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La situación actual: ¡Por nuestros malditos pecados! (3)

Amable lector: A continuación presentamos, a manera de artículo de opinión, una serie de reflexiones contenidas en el interesantísimo ensayo “Por nuestros malditos pecados”, del Padre Carlos Chávez Shelly. Toda una guía para la vida práctica.


Reflexiones sobre nuestras acciones


Ya en el año 2000, en otra entrevista con Seewald (“Dios y el Mundo”) el Cardenal Ratzinger se había expresado muy claramente sobre este tema, ante la siguiente provocativa pregunta:

“Los críticos de la fe hablan del balance global devastador del cristianismo para la civilización; consideran que la idea del pecado original y otras semejantes ponen de manifiesto los <defectos congénitos de una religión universal envejecida>. Consideran dichas ideas meras invenciones que además resultan despreciativas para el ser humano, pues nos inoculan el sentimiento de estar <corrompidos>. Y la filosofía moderna de la vida afirma: <Tú lo consigues todo sólo con quererlo; no te preocupes, vive>. La doctrina fundamental cristiana de la desgracia del pecado y la penitencia parece bastante debilitada. Casi nadie la echa de menos. ¿Qué me dice?” (p. 87).

La respuesta del Cardenal me parece fantástica:

“Es lo mismo que decía Nietzsche, que el cristianismo es una religión del resentimiento, de los desfavorecidos, de los que se vengan declarando la grandeza del ser insignificante y trastocan las jerarquías enalteciendo, no a los fuertes, sino a los que sufren. En este sentido, es la filosofía de los esclavos que se vengan lastrando al ser humano con el pecado.

“La idea de que el cristianismo te convierte en siervo y que la Iglesia nos mantiene en su poder convenciéndonos del pecado y presentándose luego como instancia de perdón está muy extendida. Es cierto que cuando Dios desaparece del campo de visión del ser humano, lógicamente también el pecado pierde su sentido. Porque si Dios no me interesa, si Él no se interesa por mí, tampoco puede existir una relación perturbada con Él, porque no existe ninguna en absoluto. Con ello, el pecado parece en principio eliminado. Y en un primer momento cabría pensar que la vida volverá a ser muy divertida y fácil, adoptando, valga la expresión, dimensiones de opereta.

“Sin embargo, muy pronto se pone de manifiesto que el instante de opereta de la existencia dura muy poco. Aunque el individuo ya no desee saber nada más del pecado y se haya librado aparentemente de esta plaga en su conciencia, se da cuenta de que la culpa existe. En última instancia, no puede discutir que entre tú y yo hay cuentas desequilibradas y que haya que saldar las deudas. Ahora también entran en el campo de visión las culpas colectivas.

“Examinemos el panorama actual. Aunque el pecado contra Dios ha sido ampliamente eliminado de la conciencia, podemos enumerar con mayor énfasis las culpas de la historia –el pueblo alemán digiere con esfuerzo su cuenta deudora y sufre por ello–, de manera que solucionar el problema no es tan fácil. Negar a Dios y el deseo de Dios puede eliminar el concepto de pecado, pero no la problemática del ser subyacente.” (pp. 87 y 88).

Cabe introducir aquí un pequeño párrafo con unas ideas acerca del pecado del Cardenal Bergoglio (El Jesuita, cap. 9): “Para mí, el pecado no es una mancha que tengo que limpiar. Lo que debo hacer es pedir perdón y reconciliarme, no ir a la tintorería del japonés a la vuelta de mi casa. En todo caso, debo ir a encontrarme con Jesús que dio su vida por mí. Es una concepción bien distinta del pecado. Dicho de otra manera: el pecado asumido rectamente es el lugar privilegiado de encuentro personal con Jesucristo Salvador, del redescubrimiento del profundo sentido que Él tiene para mí. En fin, es la posibilidad de vivir el estupor de haberme salvado”.

Hemos visto hasta ahora las ideas de Ratzinger acerca del pecado en general: cómo se ha llegado al relativismo e incluso a la negación de su existencia. Veamos ahora su pensamiento acerca del pecado original en particular; en el mismo “Dios y el Mundo”, Seewald pregunta:

“Por un lado están los mandamientos de Dios, por otro nuestra naturaleza humana. Ambas cosas proceden de la creación. Y sin embargo, cualquiera puede comprobar que, a menudo, encajan con enorme dificultad. Los malos pensamientos y las malas acciones son evidentemente humanos. En cualquier caso, esta paradoja nos conduce otra vez a una situación que nos desborda” (p. 43).

