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Comentando el Sínodo

Muchos me han preguntado cómo ha ido el Sínodo. Y comprendo que lo hagan, ya que, trabajando en el Consejo Pontificio para la Familia, consideran que puedo tener un punto de vista informado sobre el contenido, desarrollo y conclusión de la importante Asamblea, que no se quede en las interpretaciones que difunden algunos medios de comunicación.


Sínodo de la Familia


Pero debo decir que no es fácil hacer un comentario, ya que se pueden hacer diferentes lecturas del Sínodo; por ejemplo: a nivel de la eclesiología, de la antropología, de la moral, de la pastoral y del derecho canónico; a nivel de las expectativas sociales; de las estrategias y metodologías puestas en acto; de la política eclesiástica, etc.

Cada uno de estos niveles de lectura exige también una no indiferente capacidad técnica para expresarlos bien. Y yo no estoy seguro de ser capaz de hacerlo, sobre todo en un lenguaje asequible a un público amplio.

Esta observación trata de justificar que el comentario que hago sea genérico, y por tanto, no excesivamente profundo. Dejará muchos aspectos inconclusos o francamente de lado. Pero prometo ser honesto y empeñarme en conjugar la narración de una experiencia con algunos contenidos serios que se pueden destacar.

Comenzaré por testimoniar que ha sido una gran bendición asistir tan de cerca a este proceso. Y al hablar de «proceso» estoy dando ya una indicación. El Papa Francisco es una persona que privilegia esta perspectiva, la del proceso. Algo que por su naturaleza es siempre inacabado, en camino y provisional. Un movimiento.

Cuando él convocó este Sínodo, con tantas peculiaridades, sorprendió a muchos. Apenas 30 años atrás se había llevado a cabo una reunión de este tipo para discutir sobre la familia. El resultado de aquel Sínodo fue el importante documento llamado “Familiaris consortio”, que aunque las circunstancias sociales han cambiado, continúa siendo actual, por lo que no parecería necesario volver sobre este tema, al menos globalmente.

Se pensaba que probablemente sí fuese necesario fijarse en algunos temas particulares, pero sin poner en discusión lo fundamental de la teología del matrimonio y de la familia. Sin embargo, el Papa pensaba de otra manera, e interpretó que aquellas más de 100 intervenciones sobre la familia, durante el Sínodo anterior, en el que se discutió sobre la “nueva evangelización” y la propuesta de Benedicto XVI de que el siguiente Sínodo se ocupase de algunos temas del área de la bioética relacionados con la familia, eran signos de los tiempos que indicaban que había que volver a reflexionar sobre los desafíos pastorales de la familia y su vocación y misión en el mundo actual.

El Papa ideó un modo muy original de hacerlo, no a través de una reunión única con un esquema previo, como solía hacerse, sino a través de un «proceso de reflexión» que según la mejor tradición de la Iglesia se llama «discernimiento». De esta forma nos embarcamos en una reflexión que ha durado dos años y que seguramente no se termina con la reciente Asamblea. La intención del Papa ha sido poner a la Iglesia a la escucha de Dios, para afrontar los desafíos que la familia tiene hoy, sin esquemas rígidos y preconcebidos, pero tampoco tirando por la borda la doctrina de la Iglesia, que es la elaboración de lo que el Señor nos ha revelado en Jesucristo, sobre su designio para la familia.

Para ayudarnos a comprender el «proceso sinodal» que hemos vivido, conviene recordar también algunas otras perspectivas suyas. Él mira la realidad por encima de las ideas. Por eso quiso comenzar con una gran consulta, para conocer de primera mano la realidad que viven las familias. Además, para él es importante escuchar al «pueblo», pues él insiste frecuentemente en que el pueblo tiene su propia intuición para señalar nuevos caminos.

Hay que recordar también que el Papa mira a la Iglesia como un gran «hospital de campaña». Pues la observación de la realidad nos revela muchas circunstancias humanas, y en concreto familiares, de gran sufrimiento. Las llamadas «familias heridas» o «en situaciones especiales» para las que el Papa quería encontrar –junto con toda la Iglesia– soluciones pastorales concretas.

Cada una de las cosas que acabo de señalar merecerían un comentario, pero ahora sólo lo menciono para ubicar las consideraciones que haré.

