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La situación actual: ¡Por nuestros malditos pecados! (12)

Amable lector: A continuación presentamos, a manera de artículo de opinión, una serie de reflexiones contenidas en el interesantísimo ensayo “Por nuestros malditos pecados”, del Padre Carlos Chávez Shelly. Toda una guía para la vida práctica. (Parte 12)


 

Reconciliación con nuestro padre Dios


II. Racismo

Una doctrina de la misma especie atea vino a exaltar de un modo violento y cínico la idea de “la raza”. Su historia no está todavía tan lejana como para no hallarse aún presente en las memorias. Sigue tratándose aún del hombre que escucha una exhortación a la grandeza, pero ya no se trata del hombre individual: ahora es una raza de hombres la que se cree sobrehumana, la que afirma ser una raza de señores “dispensadores de la civilización, que constituyen la belleza y el valor de una Humanidad superior” (Hitler).

“El hombre de esta raza no tiene más que un sagrado derecho y este derecho que, al mismo tiempo, es el más santo de los deberes –sigo citando a Hitler– es el de velar para que su sangre se mantenga pura, a fin de que la conservación de lo mejor que hay en la Humanidad haga posible un desarrollo más perfecto de estos seres privilegiados” (Mi Lucha).

Hay razas inferiores que son una amenaza para toda la Humanidad entera; ¿por qué, pues, no se había de poder exterminarlas? Hacerlo así sería una obra de salubridad. Hay detritus humanos, ancianos impotentes, enfermos incurables, que ya no son más que una carga sin provecho para nadie; no dejarlos prodigar una vida inútil es trabajar por el bien general.

Corresponde al Estado asegurar todo lo que sirve para el bien de la raza. Nada tiene un valor tan absoluto que pueda servir de obstáculo para la realización de la misión que incumbe al pueblo privilegiado: verdad, justicia, derechos de las personas, deben ceder a este interés supremo.

Sabido es que todo esto no fueron meras paradojas de doctrinario en su despacho y que este nietzscheismo de pobre calidad, aplicado a una raza, trajo ruinosas consecuencias. Lo que hemos de subrayar aquí no es sólo la espantosa extensión de las matanzas que se llevaron a cabo en los campamentos de degradación, del hambre y de la muerte, sino que todo ello fue consecuencia de la metódica aplicación de un sistema.

En otras épocas, hordas de hombres desenfrenados destruyeron, violaron, mataron a su paso. Pero en nuestro tiempo hemos visto aplicarse fría, lógicamente, una doctrina de exterminio que se refería a un ideal humano y a una fe en la Humanidad, y es que las ideas sobre el hombre comprometen trágicamente el destino de los hombres.

III. Comunismo ateo

Otra fe humana, más duradera y más extensa, levantó –en su largo momento– grandes esperanzas. Es la obra de liberación del hombre que dijo haber emprendido el marxismo. Exalta éste la divinidad del esfuerzo humano; se anexiona el progreso científico; trata de incorporar a su racionalismo todo el esfuerzo intelectual; se adorna con la conquista de las fuerza naturales; denuncia justamente la miseria de los trabajadores y arrastra a la lucha que ha de acabar con ella; da, por fin, una visión total del mundo, un sentido de la Historia y un fin a la abnegación y apela así a tantos complejos y poderosos sentimientos, que se convierte en algo semejante al sustitutivo de una fe que promete salvación.

Pero como Dios está también aquí excluido, faltan los valores absolutos que salvan al hombre y aseguran la libertad y la dignidad de su vida personal: nada se considera ni verdadero ni justo, sino cuando puede servir a la causa común; no se admite ninguna verdad que no sea socialmente útil, y la “moral –dice uno de sus jefes– está subordinada para nosotros a los intereses de la lucha de clases del proletariado”; si es menester, los hombres son sacrificados al interés de clase; sacrificados en su independencia, sacrificados también en su espíritu, manejado y avasallado por los “ingenieros de almas”, según ha dicho con espantosa lógica, uno de los amos.

Detalle digno de observación: parece que nada había de ser más opuesto que esas doctrinas del racionalismo y del comunismo ateo, pero en una y en otra falta Dios, las mismas prácticas de avasallamiento, las mismas técnicas de envilecimiento son practicadas por esos hermanos enemigos, que son, sí, enemigos, pero que también son hermanos y en una y en otra la fe en el hombre con exclusión de Dios naufraga así en lo inhumano: “Cuando la insolencia humana rechaza obstinadamente a Dios, el último azote que puede sobrevenir al hombre es que se cumpla su voluntad; cuando el hombre está entregado al hombre, puede saberse lo que es la cólera de Dios” (Veuillot).

IV. Capitalismo brutal

Siglo XIX: el hombre multiplica los efectos prácticos de su ciencia. Las energías acumuladas en la tierra durante millones de años han sido despertadas, disciplinadas, orientadas y sometidas a su servicio. Ahora ya apenas nos asombramos de ellas. En el espacio de dos generaciones humanas la vida diaria se ha transformado. ¿Y qué será mañana? Cuando la bomba de Hiroshima descubrió trágicamente al mundo que el hombre había logrado emplear la energía atómica, uno de los más grandes físicos de ese tiempo dijo, sencillamente “Tal vez esto sea algo tan importante en la historia humana como el descubrimiento del fuego” (de Broglie).

