando los milicianos de Boko Haram me encontraron, me dijeron: “Da mun kashe Mujin ki… da mun Sami lada... ama ton da Allah bai bari ba...ke da yaran ki sai ku je ku yi aikin Allah” (“Si hubiéramos matado a tu marido habríamos recibido la recompensa de Alá… pero como Alá no lo ha permitido… tú y tus hijos vais a trabajar para Alá”). Y después me golpearon con un arma pesada y me sacaron de cuajo varios dientes”.

A la pregunta de qué pasó después, Rebeca rompe a llorar y me dirige una mirada penetrante que parece decir: “Para qué querrá este periodista escucharlo otra vez”. Yo sonrío para animarla.

Rebeca vuelve a tranquilizarse y cuenta que entonces comenzó su pesadilla. Después de matar a todos los hombres que habían capturado, los terroristas de Boko Haram la trasladaron a ella y sus hijos al Lago Chad. Cruzar el lago fue horrible, con el agua llegándole hasta el cuello. Tardaron seis días en cruzar el lago y recibieron galletas para comer. Al séptimo día llegaron a un lugar llamado Kwalleram, rodeado de arbustos espinosos. Allí permanecieron durante unos 53 días. Los obligaron a lavar para sus mujeres, preparar pimiento dulce, limpiar los caminos para sus motocicletas y cocinar para los milicianos. “Después nos llevaron a mí y a mis hijos a Gurva, en Chad, por miedo a que escapara. En Gurva permanecimos 70 días. Trabajamos el campo y cortamos leña. En Gurva había unos 2 mil milicianos”.

En Tilma

“En Tilma me marcaron en la espalda con el número 69. No sé qué significa y nunca pregunté. Me vendieron a un hombre llamado Bage Guduma. Con él permanecí 55 días. Me daban frutos de palmera, pero, gracias a Dios, no comí nada, porque podría tratarse de un hechizo que me dejara hipnotizada y me hiciera perder el sentido. Yo me resistí siempre. En la mayoría de las noches en las que quería tocarme, yo frotaba las heces de mis hijos contra mi cuerpo, y eso lo mantuvo siempre alejado de mí, aunque sus hijos varones podían pegarme sin piedad. Me hicieron cavar un agujero durante tres semanas hasta que di con agua. Cada día me propinaban 98 golpes. Estuve enferma durante dos semanas. Me quitaron a Jonathan, mi segundo hijo, y lo lanzaron al lago Chad, donde murió ahogado”.

Rebeca pronuncia estas palabras con gran sufrimiento, mientras las lágrimas recorren sus mejillas. Estas terribles cosas le pasaron a Rebeca por negarse a entregar su cuerpo.

Malla, el padre del nuevo hijo de Rebeca

“Malla fue el segundo hombre al que me entregaron. Me obligaron a acostarme con él, y cuando me resistí, me introdujeron en su prisión, que era un profundo hoyo, en el que me dejaron durante dos días sin comida ni agua. Cuando me sacaron, Malla me violó varias veces. Cuando vi que no me llegaba el periodo, supe que estaba embarazada. Busqué Paracetamol y me tomé diez pastillas de golpe para librarme del embarazo. Pero no lo logré. Entonces una mujer, una mujer de un pastor que había sido secuestrada en Gwoza, me suplicó que no me quitara la vida por el embarazo. Ella ya tenía dos hijos de los terroristas. Me tranquilizaron para que mantuviera el embarazo hasta dar a luz. Casi me morí de hambre. Di a luz en casa, sin nadie que me ayudara. Yo misma corté la placenta, sufriendo un gran dolor. No recibí ninguna atención médica. Llamaron a mi hijo Ibrahim y lo aceptaron de buena gana por ser varón: quieren que las mujeres den a luz a varones. Malla, el padre, era miembro de Boko Haram y estaba de viaje, regresó seis semanas después el alumbramiento. Yo ya no tenía nada que ver con él, porque me prometieron que me venderían a otro hombre”.