El Sínodo que acabamos de concluir ha comportado muchas buenas noticias. Por ejemplo, la maravilla de ver a la Iglesia en movimiento, como organismo vivo y experimentar la corresponsabilidad eclesial. Pero, sobre todo, nos ha permitido contemplar a la Iglesia Madre, poniendo al centro de su reflexión una institución fundamental para todo ser humano y para todas las sociedades: la familia. Puedo afirmar con certeza que ninguna institución social o agencia internacional, ningún gobierno o Estado gasta tanta energía y valora tanto a la familia, como lo hace la Iglesia, y esto es una gran noticia. Su movilización por la familia, ha provocado también que otras instituciones, religiones y agencias se pregunten acerca de la familia y su futuro. Y el ruido mediático que se generó, propició también una mayor visibilidad, y en muchas ocasiones positiva, de la Iglesia.

Todas éstas son buenas noticias, por las cuales debemos dar gracias a Dios.

Sin embargo, el ruido mediático también ha provocado una gran confusión, y sería conveniente reflexionar ampliamente acerca del papel de los medios de comunicación en el Sínodo. Yo menciono aquí solamente alguna reflexión.

No cabe duda que antes de este Sínodo ningún otro había generado tanto interés en el público. Y las razones de que éste sí lo haya generado, se encuentran en el hecho de que la familia es algo que toca a todas las personas, y todos son conscientes de que la familia está cambiando.

Cuando se habla de la familia, se habla de una experiencia humana fundamental, de relaciones fundantes y determinantes en la vida de las personas. De ahí que nadie sea indiferente al tema y que sea difícil hablar de él sin sentirse involucrado y por tanto con una intensa pasión.

Por otra parte, se sabe que la palabra de la Iglesia en esta materia ejerce un influjo directo en la vida de muchas personas y esto implica muchas resonancias sociales. A lo que he dicho hay que añadir que es justamente en el ámbito de la vida familiar, de la moral sexual y matrimonial donde la divergencia entre una cultura cada vez más secularizada y carente de fines compartidos y la cultura cristiana se hace más evidente.

Los medios de comunicación frecuentemente han difundido visiones e intereses que en muchos casos no han estado en consonancia con el verdadero espíritu del Sínodo, con la visión de la Iglesia Católica, y han narrado una reunión eclesial que no siempre se ha correspondido con la realidad o que no han interpretado con justicia ciertos hechos realmente ocurridos. Por todo esto, ellos han contribuido no poco a generar expectativas que difícilmente podrían haberse satisfecho. Y en muchos casos han sido los principales responsables de crear confusión. Incluso entre los mismos eclesiásticos.

Desde luego, la constatación de esta realidad no es un ataque o una falta de valoración del enorme servicio que prestan los medios de comunicación. Quiere ser simplemente la constatación de algo que debe tenerse en cuenta, tanto para evitar lo más posible las malas interpretaciones, como para mejorar los mecanismos de comunicación intraeclesiales. En todo caso, es verdad que uno ha sido el Sínodo real cuyo principal protagonista ha sido el Espíritu Santo y otro el Sínodo narrado por algunos potentes medios de comunicación, en ocasiones guiados por algunos eclesiásticos. El riesgo que hay que evitar es que este “sínodo” falseado se sobreponga a la realidad.

Evidentemente, quienes han sido llamados a discernir «cum Petro et sub Petro» (con Pedro y bajo Pedro), no se han dejado condicionar por las estrategias mediáticas puestas en acto. He sido testigo de la enorme libertad y honestidad con la que los sinodales han trabajado. Con el único interés de encontrar caminos para ayudar a las familias a vivir su vocación matrimonial en las circunstancias actuales, sin excluir poner en discusión los caminos pastorales que se han seguido hasta ahora. Han buscado siempre encontrar soluciones viables a las diversas situaciones de dificultad y, en la mayoría de los casos, les ha guiado un interés genuino en concordar sus distintas visiones en una síntesis que supera el simple “compromiso”. Vamos, no ha sido una reunión guiada sólo por estrategias políticas para hacer prevalecer una idea o una posición sobre otra, aunque hayan ocurrido episodios cercanos a una descripción semejante y que el Papa mismo comentó de manera general.