El hombre puede estar orgulloso de su obra. A poco que le embriague la grandeza de su conquista, no cabe así extrañarse de verlo adoptar, a veces si expresa reflexión ni prejuicio doctrinal, unas actitudes que tienden a excluir todo pensamiento religioso porque implican una especie de sustitutivo de la fe; tiene confianza en su propio ser y se siente tentado a no confiar más que en sí mismo; y así, poco a poco, Dios se va esfumando, palidece, decae… se siente al servicio de un gran plan, y este ideal tiende a sustituir en él a toda otra creencia. Parece como si la tierra bastase, y por ello, escueta, clara, decididamente tiende a constituirse una religión de la técnica: surge una religión sin Dios.

El hombre es puesto al servicio de la producción más bien que la producción al servicio del hombre; a causa del liberalismo reinante, el maquinismo se desarrolló sin regla y sin freno, sin contrapeso. “Que no se pierda de vista que la ciencia industrial consiste en obtener de un ser la mayor cantidad posible de trabajo, remunerándolo al precio más bajo” (Molinari).

+El informe Villermé

Para juzgar hasta qué fondo de miseria descendió la multitud de los trabajadores manuales en Francia, existe un documento de segura calidad: “Cuadro de la situación física y moral de los obreros empleados en las manufacturas de algodón, de lana y de seda” (1840) por el Dr. Villermé. Daremos sólo algunos datos de este estudio recogido en 2 tomos.

- En Mulhouse, la jornada empezaba a las 5 am y terminaba a las 8 pm, a veces a las 9. Durante este tiempo se daba media hora para comer y una hora para cenar.

- En Lille se trabajaban 15 horas, de las cuales 13 eran de trabajo efectivo.

- En Sedan, 16 horas, 14 y hasta 15 de las cuales eran de trabajo efectivo, y a ellas solían añadirse otras horas suplementarias que los obreros no podían rehusar.

- La duración de la jornada era la misma para todos, hombres mujeres y niños, pues la fábrica tenía empleos para todos, y como el salario del cabeza de familia resultaba insuficiente, era menester que todos alquilasen sus brazos para vivir, por débiles que fueran.

- Como las mujeres y los niños eran considerados como máquinas de inferior rendimiento, no tenían derecho más que a una remuneración menor; se les pagaba pues, de 2 a 3 veces menos que a los hombres; todo esto producto de la implacable competencia capitalista.

- La mujeres trabajaban la mayoría del tiempo, mezcladas con los hombres, entrando con ellos y saliendo con ellos. Y los niños iban a la fábrica de su mano, arrastrando los pies, embrutecidos por la fatiga de la víspera, para reanudar allí, con los rostros hundidos, las miradas apagadas y los gestos tristes, su trabajo de 15 horas.

- Los niños permanecen cada día de pie 16 o 17 horas, 13 de las cuales, por lo menos, transcurren en una habitación cerrada y sin cambiar casi de lugar ni de actitud. Y aquellos niños tenían 7, 8 años. En Sainte-Marie-aux-Mines se hacían vaciar las vagonetas a los niños en cuanto habían cumplido la edad de 5 a 6 años… incluso hacían ese oficio a los 4 años y medio.

- Por la noche regresaban a sus casas, si es que la estrecha y malsana habitación con la que muchos habían de contentarse podía ser considerada una casa humana: cuevas a las que se bajaba por una escalera que solía ser su única puerta y ventana, y en donde en la oscuridad, entre mugre y humedad, se amontonaban todos los miembros de la familia que no tenían para vivir más que aquel único cuartucho y, a veces, una sola cama, cuando había una cama.

- Antes de volver inmediatamente allí el hombre prefería buscar en la taberna la ficticia alegría del alcohol y la excitación de una compañía bullanguera; el alcoholismo con el libertinaje precoz habría de ser así la tara de la clase obrera, efecto y causa a la vez de su miseria.

- Con semejante régimen una raza se envilece, se debilita, se pierde. Para encontrar cien hombres aptos para el servicio militar hacían falta 193/5 en las clases acomodadas y hasta 383 en las clases pobres.

- Para muestra dicen que sólo hace falta un botón: aquí hay varios botones. Y lo mismo pasaba en Inglaterra con la revolución industrial y en tantos países del planeta…

Como bien sabemos, esta feroz codicia por el dinero, este feroz capitalismo sin Dios, ha engendrado en nuestro días un materialismo profundo que impide a muchos atisbar siquiera un pensamiento de trascendencia, un hedonismo que busca el placer a toda costa, incluso de la salud y la vida (droga, sexo, SIDA, asesinatos como el aborto, etc.), un consumismo brutal incluso entre la gente pobre, que no tiene y… compra y compra. Pecados, toneladas de pecados. Nuestros malditos pecados.

CONTINUARÁ

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