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Populismo: el hartazgo de las masas

El auge en las encuestas de los partidos antieuropeos reavivó el interés por el populismo, una etiqueta que también se aplica a movimientos sociales tan distintos como el Tea Party, el 15M, el Movimiento 5 Estrellas o a dirigentes de América Latina. Pero más allá del fervor popular que despiertan en las calles, no es fácil saber qué define hoy al populismo.


Cuando se habla de populismo se tiende a asociarlo a un popurrí de ideas con connotaciones variadas: liderazgo carismático, demagogia, cercanía con la gente, simplismo, protesta contra las élites, antieuropeísmo, petición de democracia real, asistencialismo, rechazo de los grandes partidos, xenofobia…

Al presidente húngaro Viktor Orbán, por ejemplo, se le considera populista por motivos distintos: porque es un líder con carisma (va por su tercer mandato), porque defiende una Hungría con una identidad fuerte dentro de la Unión Europea, porque la nueva Constitución protege la vida y la familia, porque impulsó descuentos en las facturas energéticas de las familias…

No todos los populismos tienen la misma legitimidad democrática, por mucho que el gobernante se mantenga en el poder gracias a su popularidad

A veces, ni siquiera nos ponemos de acuerdo en si lo que designa la etiqueta “populista” es un elogio o un insulto: lo que para algunos es gobierno por el pueblo y para el pueblo, para otros es oportunismo electoral; donde unos ven más participación democrática, otros acusan falta de respeto a la ley y a las instituciones…

Hay quienes creen que la relación directa del gobernante con las masas alimenta el intercambio de favores. Otros, en cambio, defienden que la identificación con el líder es precisamente lo que favorece la incorporación de las masas al proceso democrático. “Sin esa forma de identificación con el líder, las masas no estarían participando dentro del sistema político y el sistema político estaría en manos de élites que remplazarían la voluntad popular”, sostiene Ernesto Laclau, uno de los principales teóricos del populismo.

Pero ¿en qué medida el gobierno de los expertos es menos democrático que el de un líder que toma todas las decisiones por el pueblo?

Con esta perspectiva se entiende que no todos los populismos tienen la misma legitimidad democrática, por mucho que un gobernante se mantenga en el poder gracias a su popularidad.

Ni de izquierdas ni de derechas

El populismo no repara en colores políticos: los hay de izquierdas y de derechas. En América Latina, por ejemplo, se habla del “neopopulismo” y del “populismo neoliberal” de Carlos Menem en Argentina y de Alberto Fujimori en Perú, para distinguirlos de los populismos clásicos que optaron por nacionalizar: el peronismo en Argentina, el cardenismo en México o el varguismo en Brasil.

Pero ni siquiera dentro de una misma tendencia política el populismo es monocolor. Como explica Fernando Henrique Cardoso, expresidente de Brasil: bajo la bandera del izquierdismo se pueden defender causas distintas. Mientras que Hugo Chávez hizo del antiamericanismo su principal identidad aglutinadora, Evo Morales se presenta como el defensor de los indígenas.

Si una parte creciente de la ciudadanía europea cree que las instituciones de la UE no les representan, habrá que preguntarse qué hay de cierto en esa impresión

El liderazgo carismático asociado a los populismos también admite distintas posibilidades. Se puede ser un político de toda la vida, como el austriaco Jörg Haider, embarcado en política desde los 20 años; un outsider, como el cómico italiano Beppe Grillo, capitán del Movimiento 5 Estrellas; o incluso ambas cosas según convenga (por ejemplo, cuando Maduro, como su predecesor Chávez, se presenta acosado por conspiraciones yanquis). Pero también es posible construir un movimiento popular sin líderes destacados, como en los casos del Tea Party, “Ocupa Wall Street” o el 15M.

De “extrema derecha” se califica por principio a los partidos anti-Europa: el Frente Nacional, de Marine Le Pen, en Francia; el UKIP, de Nigel Farage, en Reino Unido; el Partido de la Libertad, de Geert Wilders, en Holanda; Aurora Dorada, en Grecia; el Partido Popular Danés; los Demócratas Suecos, los Auténticos Finlandeses…

Pero la diferencia izquierda/derecha palidece frente al sentimiento de pérdida de identidad que comparten estos populismos: se culpa a la UE de hurtar a los electorados nacionales decisiones capitales, como las relativas a la economía o la inmigración, explica el periodista y escritor Andrés Ortega.

También Araceli Mangas, catedrática de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales, ve en el nacionalismo un rasgo común a los populismos anti-Europa, que “reclaman una vuelta a la soberanía nacional, a decidir por separado, a no compartir un proyecto político con los vecinos europeos”.

Pero entre los partidos euroescépticos siempre ha habido clases. Y así, mientras que unos claman contra las políticas de austeridad promovidas por Bruselas, otros se quejan de que sus países tengan que arrimar el hombro en tiempos de vacas flacas. “¿Por qué tienen que pagar constantemente los austriacos, como los alemanes y los holandeses, por el pozo sin fondo de los países del sur de Europa?”, protestaba en 2012 Heinz-Christian Strache, líder del Partido Liberal Austriaco (FPÖ).

Algunas ideas son “impopulares” en los medios porque así lo han decretado las élites, y no por falta de apoyo popular

El pueblo y sus enemigos

Muchas veces el populismo recurre a la retórica “oprimidos contra opresores”, para terminar ofreciendo su particular promesa de salvación. A ese discurso se apuntó con entusiasmo la nueva ola de líderes populistas latinoamericanos como Andrés Manuel López Obrador, ex alcalde de México DF y hoy dirigente del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena); el presidente venezolano Nicolás Maduro, el boliviano Evo Morales, el nicaragüense Daniel Ortega o el ecuatoriano Rafael Correa (cfr. Aceprensa, 13-05-2011).