Escenas terribles

Ha visto cosas terribles y atemorizantes en los últimos dos años y algunos meses. Presenció cómo mucha gente intentó huir y acabó muerta. Allí estaba por ejemplo Benjamín, un varón igbo que quiso escapar, pero al que, tras ser interceptado, le rompieron las dos piernas y lo dejaron atrás sin ocuparse más de él. Los obligaban a acompañarlos en sus oraciones de 7 a 10 de la mañana, de 12 a 2 del mediodía y de 4 a 6 de la tarde. Mataron a algunos cristianos que se negaron a rezar con ellos. Violaron a niñas de ocho y nueve años, asfixiándolas con objetos en la boca hasta matarlas.

La huida

En un día afortunado, cuando la mayoría de los milicianos estaban fuera, una mujer de Boko Haram –probablemente, la mujer del comandante– permitió a Rebeca que fuera a visitar a una amiga en otra zona bajo el control de Boko Haram. Así se trasladó a Maitele, una pequeña comunidad tal vez situada en torno a Chad. Caminaron durante seis días hacia la frontera nigeriana. Uno de sus hijos enfermó por falta de agua y comida. Gracias a Dios, cayó una tormenta que los renovó y reavivó para seguir el viaje, un viaje en el que muchos otros se habían encaminado antes hacia un destino incierto. Rebeca, en cambio, aun sin saber a ciencia cierta dónde estaba, avanzaba persuadida de una gran esperanza en encontrar un lugar seguro. Llegaron a Diffa, donde se encontraron con soldados estadounidenses y de Níger. Éstos atendieron a su hijo y les dieron algo de pan. Al poco tiempo los llevaron a Damaturu, donde había soldados nigerianos. “Los soldados fueron maravillosos: me llevaron directamente a la ciudad de Maiduguri, junto a mi marido”.

Su nuevo hijo Ibrahím

Bitrus, el marido de Rebeca, cuenta en un tono tranquilo, con el que no logra disimular que esta alterado: “Ver a mi esposa con un hijo de un padre de Boko Haram me da mucho miedo. Me alegré mucho de ver a mi mujer, pero el hijo me rompe el corazón. Ruego a Dios que me haga amarle… sí, el hijo de una serpiente…”. Así habla Bitrus con amargura.

Rebeca, con sentimientos encontrados, dice que el pequeño Ibrahim es su hijo, a pesar de que el padre sea el malvado Malla. Intentó en varias ocasiones entregar al niño al Gobierno, pero los soldados le pidieron que esperara, pues el pequeño Ibrahím sólo tiene ocho meses de edad.

Rebeca, cuyos padres se encuentran en Camerún, ha rogado a su marido que la acepte como es… y le ha dicho, desesperanzada, que si él duda, “le dejaré a su hijo y yo me iré con mis padres”.

El presente

Bitrus y su familia se encuentran en la Diócesis católica de Maiduguri, y el Obispo Oliver Dashe Doeme se ocupa de ellos, pues se encuentran en un campo de desplazados donde hay más de 500 personas como ellos. Con oraciones y ayuda de urgencia pronto olvidarán las maldades y los sufrimientos del pasado. La diócesis ha facilitado a Rebeca asistencia alimentaria de emergencia, y esperan poder seguir ayudándola. En estos momentos, la familia se encuentra en una encrucijada moral. Ahora Rebeca necesita una buena atención médica, víveres para comer, ropa para vestirse, un buen alojamiento y una cama en la que reposar su atribulada cabeza. El tiempo lo cura casi todo, pero también es muy necesaria una sistemática atención psicológica, y su hijo Zacarías, que ahora tiene seis años de edad, debería ir a la escuela. ¡Realmente, es una mujer de fe fuerte!

La Fundación Pontificia Aid to the Church in Need (ACN) ha financiado proyectos en Nigeria en el 2015 por más de un millón y medio de euros. Desde el 2014 ACN apoya también proyectos de ayuda de emergencia para refugiados víctimas de Boko Haram en Camerún y en Nigeria, también en la diócesis de Maidiguri.

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Comentarios  

#1 hector sanroman 21-10-2016 13:50
Alguna cuenta bancaria para donaciones?
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