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La situación actual: ¡Por nuestros malditos pecados! (11)

Amable lector: A continuación presentamos, a manera de artículo de opinión, una serie de reflexiones contenidas en el interesantísimo ensayo “Por nuestros malditos pecados”, del Padre Carlos Chávez Shelly. Toda una guía para la vida práctica. (Parte 11)


La influencia de los anticristianos


I. Ateísmo

<Si Dios no existiera –quien habla es Voltaire, el enemigo de las religiones– habría que inventarlo. Pero yo os digo que el primer deber de un hombre inteligente y libre es el de no dejar de expulsar la idea de Dios de su mente y de su conciencia. Pues Dios, si existe, es esencialmente hostil a nuestra naturaleza, y nosotros no dependemos para nada de su autoridad. Llegamos a la ciencia a pesar suyo; al bienestar, a pesar suyo; a la sociedad, a pesar suyo; cada uno de nuestros progresos es una victoria en la cual hemos aplastado a la Divinidad> (Proudhome).

No hay aquí sólo un ateísmo o negación de la existencia de Dios, sino una oposición a su existencia, una afirmación de que el hombre no puede alcanzar toda su talla sino bajo un cielo vacío de Dios, de que no piensa con soltura y con entera libertad, de que no se desarrolla y se ensancha, de que no se afirma y no puede creer en sí mismo, en su acción, en su dignidad, en su progreso, más que si rechaza esa pesada y estrecha autoridad que lo limita y lo aniquila; la fe en el hombre excluye la fe en Dios. El ateísmo debe dejar paso a lo que el mismo Proudhome denominó <antiteísmo>.

Y llegamos así al corazón de uno de los dramas de nuestro tiempo: si he citado a Proudhome ha sido porque no es un solitario. En Nietzsche nos encontramos con una repulsa de Dios, como condición de la exaltación del hombre: <Dios –dijo, en Así hablaba Zaratustra– es una creencia que quiebra todo lo recto, que derriba cuanto está en pie> y quiso erigir al hombre en toda su fuerza y en toda su voluntad de poder, por encima del bien y del mal, lejos de los esclavos, en el mundo de los amos.

También en Marx hallamos una negativa de Dios: <Odio a todos los dioses> escribió. La humanidad, según él, no creó a su Dios, arrancándolo de su propia sustancia, sino porque, desdichada y subyugada, buscaba una evasión; pero el hombre debe dejar de dilapidar lo mejor de su ser enajenándolo de Dios y recobrar así la libre conciencia de sí mismo al disipar la humareda de un <opio> que lo embrutece: <el hombre es el ser supremo para el hombre> y <la religión de los trabajadores carece de Dios, porque quiere restaurar la divinidad del hombre>.

Estas ideas no son sólo de ayer, pues bajo diversas formas se sigue intentando constituir un humanismo sin Dios, negador de Dios. <Habré hecho mucho si arranco a Dios del altar y pongo en su lugar al Hombre> (Gide). Otro piensa que <el hombre está llamado a bastarse… un impulso que es una especie de pasión hacia el hombre, que toma para sí mismo el puesto que antes daba a Dios> (Malraux), pero…

+ ¿Y sin Dios, en qué se convierte el hombre?

Si el hombre no es más que un ser como los demás, diferente sólo en su complejidad ¿De dónde provendrá el respeto del hombre hacia sí mismo y hacia los demás?: que nadie se extrañe, pues, si llega un día –y ha llegado– en que el hombre es tratado como un bruto del cual puede uno desembarazarse sin escrúpulos. Baumann lo había escrito ya con exactitud: <Si se suprime la hipótesis de un Dios dueño del mundo…, no logro comprender sobre qué realidad cabe la noción de un derecho que permita al individuo, nómada aislado, situarse frente a los demás seres que le rodean y decirles: “Hay en mi algo intangible que os intimo a respetar, porque su principio es independiente de vosotros”> (cit. Por H. De Lubac).

Cierta idea del hombre imbuida totalmente del cristianismo se impone todavía, pero a medida que la fe cristiana va declinando, esta idea palidece y vacila (aborto, eutanasia, etc.); cabe imaginar que no habrá de resistir mucho tiempo sin fundamento ni justificación. No puede esperarse recoger durante muchos días los frutos de un árbol cuyas raíces han sido cortadas. No se guarda ya respeto al hombre porque sea hombre, ni se respeta al débil y al miserable. Un escritor (Malraux) plantea sin doblez la cuestión: <¿Existe algún dato sobre el cual pueda basarse la noción de hombre?> Y hace que uno de sus personajes conteste: <¿Qué hacer de un alma si no existe Dios ni existe Cristo?> Y luego, recordando una frase célebre, escribe: <A fines del siglo XIX la voz de Nietzsche repitió la antigua frase oída en el Archipiélago: <¡Dios ha muerto!>, y volvió a darle todo su trágico acento. El problema que hoy se nos plantea es el de saber si en esta vieja Europa el hombre ha muerto o no>.

+ La teoría del superhombre

¿En qué ha venido a parar la fe en el hombre, tal y como la había enseñado Nietzsche, el fulgurante profeta? ¿Cómo han sido entendidos sus desprecios y sus exhortaciones? Había denunciado esa pretendida moral que no sería otra cosa que el ideal egoísta y temeroso de los débiles y de los cobardes, tras de la cual apenas se disimula el instinto de rebaño, enemigo de los poderosos y los libres; el instinto del desheredado, enemigo de los dichosos, y el instinto del mediocre, enemigo del hombre excepcional; había barrido con duro gesto a todo ese rebaño y había enseñado la altiva y magnífica ley de los fuertes, de los que <crecen hacia la altura>… de los que realizaban la superación del ser: el superhombre. Estas ideas fueron utilizadas por arribistas vulgares (Hitler, Musolini, Lenin, Stalin, Mao) que tomaron la aspereza de su egoísmo por un signo de particular grandeza, y que, vendiendo a bajo precio todos los escrúpulos, aplastando despreocupadamente a cuantos le servía de obstáculo, fueron hacia sus fines por todos los medios.

Veremos a continuación la gravedad y la inmensa cantidad de pecados, de ofensas al Creador, derivada de esta actitud atea, a partir tan sólo del siglo XIX y que se multiplican bien entrado ya el XXI.

CONTINUARÁ

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