La realidad de las cosas es que algunos hechos ocurridos han sido interpretados por algunos como la actuación de una “obscura estrategia”. Una suerte de conjura o conspiración, que no han sido tales. Por ejemplo, el hecho de que un grupo de Cardenales se haya dirigido con lealtad al Santo Padre a través de una carta privada –que no tenía por qué hacerse pública y menos falseando su contenido–, expresando algunos puntos que a su parecer necesitaban ser aclarados de la nueva metodología sinodal y que de hecho el Papa aclaró satisfactoriamente, sin mencionar la famosa carta. Algunos quisieron presentarlo como una oposición al Papa, y aprovecharon la difusión de la carta para intentar presentar a sus signatarios como “conservadores” y “rígidos”, tratando de desacreditarlos.

Esta operación no estoy seguro que fuera propiciada sólo por algunos eclesiásticos, sino por un conjunto de intereses, tanto de quienes fuera de la Iglesia querrían que hubiese un cambio en sus posiciones doctrinales, como de quienes simplemente sintieron que el Sínodo como noticia se “desinflaba” y para vender recurrían a la vieja técnica de preparar un “ring”. De otra parte, muchas personas desprovistas de la formación necesaria o de la visión de fe, que es la única manera de leer correctamente los acontecimientos eclesiales, los reducen a las categorías políticas que conocen.

Al hablar del “ring”, se entra en otro nivel de lectura y es el de la discusión sobre algunos puntos más controvertidos del debate sinodal.

Iniciaré por comentar que debido a la metodología que se eligió para este «proceso sinodal» el Instrumentum laboris era un texto muy largo, frecuentemente vago e incluso confuso, desarticulado, una especie de calderón con muchos temas más o menos organizados. Además, no quedaba claro cuál era su objetivo. ¿Era la base de un documento post-sinodal? ¿Era sólo una guía para elaborar proposiciones que entregar al Papa después de la conclusión? Esto generó algunas tensiones, que al final se resolvieron positivamente.

Por otra parte, entre los muchos temas tratados, había algunos que suscitaban una gran expectativa: el del acercamiento pastoral hacia las familias con miembros con atracción hacia personas del mismo sexo (homosexuales), que algunos medios de comunicación habían presentado como una discusión sobre la aceptación o no del matrimonio de personas del mismo sexo; o el de la comunión eucarística o no de los divorciados y vueltos a casar, que se reducía en la práctica a la aceptación o no del divorcio; así como el de los medios para ejercer la paternidad responsable, interpretado como la aceptación “finalmente” de los métodos anticonceptivos.

Aquí debo aclarar que cada uno de estos temas requeriría una profundización bastante más seria de lo que aquí mencionaré.

Por ahora querría sólo notar que las cosas no son tan simples, como los reduccionismos que presentan los medios de comunicación, que corren el riesgo de convertirse en opinión pública, aun dentro de la comunidad eclesial. Me refiero a esa visión que querría dividir a los Pastores entre “conservadores” y “progresistas”. Detrás de las diversas aproximaciones teológicas y pastorales a esas realidades, hay ante todo una preocupación común, que es la de hacer partícipes a todas las personas y realidades humanas de la misericordia de Dios que salva, que hace nuevas todas las cosas y que ha confiado a su Iglesia el tesoro de la revelación y de los medios de la salvación.

Aquí no hay “buenos” y “malos”, no hay los que están a favor del Papa “reformador” y los que están en contra de él en la resistencia. No. Lo que hay es un grupo de Pastores que con «parresía» –palabra griega que significa entusiasmo, vehemencia, energía, convicción– han expuesto con libertad su pensamiento, en un espacio que existe justo para ello. De ahí que al hablar de los resultados del discernimiento no se pueda hablar de “vencedores” y “vencidos”, como frecuentemente se hace en las notas periodísticas que aparecen estos días, haciendo balances y comentando el Sínodo.

Como antes he dicho, el verdadero protagonista de este Sínodo, como en cualquier otro, es el Espíritu Santo. Y en el discernimiento que ha llevado a cabo este último, su acción ha sido muy evidente. Tal actividad se nota en los diferentes pasajes que van desde el Instrumentum laboris, al primer borrador después de la discusión en los círculos menores, hasta el documento final. De este modo el documento de la «Relatio Synodi» (informe del Sínodo al Papa) que se ha hecho público, refleja la acción de Aquel que “nos muestra la Verdad toda entera” (Cfr. Jn 16,13). Su acción se nota por ejemplo en el hecho de que todos los números de la Relatio alcanzara el número suficiente de votos para ser aprobada. La unidad es signo del Espíritu.

