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La situación actual: ¡Por nuestros malditos pecados! (10)

Amable lector: A continuación presentamos, a manera de artículo de opinión, una serie de reflexiones contenidas en el interesantísimo ensayo “Por nuestros malditos pecados”, del Padre Carlos Chávez Shelly. Toda una guía para la vida práctica. (Parte 10)


Dios si existe


6. AUSENCIA Y PRESENCIA DE DIOS (Ideas de Emil Blanchet, Rialp 1957)

En este capítulo intento mostrar los más grandes pecados en que ha caído la humanidad, de los cuales no estamos exentos cada uno, en cierta medida: ateísmo, racismo, comunismo y capitalismo. Introduciré el tema con algunas ideas de Blanchet que nos pueden situar correctamente.

+ Crisis de la idea religiosa

En muchos países de vieja cristiandad, la fe ha vacilado en muchas conciencias; y, aun cuando no deja de ser cierto que sigue manteniéndose en un difuso estado de sentimientos, actitudes y disposiciones, incluso en aquellos que no se avienen con una exacta práctica de sus preceptos, también lo es que dicha fe va debilitándose (p.14). Pero Dios es fiel y aun cuando de todo aquel pueblo (Israel) la salvación vendría de aquel mínimo residuo, y por él se conseguiría la salvación de mundo, y Dios seguiría siendo un Dios que siempre está a nuestro lado (p.28).

+ El hombre, fabricante de ídolos

Nosotros, como el Israel de antaño, vacilamos entre un verdadero Dios, al cual hay que servir, y unos ídolos que nos atraen. En el hombre, tenga o no conciencia de ello, hay una sorda exigencia que va más lejos que sus realizaciones, una necesidad de absoluto que hace que nada de cuanto podemos alcanzar nos satisfaga por mucho tiempo; que todo, un día u otro, nos decepcione o nos fastidie; nuestra alma es más grande que nosotros, busca siempre algo más, más allá de lo que nosotros alcanzamos… le es preciso un dios. El hombre es siempre un fabricante de ídolos; toda pasión, por alta o baja que sea, puede llegar a ser idolatría. El ídolo puede ser mediocre o enfermizo, pero nuestro deseo nos ciega y lo reviste a nuestros ojos del resplandor que nos seduce. El ídolo puede ser una idea, producto de nuestro espíritu y adorada por éste; puede ser el poder, el sexo, el dinero. Puede ser una criatura de carne (p.30).

+ El Dios desconocido

Hay un nivel de llana mediocridad que es menester abandonar. Si nos mantenemos obstinadamente en la que cada uno de nosotros somos; si nos apegamos a lo que tenemos, corremos el riesgo de ignorar la presencia de Dios, de oponernos a Él, de expulsarlo, de querer su muerte. Y entonces, el Hijo de Dios, rechazado por los suyos, muere en el Calvario (p.34).

+ Presencia y ausencia de Dios en la Iglesia

“Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo” (Mt 28,18-20)… hay textos de presencia, los hay también de ausencia: se nos anuncia una especie de abandono que entrega la Iglesia a todos los asaltos, a todos los peligros: “Os envío como ovejas en medio de lobos…” pero en medio de esa persecución desencadenada, se nos vuelve a expresar la promesa de una presencia de Dios: “Cuando os entreguen no os preocupe… el Espíritu de vuestro Padre hablará en vosotros”. Pero inmediatamente se agrega: “El hermano entregará al hermano, el padre al hijo y les darán muerte… seréis aborrecidos de todos por mi nombre”. Viene luego esa frase que asegura magníficamente la fe y la esperanza: “El que persevere hasta el fin, ése será salvo” (Mt 10, 16-22). Asombra así la lealtad y el realismo del Evangelio, que nada esconde de sus altas exigencias, ni de la batalla que ha de librarse en el corazón de los hombres, en el corazón de las sociedades y que conserva una serena fortaleza. “Confiad; yo he vencido al mundo” (Jn, 16,33) (p.36).

