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La situación actual: ¡Por nuestros malditos pecados! (5)

Amable lector: A continuación presentamos, a manera de artículo de opinión, una serie de reflexiones contenidas en el interesantísimo ensayo “Por nuestros malditos pecados”, del Padre Carlos Chávez Shelly. Toda una guía para la vida práctica. (Parte 5)


Limpieza del alma


3. PECADO MORTAL Y PECADO VENIAL

Ha llegado el momento, para seguir adelante, de distinguir claramente algunos tipos de pecados. La más popular y conocida es la distinción entre pecado mortal (su nombre lo dice: causa la muerte del alma) y venial (el que se opone levemente a la ley o precepto, y por eso es de fácil remisión).

Pero vayamos una vez más al Compendio:

“Se comete pecado mortal cuando se dan, al mismo tiempo, materia grave, plena advertencia y deliberado consentimiento. Este pecado destruye en nosotros la caridad, nos priva de la gracia santificante y, a menos que nos arrepintamos, nos conduce a la muerte eterna del infierno. Se perdona, por vía ordinaria, mediante los sacramentos del Bautismo y de la penitencia o reconciliación” (n. 395).

Señalaría como conceptos claves: “al mismo tiempo”, “destruye” y “muerte eterna”.

“El pecado venial, que se diferencia esencialmente del pecado mortal, se comete cuando la materia es leve; o bien, cuando siendo grave la materia, no se da plena advertencia o perfecto consentimiento. Este pecado no rompe la alianza con Dios. Sin embargo, debilita la caridad, entraña un afecto desordenado a los bienes creados, e impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y en la práctica del bien moral y merece penas temporales de purificación” (n. 396).

Conceptos claves: “leve”, “no rompe”, “debilita” e “impide el progreso del alma”.

El eminente teólogo Antonio Royo Marín dice con sencillez que: “El que comete un pecado mortal es como el viajero que, caminando hacia un punto determinado, se pone de pronto completamente a espaldas de él y comienza a caminar en sentido contrario. El que comete un pecado venial, en cambio, se limita a hacer un rodeo o desviación del recto camino, pero sin perder la orientación fundamental hacia el punto adonde se encamina” (Teología Moral, p.198).

Y otro teólogo, Francisco Fernández Carvajal, en su “Tibieza”, p.113, nos da una serie de pecados veniales, con los que frecuentemente podemos identificarnos, diciéndonos que son casi infinitas las omisiones y ofensas a Dios a las que no damos importancia:

+ faltas de rectitud de intención y de caridad, de pereza, impaciencia, envidia. rencor;

+ juicios negativos sobre los demás;

+ indiferencia ante el dolor ajeno;

+ apegamiento no recto a cosas o personas;

+ demasiadas distracciones en la oración o cuando estamos en la Iglesia;

+ caprichos: cambios extemporáneos de humor;

+ faltas de gratitud con quien nos sirve;

+ tentaciones de sensualidad que, aunque sin consentir, son blandamente rechazadas;

+ blandenguería y falta de fortaleza con quienes debemos formar o ayudar;

+ rigidez en el trato, falta de cordialidad y alegría en el trabajo o en familia;

+ vanidad en todas sus formas;

+ falta de visión sobrenatural en el enjuiciar las cosas y los acontecimientos.

4. EL PECADOR SAN AGUSTIN

A continuación transcribiré trozos de los escritos de San Agustín sobre el pecado. Lo mejor que he leído sobre este asunto. Por tanto, es conveniente saber quién fue este hombre.

Agustín nació en Tagaste (África del norte, bajo dominación romana) el 13-XI-354. Su familia no era rica aunque sí eminentemente respetable, y su padre, Patricio, todavía era pagano; sin embargo, las admirables virtudes que hicieron de Mónica el ideal de madre cristiana consiguieron, a la larga, que su esposo recibiera la gracia del bautismo y una muerte santa, alrededor del año 371.

Agustín recibió una educación cristiana. Fue inscrito entre los catecúmenos (los que se preparan para bautizarse). Una vez, estando muy enfermo, pidió el bautismo pero pronto pasó todo peligro y difirió recibir el sacramento.

Pero una enorme crisis moral e intelectual sofocó todos estos sentimientos cristianos durante cierto tiempo. Patricio, orgulloso del éxito de su hijo en las escuelas de Tagaste y Madaura, decidió enviarlo a Cartago a prepararse para una carrera forense; mas, desgraciadamente, se necesitaban varios meses para reunir los medios precisos y Agustín tuvo que pasar en Tagaste el decimosexto año de su vida disfrutando de un ocio que resultó ser fatal para su virtud, pues se entregó al placer con toda la vehemencia de una naturaleza ardiente. Al principio rezaba, pero sin el sincero deseo de ser escuchado.