En esta línea, es importante notar que ciertamente los sinodales tenían una altura de miras mucho más elevada de la que los medios de comunicación se empeñaban y se empeñan aún ahora en narrar. Después de un debate abierto y encendido, ninguno se ha encerrado en posiciones del tipo: “todo o nada”, sino que se han esforzado, con seriedad y humildad, en converger en una síntesis que es mucho más que un simple «compromiso político» y que deja al Papa abierta la posibilidad de decidir e indicar el camino a seguir en aquellos puntos más difíciles que han atraído tanto la atención, después de haber oído el parecer de la Iglesia Universal.

Por último, quiero resaltar aquí la novedad del documento conclusivo, que no muchos han sido capaces de descubrir.

Empeñados, como están algunos, en hacer una lectura ideológica de él y atrapados en una lógica sólo normativa que debería estar superada, algunos se empeñan en decir que no ha habido en realidad ninguna novedad, ningún cambio. En contraparte, otros acusan que el Sínodo ha frustrado las intenciones “aperturistas” del Papa.

Ambas visiones tienen en común el medir todo a partir de una norma.

Como ejemplo, presentaría el caso controvertido de la comunión eucarística o no a los divorciados que están involucrados en una nueva unión. Habría mucho que decir al respecto, pero aquí me detendré sólo en la perspectiva nueva que emerge del Sínodo y que considero sea la verdadera novedad y un signo claro de la acción del Paráclito.

En la discusión sobre este tema, no se trata de “aperturas” o “cerrazones”, sino de «discernimiento». Y el discernimiento se ha hecho atendiendo a la argumentación teológica, tanto de quienes sostenían la necesidad de un cambio de la disciplina actual, como de quienes consideraban que la disciplina actual es correcta.

El Papa, custodio de la fe, ya había insistido que la doctrina sobre el matrimonio y concretamente acerca de su indisolubilidad no se debería tocar. Y teniendo en cuenta esto, se hicieron congresos, estudios y publicaciones, mostrando los propios argumentos y contrastando las tesis de los oponentes –en el sentido de las disputas teológicas–. Al final, quizás no todos quedaron convencidos de las aproximaciones teológicas de los otros, pero todos han concordado en la seriedad de las razones que obligaban a ser cautos y no dar reglas generales.

Esto no ha significado inmovilismo. No. A nivel pastoral, que era la intención del Papa al convocar el Sínodo, como muchas veces había hecho notar, sí hay un movimiento importante. La novedad del espíritu con el cual las cuestiones deben ser afrontadas. Un espíritu misionero que quiere ir al encuentro de las personas concretas en su circunstancia.

«La realidad es superior a la idea». Este principio del Papa quiere decir aquí que no se trata de negar la doctrina, que al fin de cuentas es la revelación del plan de Dios sobre la familia y no una simple idea. Un plan que es el único que hace justicia a la verdad del hombre y la mujer, de los deseos más profundos inscritos en el corazón de las personas, a su dignidad como seres racionales e hijos de Dios, dotados de una libertad que es ante todo capacidad de autotrascendencia –horizontal y vertical– y de autodeterminación para el bien.

Significa más bien que a tal vocación, que es un evento de gracia y santidad, se responde desde las circunstancias concretas de cada uno, donde el error, la mentira y el fracaso no tienen la última palabra, sino la acción misericordiosa de Dios que sana y salva, que levanta y conduce hacia el ideal, en el sentido más noble de esta palabra.

Debemos admitir que no todos en la Iglesia han comprendido esta perspectiva. Hay cristianos secularizados que influidos por el pensamiento dominante sí han pensado que en función de un cierto «realismo pastoral» habría llegado la hora de aceptar que realidades como el divorcio, la convivencia, las uniones de personas del mismo sexo, etc., forman parte de las circunstancias actuales y que la Iglesia debería adaptar su doctrina o su comprensión de la fe con base a estas “nuevas circunstancias”, utilizando herramientas hermenéuticas distintas a las que han guiado la reflexión teológica hasta ahora.

El Sínodo ha demostrado que se trata de otra cosa. De una actitud pastoral nueva, que pide una verdadera «conversión». Una conversión pastoral. Saber «salir» e ir al «encuentro». Buscar a la oveja en dificultad (Cfr. Lc 15, 4), acoger sin condenar, discernir y acompañar a las personas y a las familias en sus circunstancias particulares. No todas las situaciones son iguales. Y a las personas que viven una situación familiar de contraste con el designio creador y con la sacramentalidad del matrimonio, hay que ayudarlas con paciencia y generosidad a integrase cada vez más en la comunidad cristiana, caminando hacia la santidad.