Otro ejemplo de populismo basado en el conflicto es el que exhibieron Hillary Clinton y Barack Obama durante las primarias demócratas de 2008. En Texas y Ohio, dos grandes estados golpeados por la crisis, prometieron eliminar las rebajas fiscales a las rentas altas para financiar los seguros médicos. “Vamos a sacar del bolsillo de los ricos los 55,000 millones de dólares que les han metido los republicanos”, dijo Clinton. Y Obama aprovechó, además, para cargar contra las ganancias de los ejecutivos en época de recortes: “Los ricos han actuado como bandidos”.

Pero la relación del populismo con las élites no está nada clara. Hay un populismo anti-intervencionista, a favor del gobierno limitado, la responsabilidad fiscal y el libre mercado (Tea Party); y un populismo anti-establishment, que ruge contra el sistema y sus instituciones políticas y financieras (15-M, “Ocupa Wall Street”, Movimiento 5 Estrellas…). Pero también abunda el populismo asistencial, que busca estirar al máximo los beneficios sociales que ofrece el Estado del bienestar.

Populistas son (por demagógicas) las acusaciones que hacen los demócratas de Obama contra los republicanos de emprender una “guerra contra las mujeres”. Y populista es también, por el mismo motivo, la “guerra contra el terrorismo” que predicaron los republicanos de Bush Jr. Unos y otros agitan sentimientos y miedos profundos para atraer el favor popular hacia sus políticas más controvertidas, ya sea el apoyo al aborto o a la guerra de Irak.

Acercar la política a la calle

Como se ve, el populismo es un fenómeno con muchas facetas. Algunos rasgos diferenciales tienen que ver con la retórica que emplean, el tipo de liderazgo o el estilo de gobierno, antes que con propuestas ideológicas concretas. Además, los populismos delatan casi siempre una situación de hartazgo social, motivada por hechos variados y agravada por la sensación de que el ciudadano medio no cuenta para los gobernantes.

Tomemos, por ejemplo, el rasgo del liderazgo carismático. Si el líder populista logró conectar con las masas y establecer con ellas una relación especial, es porque, de alguna manera y a pesar de todos sus excesos, es percibido como alguien capaz de comprender los problemas del pueblo. Y al revés: porque las alternativas políticas siguen sin proporcionar el calor que las masas demandan.

No es casualidad que Latinoamérica, tierra fértil en populismos, dé también a algunos de los dirigentes políticos que mejor usan Twitter: cuatro de los diez líderes mundiales más seguidos en 2013 fueron latinoamericanos: Cristina Fernández de Kirchner, Enrique Peña Nieto, Dilma Rouseff y Juan Manuel Santos.

Según explican algunos expertos a RTVE, parte del éxito de estos líderes está en su estilo cercano, que incluye anécdotas personales, propuestas ciudadanas y una capacidad de reacción rápida frente a los temas que son tendencia. No cabe duda de que legislar a golpe de trending topic es una forma de tiranía de la mayoría, pero sería erróneo tachar de populismo cualquier intento de acercar la política a la calle.

Populismos frente al pensamiento único

Tampoco se puede calificar de antisistemas a todos los que piden más democracia real. No hay que confundir al núcleo duro del 15M (cuya tendencia de voto no es muy representativa de la sociedad española) con los que se sumaron a sus primeras convocatorias en las distintas ciudades de España para protestar por el paro, las duras condiciones sobre las hipotecas, el bipartidismo de facto PSOE-PP… (cfr. Aceprensa, 27-09-2011).

Y si una parte creciente de la ciudadanía europea cree que las instituciones de la UE no les representan, habrá que preguntarse qué hay de cierto en esa impresión. De poco sirve, por ejemplo, presentar la figura de la iniciativa ciudadana europea como la fiesta de la participación democrática, si luego cuenta muy poco la voluntad de los 1.7 millones de europeos que firmaron One of Us (cfr. Aceprensa, 11-04-2014), en defensa del embrión humano.

También resulta demagógico calificar de “racista y xenófobo” cualquier intento de regular la inmigración. Aquí, de nuevo, habrá que pararse a escuchar para discernir entre los debates legítimos y los que no lo son. En este sentido, es un acierto el esfuerzo de la Comisión Europea por desmontar con datos el cliché sobre el “turismo de prestaciones” (cfr. Aceprensa, 16-10-2014).

A las élites de izquierda les molesta el carácter decididamente conservador de algunos movimientos populistas. En efecto, una cosa es que las masas exijan el paso de un estado de cosas a otro más justo, y otra dejar que unos políticos que están de paso cambien de arriba a abajo instituciones tan arraigadas en la vida del pueblo, como el matrimonio y la familia.

Esta forma de pensar (cambio social pero con tradiciones que se consideran valiosas) hace cortocircuito en la mente de las refinadas élites. Y es que los populismos a veces son más complejos de lo que creen sus críticos, pues reflejan la variedad de un pueblo que no se deja encorsetar fácilmente en moldes prefabricados.

“El mundo de los intelectuales no es el mundo de la gran mayoría”, dice el historiador canadiense Larry Gambone. “El pueblo llano no comparte su visión racionalista, nihilista, sin raíces ni tradición, ni tampoco su estilo de vida”. Lo que lleva a pensar que algunas ideas son “impopulares” en los medios porque así lo han decretado las élites, y no por falta de apoyo popular.

Si es cierto que los populismos delatan a menudo indignación y hartazgo social, no parece realista aspirar a acallarlos con unas buenas dosis de indiferencia olímpica ni tomarlos a la ligera como si fueran tontos o “ultras” sin remedio.

ACEPRENSA

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