Cuando llegó a Cartago a finales del año 370, todas las circunstancias tendían a apartarlo de su verdadero camino: las muchas seducciones de la gran ciudad, aún medio pagana, el libertinaje de otros estudiantes, los teatros, la embriaguez de su éxito literario y el orgulloso deseo de ser el primero en todo, incluso en el mal, se apoderaron de él.

Al poco tiempo se vio obligado a confesar a Mónica que se había metido en una relación pecaminosa con la persona que dio a luz a su hijo Adeodato (372): vivía en concubinato. Desde los 19 años tuvo un sincero deseo de romper con sus costumbres. Desgraciadamente, tanto su fe como su moralidad iban a atravesar una crisis terrible. En el año 373 cayó en las redes de los maniqueos, que profesan un dualismo tosco y material; que afirmaban haber descubierto contradicciones en la Sagrada Escritura.

Agustín se sentía atormentado por el problema del origen del mal y, al no resolverlo, reconoció dos principio opuestos (Dios del bien y Dios del mal). Por añadidura, existía el poderoso encanto de la irresponsabilidad moral en una doctrina que negaba el libre albedrío y atribuía la comisión del delito a un principio ajeno.

Una vez conquistado por esta secta, Agustín se dedicó a ella con toda la fuerza de su ser. Mónica deploraba profundamente la herejía de Agustín: oraba y lloraba. Así, poco a poco empezó a repudiar el maniqueísmo; él mismo explica el porqué de su desencanto. En primer lugar estaba la espantosa depravación de la filosofía maniquea: “destruyen todo y no construyen nada”; después esa terrible inmoralidad que contrasta con su afectación de la virtud; la flojedad de sus argumentos en controversia con los católicos, a cuyos argumentos sobre las Escrituras la única respuesta que daban era: “Las Escrituras han sido falsificadas”. Se había roto el hechizo y, aunque Agustín no abandonó la secta inmediatamente, su mente ya rechazó las doctrinas maniqueas. La ilusión había durado 9 años.

Pero la crisis religiosa de esta gran alma solamente se resolvería en Italia, bajo la influencia de San Ambrosio. En el año 383, a la edad de 29 años. Agustín cedió a la irresistible atracción que Italia ejercía sobre él.

Milán. Cuando visitó al obispo Ambrosio se sintió tan cautivado por la amabilidad del santo, que comenzó a asistir con regularidad a sus discursos. Sin embargo, antes de abrazar la Fe, Agustín sufrió una lucha de 3 años. Primero se inclinó a la filosofía de los académicos con su escepticismo pesimista; después la filosofía neoplatónica le generó un genuino entusiasmo. Platón y Plotino le despertaron la esperanza de encontrar la verdad. Soñó que acatando el celibato como regla la alcanzaría. Pero era solamente un sueño. Todavía era esclavo de sus pasiones.

Mónica, que se había reunido con su hijo en Milán, insistió en que se desposara, pero la prometida en matrimonio era demasiado joven y, si bien Agustín se desligó de la madre de Adeodato, enseguida otra ocupó su puesto. Así fue como atravesó el último período de lucha y angustia.

Finalmente la lectura de las Sagradas Escrituras le iluminaron la mente y pronto le invadió la certeza de que Jesucristo es el único camino de la verdad y de la salvación. Simpliciano, futuro sucesor de San Ambrosio, abrió el camino para el golpe de gracia definitivo que a la edad de 33 años le derribó en el suelo en el jardín, en Milán. Se marchó a Casisiaco con Mónica, Adeodato y sus amigos.

Gradualmente, Agustín se fue familiarizando con la doctrina cristiana. La soledad en Casisiaco hizo realidad un anhelo soñado desde hacía mucho tiempo. Agustín recibió el Bautismo en Pascua, en 387. San Ambrosio lo bautizó. Agustín permaneció en Roma varios meses, principalmente refutando el maniqueísmo. En agosto de 388 navegó a África: su idea de una vida perfecta comenzó por vender todos sus bienes, y regalar a los pobres el producto de esta venta.

Agustín no pensó en entrar en el sacerdocio y, por temor al episcopado, incluso huyó. Un día en Hipona, donde lo había llamado un amigo cuya salvación del alma estaba en peligro, estaba rezando en una iglesia, cuando de repente la gente se agrupó a su alrededor aclamándole y rogando al obispo Valerio que lo elevara al sacerdocio. A pesar de sus lágrimas, Agustín se vio obligado a ceder a las súplicas y fue ordenado en 391. Sus 5 años de ministerio sacerdotal fueron enormemente fructíferos: Agustín combatió la herejía, especialmente el maniqueísmo, y tuvo un éxito prodigioso.

Valerio, obispo de Hipona, debilitado por la vejez, obtuvo la autorización para asociar a Agustín con él, como coadjutor. Tenía entonces 42 años y ocuparía la sede de Hipona durante 34. Partió de esta tierra de exilio el 28-VIII-430, el septuagésimo octavo año de su vida. (Eugène de Portalié, The Catholic Encyclpedia, Vol. I)

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