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La situación actual: ¡Por nuestros malditos pecados! (6)

Amable lector: A continuación presentamos, a manera de artículo de opinión, una serie de reflexiones contenidas en el interesantísimo ensayo “Por nuestros malditos pecados”, del Padre Carlos Chávez Shelly. Toda una guía para la vida práctica. (Parte 6)


Los pecados capitales


Los siguientes capítulos –de la doctrina de San Agustín sobre el pecado y la penitencia– los he tomado del Kempis agustiniano, BAC 1994.

5, a) El pecado

“Pecado es un decir, hacer o desear algo contra la ley eterna (la ordenación divina o voluntad de Dios, que manda observar el orden natural y prohíbe quebrantarlo)” (Cont. Faust. 142,18).

“Es, pues, todo pecado, por parte del hombre, un desorden y una perversidad; un apartarse de su supremo Hacedor y un volverse a las criaturas inferiores” (De div. Quaest. 2).

“Faltas, por tanto, no porque uses cosas malas, sino más bien porque usas mal de ellas; es decir, no porque las cosas sean de suyo malas, sino por cuanto, usando mal de ellas, perviertes el orden establecido en la naturaleza, abandonando el bien supremo por gozar de los bienes inferiores.

La lujuria, por ejemplo, no es un vicio que existe en los cuerpos hermosos y deleitables, sino que reside en el alma que ama perversamente los goces corporales, sin tener presente lo que exige la templanza, que nos hace desear los bienes espirituales hermosos e incorruptiblemente más deleitables.

Así, pues, el que de este modo ama el bien de cualquier criatura, aunque lo consiga, se hace malo con el mismo bien, y miserable por quedar privado de mejores bienes” (De Civ. Dei 12,8).

HABLA CRISTO:

Hijo, odio tus cosas, pero a ti te amo; odio lo que tú has hecho, y amo lo que hice yo. ¿Qué eres tú, sino lo que yo he hecho, criatura a mi imagen y semejanza? No atiendes a lo que has sido hecho, y amas aquello que has hecho tú; amas las cosas que están fuera de ti, y desprecias mis obras, que llevas dentro de ti mismo; no es extraño que resbales y caigas, y hasta que inclusive te alejes de ti mismo.

Escucha mi invitación: Vuélvete a Mí y Yo me volveré a ti (Zac. 1,3): mi vuelta a ti es efecto de tu vuelta a Mí. Yo libro al que a Mí se convierte y castigo al que se aparta de Mí; yo soy juez para el que huye de Mí y padre para el que vuelve (In Io. 48,1).

RESPONDE EL ALMA:

Abundantísima es, Señor, tu misericordia y grande tu benevolencia, hasta el extremo de redimirnos con tu sangre, no obstante que éramos nada por nuestros pecados.

Pero, como nosotros hemos querido ser nada por el pecado, y hemos heredado de nuestros primeros padres el germen de muerte, y nos hemos convertido en masa condenada, en masa de ira, hubiste de redimirnos con infinita misericordia, entregando por nosotros a tu Hijo, inocente en su nacimiento, inocente en su vida e inocente en su muerte.

No nos compraste para perdernos, sino para vivificarnos.

¡En verdad que te hemos costado mucho!” (Serm. 22.9).

5, b) El pecado, ceguera del alma

“El primer tormento con que Dios castiga al alma que de él se aparta es la ceguera, principio de las eternas penas. Pues el que se aparta de Dios, que es la luz verdadera, se vuelve ciego. Todavía no siente la pena, pero ya la lleva consigo” (Serm. 117,5).

“No pienses que la luz está ausente, porque tú no la puedes ver; pues de la misma manera que un hombre ciego, que está al sol, el sol está presente en él, aunque debido a su ceguera, él está alejado del sol, así también tú, cuando pecas, eres ciego de corazón.

¿Qué debes hacer? Purificarte para que puedas ver a Dios” (In Io. 19).

“Supongamos que hayas faltado a la justicia, apropiándote de lo ajeno; ¿crees que has hecho un gran negocio? Aumentaste tu fortuna, es verdad; pero a medida que iban aumentando tus caudales, disminuía tu amistad con Dios. ¿Qué perdiste y qué has adquirido? Lo que adquiriste se llama oro, y lo que has perdido, amistad con Dios.

Pero fíjate en el arca de tu corazón: había en ella amistad con Dios, y ya no la hay. Pues bien, si te alegras de lo anterior, ¿por qué no lloras por esta pérdida? Convéncete de que son mucho mayores tus pérdidas que tus ganancias. Tú no te das cuenta de ello. ¡Tan ciego te tiene tu ambición!“ (In Ps. 123. 9-10).

“¡Hijo querido! No seas tinieblas, no seas infiel, injusto, inicuo, rapaz, avaro, lujurioso, ni amador del mundo; que esto es ser tinieblas. La luz no está ausente, eres tú el que has apartado de la luz. No, no seas tinieblas” (In, Io. 3,5).

HABLA EL ALMA:

“Da luz a mi lámpara, Dios y Señor mío; ilumina mis tinieblas.

Antes de amarte yo era realmente tinieblas, porque no sólo no confesaba entonces mis pecados, sino que también los defendía, oscureciendo aún más mis tinieblas.

Me encontraba, sí, en tinieblas, pero, confesándolas, han sido iluminadas.

No quiero aumentar más mis tinieblas defendiendo mis malos actos; y espero que mi noche resplandecerá con luz deliciosa, porque tú olvidarás mis tinieblas” (In Ps. 138,15).

CONTINUARÁ

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