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La situación actual: ¡Por nuestros malditos pecados! (7)

Amable lector: A continuación presentamos, a manera de artículo de opinión, una serie de reflexiones contenidas en el interesantísimo ensayo “Por nuestros malditos pecados”, del Padre Carlos Chávez Shelly. Toda una guía para la vida práctica. (Parte 7)


El perdón de Dios Padre


5, c) Esclavitud del pecador

“Todo hombre, judío o griego, rico o pobre, honrado o vilipendiado, emperador o mendigo, cualquiera que comete pecado es esclavo del pecado” (Jn 8, 34 y Serm, 134,3).

“Esclavo es, pues, y ¡ojalá fuese esclavo de un hombre y no del pecado! ¿Quién no tiembla ante estas palabras? El Señor nos asista a ti y a mí con su santa gracia, a fin de que yo hable con provecho de la huida de esta detestable esclavitud” (In Io, 41,2).

“¡Oh miserable esclavitud del pecado!: el que es esclavo de un hombre, si se cansa de sufrirle, puede verse libre de su esclavitud huyendo de su señor: pero el esclavo del pecado ¿a dónde podrá huir?, porque el pecado que ha cometido lo lleva dentro. Cometió el pecado por gozar de un pequeño deleite corporal, pasó aquel pequeño gusto, y el pecado permanece; pasó lo que deleitaba, y queda lo que atormenta. ¡Oh qué pésima esclavitud! (In Io. 41,4).

HABLA EL ALMA:

“Como el médico detesta la enfermedad del enfermo y procura con sus cuidados expulsar el mal para curar al enfermo, así tú, Señor y Dios mío, procuras destruir en mí el pecado para que goce de la VERDADERA LIBERTAD; pues la verdadera libertad consiste en estar exento de culpa.

Pero la carne tiene deseos contrarios a los de mi espíritu y el espíritu los tiene contrarios a los de la carne, de modo que muchas veces soy arrastrado a lo que no quiero (Gal 5, 17). Gozo de libertad a medias y sufro a medias esclavitud. No es, pues, una libertad total, pura y perfecta, porque no tengo aún la eternidad.

Tengo parte de debilidad y parte de libertad. En medio de esta debilidad, soy libre cuando te sirvo a ti, y continúo siendo esclavo en cuanto sirvo a la ley del pecado” (In Io. 41,9-12).

¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Sólo tu gracia por los mérito de Jesucristo tu Hijo y Señor nuestro (Rom. 7, 24-25).

5, d) Se ha de llorar más la muerte del alma que la del cuerpo

“Como el cuerpo muere cuando le falta el alma, así el alma muere cuando pierde a Dios. Más hay una diferencia: la muerte del cuerpo sucede necesariamente, pero la del alma es voluntaria” (Serm. 62,2).

“El que llora a un muerto junto a las ventanas de su antigua morada, gime en vano, puesto que no hay habitante dentro que le pueda escuchar (…).

Fíjate ahora en un hombre con salud, pero impío, disoluto, sin fe, incorregible y empedernido en sus vicios: vive en cuanto al cuerpo, pero tiene muerta el alma, que da la vida al cuerpo.

El alma es cosa tan excelente que, aunque muerta, sostiene la vida del cuerpo. Sí, el alma es una cosa maravillosa que, aunque muerta, puede animar la carne.

¿Lloras por un difunto? Con mayor razón debes derramar lágrimas por el pecador.

Por tanto, ¿qué misericordia cristiana es la tuya que lloras por un cuerpo del que se ausentó el alma, mientras permaneces insensible ante un alma de la cual se ha apartado Dios?” (Serm. 63,5-7).

Teme, pues, la muerte de tu alma y no te dé cuidado la muerte del cuerpo; pues, temiendo la muerte del alma y viviendo en la amistad de Dios y sin ofenderle, merecerás como premio final la unión con el cuerpo, no para castigo eterno, como los impíos, sino para gozar de la vida eterna con Él, como los justos” (Serm. 65,8).

5, e) La costumbre de pecar disminuye el horror al pecado

“Es tanta la fuerza de la costumbre, que, cuando ésta es inveterada, constituye tu mayor enemigo” (De Mus. 5,5).

“Una cosa es pecar y otra hacerlo por costumbre. Si uno ha cometido algún pecado y se ha enmendado inmediatamente, pronto revive; porque, aunque muerto, no está sepultado, no está atenazado por la costumbre.

Pero si ha caído en la mala costumbre, ya le considero enterrado, y con razón puedo decir que despide mal olor, porque empieza a tener mala fama, que es como un olor pestilencial” (In Io. 49,3).

Por grandes y vergonzosos que sean los pecados cuando se hacen costumbre, se consideran como pequeñeces, hasta tal punto que se considera como inútil el ocultarlos, y se llega hasta publicarlos con vanagloria” (Enchir. 80).

“Lo mismo te ocurrirá a ti si caes en el hábito de pecar; la costumbre de obrar el mal no te deja apreciar ya la maldad de tus actos, de modo que hasta intentas defender tus inicuas acciones” (Serm. 98,5).

“No quites, pues, importancia a los pecados que quizá cometes ya por costumbre: tu conciencia se ha endurecido y tu alma ha dejado de sentir el dolor del pecado.

No se siente el dolor en un miembro corrompido, pero no por eso se puede decir que esté sano; antes al contrario se le debe considerar muerto” (Serm. 17,3).

“Enmiéndate: la mala costumbre se vence con la buena; no sigas la corriente de sus malos hábitos ni pretendas aplacar tus pasiones siendo indulgente con ellas, sino destrúyelas, oponiéndoles enérgica resistencia. Sin embargo, mientras existe, considérala como enemigo; si no la secundas, irá debilitándose de día en día. Ten presente que su fuerza no es otra que tu debilidad, y si condesciendes, le proporcionas nuevas fuerzas” (Serm. 151,4).

“Por el contrario, cuando se resiste la mala costumbre, su poder disminuye; reprimida, se debilita; debilitada, muere; y a la mala costumbre le sigue la buena.

Hablo por experiencia; véncete hoy, y mañana te será más fácil la victoria. Si trabajas por vencerte mañana también, apenas encontrarás apoyo en el esfuerzo del día anterior” (Ser. 180, 10-13).

“Corrígete ahora, hijo mío; enmiéndate ahora. ¿Quién te lo impide? Te espera el Señor pacientemente; le ofendes y te perdona; vuelves a pecar, y vuelve a perdonarte. Y todavía sigues pecando. ¿Hasta cuándo tendrá Dios paciencia?  Reflexiona seriamente sobre esto, porque Dios también es justo” (In Ps. 63,19).

CONTINUARÁ

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