Nada de rebajas a la vocación cristiana, sino discernimiento y acompañamiento personal. Se trata de una nueva metodología pastoral que está mucho más allá de las reglas, mucho más allá de las respuestas fáciles, en uno u otro sentido.

Esto que parecería ser una verdad de “Perogrullo”, no es así de evidente para todos; y si el proceso sinodal que ha durado dos años logra hacer pasar esta perspectiva, habrá valido la pena la fatiga y la discusión encendida que se ha llevado a cabo.

La perspectiva misionera a la que me acabo de referir, se une también a la perspectiva de la atención a las «periferias», no sólo geográficas, sino, sobre todo, existenciales, que el Papa identifica como prioritaria en el anuncio del Evangelio. Se trata de esa opción preferencial por los pobres que nuestra Iglesia en América Latina ha reflexionado tanto y tratado de llevar a cabo por años.

Estas dos perspectivas atraviesan todo el documento. De ahí que mientras la Familiaris Consortio, que mantiene toda su actualidad, termina con la reflexión sobre las situaciones difíciles, la Relatio inicia con la contemplación espiritual de la realidad para lanzar a un proyecto misionero.

Es decir, el Papa y la Iglesia valoran enormemente a las tantas personas que cada día se santifican luchando por ser fieles a su vocación matrimonial y familiar, y con ellos, como testigos y como sujetos activos de evangelización, quiere ir al encuentro de todos (católicos y no católicos) para compartir el Encuentro que nos ha hecho plenos y nos llena de gozo: la belleza del plan de Dios sobre la familia, pero no como una verdad que sirve sólo para condenar a quienes no viven ese maravilloso ideal, sino como una invitación a descubrirlo, a acogerlo, a tener esperanza y humildad para caminar, acompañados por una comunidad cristiana samaritana, que se sabe toda ella objeto de la misericordia infinita de Dios, el “hijo pródigo” abrazado por el Padre bueno, y no el hijo mayor resentido.

Quiero concluir esta breve reflexión –que no ha entrado a discutir los contenidos específicos de la Relatio–, diciendo tres cosas:

La primera es que no hemos de perder de vista que el documento sinodal conclusivo, si bien no es perfecto (hay muchos temas que deberían ser aclarados ulteriormente y otros que quizás, o mejor, que seguramente son arriesgados, como es el usar términos como «planificación familiar» que “gli adetti ai lavori”, conocemos que llevan una carga ideológica que la Iglesia no puede aceptar de ninguna manera y sería mejor no usar, para no ser malentendidos), es mucho mejor de lo que podría haber resultado. Y debemos glorificar al Buen Dios que nos ha dado su Espíritu. Es espléndido pensar que las muchas oraciones que se han elevado en todo el mundo han sido escuchadas por nuestro Padre, rico en misericordia, y han producido sus frutos.

La segunda es que este documento no es una palabra definitiva. Es sólo la conclusión o el informe –Relatio– que se ha entregado al Papa. El Sínodo, como se piensa en la Iglesia Católica, es sólo eso: un importante instrumento de colegialidad episcopal y de corresponsabilidad eclesial, de índole consultivo. No es un parlamento, donde se deciden las leyes, la disciplina y la doctrina. La Iglesia no es una democracia. Es una comunión. Comunión jerárquica. De ahí que esperamos con confianza y en oración la palabra iluminada del Papa que, según se ha anunciado, pronunciará en un tiempo breve, a través de una “exhortación post sinodal”, o de otro tipo de documento oficial.

Por último, como había dicho antes, nuestro Papa piensa en clave de procesos. Este Sínodo ha concluido, sí. Pero en un cierto sentido continúa. Hemos de continuar «caminando juntos» como comunidad que espera entre las luces y las sombras de la historia el retorno de su Señor, haciendo presente su gracia salvadora, su misericordia y amor a todos nuestros contemporáneos, a todas las familias, independientemente de sus circunstancias, ayudándolos a vivir esa «metanoia», que es la conversión cotidiana que cada uno está llamado a vivir en su itinerario hacia la santidad.

El Sínodo se debe concretizar en cada Conferencia Episcopal, en cada Diócesis, en cada Parroquia, en cada comunidad cristiana, en cada iglesia doméstica.

Que el Señor Jesús por intercesión de su bienaventurada Madre nos lo conceda.

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