En el transcurso de los tiempos, la Iglesia ha conocido amenazas muy tristes: las que tienden a corromperla en su interior por el desfallecimiento de los hombres; los errores del espíritu han solicitado en todos los sentidos la revelación de Dios, la han deformado, empobrecido, disgregado, disuelto, disipado. El extravío de sus vidas, la ambición, la inmoralidad han infectado el cuerpo de la Iglesia y en ciertas horas muchos han podido preguntarse delante de tan ignominiosa decadencia como antaño los enemigos de Israel: “¿Dónde está tu Dios?” (Sal.21, 2). Sin embargo, Dios estaba allí. Los santos de todas las épocas atestiguaban poderosamente que el manantial de la gracia no se había agotado, y en los humildes cristianos modestamente fieles a Jesucristo en el cumplimiento de su tarea cotidiana. A través de los siglos de sangre, a través de los altercados con los políticos, a través de las disputas de los pensamientos contrarios, a través de los descarríos de las costumbres, a través de las tentativas de opresión de los Estados, el frágil Evangelio se había abierto su camino. Velado, muchas veces maltratado, herido, envilecido, desfigurado. Dios seguía estando presente en el mundo para salvarlo (p. 44).

+ El pensamiento racionalista

Desde hace algunos siglos ha venido esbozándose un movimiento hasta imponerse hoy vigorosamente. Tiende a quebrantar, para negarlo luego, todo el cristianismo. Aparece en la época de Renacimiento, domina en el s. XIX y encontrárnoslo hoy adueñado de una importante parte de la opinión:

“La exclusiva confianza puesta en la razón humana, el rechazo de las religiones positivas, consideradas como superstición, la negación del milagro, tenido por imposible; la crítica de la Biblia, estudiada como un libro ordinario, del cual hay que eliminar “a priori” todo lo sobrenatural; el reconocimiento de una sola religión natural, en tanto se llega a la negativa de toda religión; la fe en el hombre, la ciencia, en el progreso; la presentación de la sociedad como único ideal y de la utilidad social como regla principal o única conducta.

En resumen, la consideración del hombre como única medida de todas las cosas: <la crisis de la conciencia europea> (Paul Hazard)”.

¿Se trata de una crisis mortal o tan sólo de una crisis de crecimiento?

¿Se trata de un retorno a los ídolos, no ya a los ídolos fabricados por la mano del hombre, sino a esos productos de su espíritu que desvían en provecho propio un culto que no les es debido y que acaba por desembocar en la angustia, en el vértigo, en la depresión y en la desesperación del hombre? Porque equivocarse sobre Dios –pecado– es grave, y quien paga el error es siempre el hombre.

Ha pasado el tiempo: nuestra ciencia y nuestra acción han adquirido un desarrollo que ensancha nuestros conocimientos y renueva la faz del mundo. Y sin embargo una sombría inquietud pesa de nuevo sobre nuestra Humanidad: la afirmación de una libertad que quiere inventar su ley en un mundo carente de sentido, la voluntad de usar, sin someterse a nada, sin servir tampoco a nada, de unos alimentos que son sólo terrestres, pero que engañan el hambre sin saciarla, todo eso suena como a nada: triunfos asombrosos y un íntimo fracaso, que recuerdan el juicio de Pascal “la miseria del hombre sin Dios” (p.52).

+ El problema que no puede eludirse

No lo hay más grave: ¿Debe nuestro tiempo, con todo lo que constituye su grandes, sus conquistas y sus esperanzas, rechazar la fe cristiana en razón de lo que constituye su orgullo y optar por la ausencia de Dios? ¿O debe volver otra vez al Dios que salva, al Dios que justifica la esperanza y el amor, al Dios que como dice el Evangelio es <Luz y Vida>? (Jn 1, 4)”.

Somos de un siglo al que obsesiona el problema de Dios, que lo plantea con pasión, que vuelve al él sin cesar. Incluso para decir, para repetir, con demasiada fuerza y demasiado a menudo que el problema ni siquiera se plantea. Pero es que el problema de Dios no es un problema como los demás, de los que sólo afectan a una zona de curiosidad intelectual, sino que conmueve en la conciencia unos sentimientos que ella misma no se conocía, una violenta oposición o una profunda inquietud que asombra. (p. 54).

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