Ratzinger responde:

“La fe cristiana está convencida de que hay una perturbación en la Creación. La existencia humana no es como salió realmente de las manos del Creador. Está lastrada con un factor diferente que, además de la tendencia creada hacia Dios, también dicta otra, la del apartarse de Dios. En este sentido, el ser humano se siente desgarrado entre la adaptación original de la Creación y su legado histórico.

“Esta posibilidad, ya existente en la esencia de lo finito, de lo creado, se ha conformado en el curso de la historia. Por una parte, el ser humano ha sido creado para el amor. Está aquí para perderse en sí mismo, para darse. Pero también le es propio negarse, querer ser solamente él mismo. Esta tendencia se acrecienta hasta el punto de que por un lado puede amar a Dios, pero también enfadarse con Él y decir <en realidad me gustaría ser independiente, ser únicamente yo mismo>.

“Si nos examinamos con atención, también observaremos esta paradoja, esta tensión interna de nuestra existencia. Por una parte, consideramos correcto lo que dicen los Diez Mandamientos. Es algo a lo que aspiramos y que nos gusta. Concretamente, ser buenos con los demás, ser agradecidos, respetar la propiedad ajena, encontrar el gran amor en la relación entre los sexos que después conllevará una responsabilidad mutua que durará toda la vida, es decir, la verdad, no mentir. En cierto modo, ésta es una tendencia que no está solamente dirigida contra nosotros, ni es únicamente un yugo sobre nuestros hombros.” (pp. 43-44).

Seewald insiste y el Cardenal añade:

“Pero, por otra parte, sentimos el hormigueo de sustraernos a ello”, dijo Ovidio, el poeta latino, <y sin embargo después hago lo contrario>. Y San Pablo también afirmó en el capítulo 7 de la Epístola a los Romanos: <no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco>. A partir de eso, asciende finalmente en San Pablo este grito: <¡¿Quién me redimirá de esta contradicción interna?!>. Y, en este punto, San Pablo comprende realmente a Cristo, y a partir de ese instante, llevó la respuesta redentora de Cristo al mundo pagano”. (p. 44)

Un poco más adelante Seewald vuelve a retomar el tema:

“Ya hemos hablado de una cierta alteración de la creación. La teoría del pecado original que fue elaborada por san Agustín subyace a esta suposición. Debido a su dureza, fue muy discutida y lo sigue siendo incluso en el seno de la Iglesia. La historia dice que, debido al pecado de Adán, que se apartó de Dios y comió del árbol del Bien y del Mal tentado por Eva, la muerte y el pecado irrumpieron en el mundo. El Génesis afirma incluso que, de repente, los seres humanos tuvieron miedo de Dios. ¿Puede considerarse tajantemente el pecado original la característica esencial de la persona?”

Ratzinger responde:

“Tajantemente no, pero sí se trata de una realidad cuyo presente podemos percibir. Un amigo mío, ya fallecido, una persona muy crítica, me comentó en cierta ocasión: <Bueno, con tantos dogmas tengo dificultades. Pero hay algo que desde luego no necesito creer, porque lo vivo todos los días: el pecado original>.

“En nuestras reflexiones sobre el ser humano aparecerá siempre una línea de fractura, una cierta perturbación en la persona, que no es la que podría ser. Esta perturbación se nos manifiesta en el Génesis como la fecha de comienzo de la historia, por así decirlo. En el Antiguo Testamento todavía no se dedujo de ello la teoría del pecado original, pero a partir de ahí sí que fue tomando cuerpo con claridad creciente la idea de que las personas siempre tienden al mal. Y el Dios bíblico mismo dice antes y después del diluvio: <ya veo, son carne, son débiles, tienden al mal>.

“La teoría del pecado original fue elaborada por san Agustín, es cierto, pero su contenido esencial ya figura en la Epístola a los Romanos de San Pablo. Pablo relee ha historia del Génesis a la luz de Cristo. Y comprende que esa historia del comienzo cuenta toda la historia. Desde el principio había existido en el ser humano ese orgullo de poseer la clave del conocimiento, de no necesitar a Dios y también de tener la clave de la vida, de no tener que morir, y así sucesivamente. El alejamiento de Dios provoca el ocultamiento de Dios. La confianza del amor se convierte de pronto en miedo al Dios peligroso y demasiado poderoso” (pp. 80-81).

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