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La situación actual: ¡Por nuestros malditos pecados! (13, último)

Amable lector: A continuación presentamos, a manera de artículo de opinión, una serie de reflexiones contenidas en el interesantísimo ensayo “Por nuestros malditos pecados”, del Padre Carlos Chávez Shelly. Toda una guía para la vida práctica. (Parte 13 y última)


El onceavo mandamiento


V. ESPERANZA

Pero la técnica progresa… y nuestras técnicas presentan peligros de otro género, que ya no son materiales y prácticos, sino que afectan a lo que constituye la propia consistencia interior y la nobleza del hombre. Pero también tienen algo con lo que pueden aliviar el sufrimiento del hombre, reducir su oneroso trabajo, robustecer su salud, liberar su espíritu, extender el horizonte de su pensamiento y poseer, más y mejor, este mundo en el que vive.

La técnica no es en sí buena ni mala: si está en buenas manos, en manos seguras y prudentes, puede llegar a ser un instrumento verdaderamente humano y realizar una obra digna del hombre.

La suerte de la Humanidad, el sentido que ha de darse al mundo, dependen de una libertad: el hombre tiene la posibilidad de no hacer lo que hasta aquí solía realizar. ¿Qué hará?

Tengo la confianza, la esperanza que hará lo correcto. Dios lo garantiza. San Pablo –ese magnífico Apóstol– nos lo grita: “Todo es vuestro, ya el mundo, ya la vida, ya la muerte, ya lo presente, ya lo venidero” (1 Cor. 3,22). Todo es nuestro: el mundo, todo lo que es, toda su fuerza, todo su esplendor. ¿El presente?: no vacilemos en poner sobre él nuestra mano vigorosa, porque nos pertenece; ¿y el porvenir? ¿Cómo? ¿También ese porvenir que no es de nadie? Sí, también el porvenir es nuestro…; el Apóstol se sitúa entonces en la verdadera perspectiva, en el sitio que verdaderamente nos corresponde, un sitio de humildad que sirve, un puesto de gloria en el esplendor de Dios: “Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Cor., 3,23).

+Y ¿cómo lo hará?

El Papa Francisco nos lo dice repetidamente: Evangelizando, hablando de Dios, a todos, uno a uno, hasta las periferias existenciales. Olvidándonos de nosotros mismos, saliendo al encuentro de los demás. Veamos brevemente algunas ideas de su Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium” (2013):

“… el mensaje que anunciamos corre más que nunca el riesgo de aparecer mutilado y reducido a algunos de sus aspectos secundarios. De ahí que algunas cuestiones que forman parte de la enseñanza moral de la Iglesia queden fuera del contexto que les da sentido. El problema mayor se produce cuando el mensaje que anunciamos aparece entonces identificado con esos aspectos secundarios que, sin dejar de ser importantes, por sí solos no manifiestan el corazón del mensaje de Jesucristo (…) el núcleo esencial del Evangelio que le otorga sentido, hermosura y atractivo” (n. 34).

“… no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza. (…) el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. (…),  así se vuelve más contundente y radiante” (n. 35).

“… En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado. En este sentido, el Concilio Vaticano II explicó que «hay un orden o “jerarquía” en las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana». Esto vale tanto para los dogmas de fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral” (n. 36).

“… Santo Tomás de Aquino enseñaba que en el mensaje moral de la Iglesia también hay una jerarquía, en las virtudes y en los actos que de ellas proceden. Allí lo que cuenta es ante todo «la fe que se hace activa por la caridad (Ga 5,6). Las obras de amor al prójimo son la manifestación externa más perfecta de la gracia interior del Espíritu: «La principalidad de la ley nueva está en la gracia del Espíritu Santo, que se manifiesta en la fe que obra por el amor». Por ello explica que, en cuanto al obrar exterior, la misericordia es la mayor de todas las virtudes: «En sí misma, la misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su omnipotencia de modo máximo»” (n. 37).

“… la predicación moral cristiana no es una ética estoica, es más que una ascesis, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y errores. El Evangelio invita ante todo a responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos. ¡Esa invitación en ninguna circunstancia se debe ensombrecer! Todas las virtudes están al servicio de esta respuesta de amor. Si esa invitación no brilla con fuerza y atractivo, el edificio moral de la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un castillo de naipes, y allí está nuestro peor peligro. Porque no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener «olor a Evangelio»” (n. 39).

En pocas palabras nos dice su santidad que nuestros malditos pecados (los más traídos y llevados por los medios: el aborto, el “matrimonio entre homosexuales”, la pederastia, la corrupción, el terrorismo, etc.), siendo importantes, no han de obsesionarnos: son de importancia secundaria. Lo principal hacia afuera es evangelizar, amar de verdad –con obras– al prójimo, sea quien sea, tener misericordia, lo que nos asemeja a Dios. Esto nos salvará.

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