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A propósito de los políticos

Todo mundo reconoce los méritos e ideales que obtienen profesionistas, como pudieran serlo médicos, arquitectos, abogados o administradores de empresas.


En la festividad de Santo Tomás Moro


En cambio, cuando se habla de los políticos, se produce una instintiva reacción de rechazo, ya que se les identifica como sujetos prepotentes, corruptos y desleales.

Ningún rasgo de nobleza, y menos aún de idealismo, se le atribuye a quienes ocupan un puesto privilegiado dentro de la administración pública.

Ahora bien, quienes piensan de tal modo pasan por alto que corrupción y prepotencia se dan dentro de cualquier profesión, motivo por el cual también es posible encontrarse con médicos, abogados o ingenieros que, buscando dinero fácil, traicionen la confianza de quienes a ellos acuden.

Quizás fue por eso que el Papa Juan Pablo II decidió poner cada cosa en su lugar y fue por ello que a los políticos les dio un santo patrono: Tomás Moro.

El santo patrono de los políticos fue martirizado en la Inglaterra del siglo XVI por negarse a dar el visto bueno al divorcio de Enrique VIII, quien repudió a su legítima esposa, Catalina de Aragón, para saciar su lujuria casándose con Ana Bolena.

La inmensa mayoría de los cortesanos (políticos de aquel entonces) apoyaron al rey; solamente uno se opuso: Tomás Moro, quien, dentro de la corte británica, ocupaba el altísimo cargo de Canciller.

Por eso, porque prefirió perder posición, poder, e incluso la vida, antes que traicionar sus convicciones, fue que Juan Pablo II lo propuso como ejemplo a seguir.

Así pues, no existe una ley fatal según la cual todo aquel que se dedica a la política, por el sólo hecho de hacerlo, tiene que ser corrupto, prepotente y desleal.

Ciertamente que son muchísimas las tentaciones a que se ve expuesto quien saborea las mieles del poder; mas sin embargo, puede rechazarlas y actuar conforme a su recta conciencia.

Hace algunos meses, el Papa Francisco publicó la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium” y, entre muchos otros temas, trata acerca de la política, la cual, según el Santo Padre, “es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad porque busca el bien común” (No. 205).

Y vaya que tiene razón el Vicario de Cristo, ya que quien, con auténtica vocación de servicio, se dedica a la política, se echa sobre los hombros una carga tan pesada, que es capaz de espantar al temperamento más flemático.

Sobre el buen político recaen horas de angustia e insomnio, momentos desagradables, el tratar con gente sin escrúpulos y el ser blanco de críticas, amenazas, calumnias e incomprensiones.

Ciertamente que quienes ocupan un puesto destacado dentro de la administración pública reciben honores, buenas gratificaciones económicas e incluso ven cómo los aduladores les rodean como si fuesen planetas girando alrededor del sol.

Un ambiente difícil por la hipocresía de quienes se les acercan buscando una ventaja.

Un ambiente en el cual se necesita mucho dominio de sí mismo para no marearse y tomar una mala decisión que pueda arruinar a todo un pueblo.

Sin embargo, el Papa Francisco, como en su día lo hizo Juan Pablo II, no deja de animarlos con estas palabras: “¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!” (Ibídem).

 

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