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Malala Yousafzai

A todos nos ha sorprendido el merecido galardón otorgado a Malala Yousafzai, la chica paquistaní de 17 años premiada con el Nobel de la Paz 2014 junto a Kailash Satyarthi, activista hindú, empeñado en eliminar la explotación laboral de los niños. La sorpresa no viene sólo por ser la persona más joven en recibir el anhelado premio, sino porque en su corta vida ha sido un ejemplo de coraje y lucha por un ideal que merece la pena.


Nobel de la Paz diferente


En efecto, Malala ha luchado desde pequeña por defender el derecho de la mujer a recibir educación. Esa sencilla causa, que para el mundo occidental puede parecer trivial, no es tan pacíficamente aceptada en un buen número de países islámicos con fuerte presencia fundamentalista. En concreto, a Malala defenderla casi le costó la vida, cuando el 9 de octubre de 2012 fue atacada por un talibán, recibiendo impactos de bala en la cabeza y el cuello. Logró salvar su vida, reconstruir su cara y rehacer su vida en Gran Bretaña, donde no ha dejado de luchar por defender el derecho de la mujer a recibir educación, y más recientemente a pedir la liberación de las niñas nigerianas, secuestradas también por un grupo islámico, el Boko Haram, que está en contra de la educación occidental.

Malala es un ejemplo de lo mucho que todavía queda por hacer para promover la dignidad de la mujer en el mundo. En muchos países no tiene todavía igual acceso a la educación, al trabajo, y a la justa independencia y autonomía para hacer su vida. Si bien el caso de los fundamentalistas islámicos es dramático y realmente de difícil solución (¿cómo dialogar con alguien capaz de vaciar una pistola en una niña de 15 años sólo porque ella quiere estudiar?), no sólo en ellos se discrimina o limita a la mujer. Por ejemplo, en Latinoamérica está fuertemente difundido el “machismo”, una forma cultural de vida que en la práctica somete y minusvalora a la mujer. No es extraño encontrar mujeres que dependen absolutamente de un marido que no las quiere, las engaña, y prácticamente las obliga a trabajar a su servicio, sin ofrecer a cambio ningún tipo de gratificación afectiva o comunión personal.

En este aspecto, feminismo y feminidad se encuentran, como una intersección en los diagramas de Venn, en la cual ambos luchan por la misma causa, si bien desde perspectivas diferentes. La parte del diagrama en la que no hay intersección es considerable, pues mientras la feminidad busca que se reconozca y valore lo auténticamente femenino, de forma que tenga una mayor presencia en la sociedad y en la cultura; el feminismo en cambio tiene una especie de complejo por lo más característico de la feminidad, como la maternidad, buscando fervientemente emular el rol del hombre en la sociedad.

Malala encara ese rostro de la mujer que está dispuesta a luchar por sus derechos con una tenacidad y una fortaleza interior típicamente femeninas. Efectivamente, contra lo que puedan decir las apariencias, suelen ser más fuertes interiormente. Bien lo observó san Josemaría: “Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor”. Como también describe agudamente el contenido de esa feminidad: “La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad... La feminidad no es auténtica si no advierte la hermosura de esa aportación insustituible, y no la incorpora a la propia vida”.

Sin embargo, es preciso estar atentos para que el feminismo a ultranza no la instrumentalice inadecuadamente. No podemos olvidar, por ejemplo, que Malala es una mujer con fe, nunca ha renegado de su religión islámica, y dentro de ella constituye una voz que clama por la emancipación femenina en ese importante grupo cultural de la humanidad. La religión islámica, sobra decirlo, suele defender la vida y la familia, y sería abusivo instrumentalizarla en sentido inverso.

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