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Tata Vasco

La veneración de los michoacanos de todos los estratos sociales, políticos y religiosos, a don Vasco de Quiroga muestra que su obra fue trascendente en favor de la dignidad de los tarascos, y su huella humanista perdura desde el siglo XVI.

El obispo taumaturgo no sólo inculcó la religión, sembró cultura y oficios entre sus ovejas, al grado que aún hoy pueblos enteros tienen como medios de vida los oficios que les enseñó; lo dicen las preciosas artesanías que se venden en muchos pueblos michoacanos.

En villas y hogares veneran al pastor que frenó las tropelías del sanguinario Nuño Beltrán de Guzmán, presidente de la Primera Audiencia de la Nueva España, y borró su huella con la bondad y sabiduría que inspiraron siempre sus pasos.

Aquel hombre menudo (nacido en el mismo solar castellano que la reina Isabel la Católica, Madrigal de las Altas Torres) inculcó a los indígenas el sentimiento de identidad personal, que a la larga coronó el de su identidad nacional.

No sólo se ocupó de las necesidades materiales y la educación elemental, sino sembró su vastísimo obispado de escuelas, y fundó el Colegio de San Nicolás, hoy Universidad Michoacana (la Nicolaíta) que prohijó el actual seminario diocesano.

De ambos recintos salieron prohombres de las letras, la cultura, la religión y la política, que encendieron las antorchas de la independencia, la reforma y la revolución mexicana, luchas en las que se distinguió una constelación de egresados suyos.

Miguel Hidalgo, José María Morelos, Agustín de Iturbide, Ignacio López Rayón, Melchor Ocampo, José Ma. Izazaga, Isaac Arriaga, Pascual Ortiz Rubio, son sólo unos pocos; además del ilustre cardiólogo Ignacio Chávez, rector de la Universidad de San Nicolás y la UNAM, y el filósofo Samuel Ramos.

La obra de Don Vasco partió de sus famosos Hospitales de Santa Fe, uno en la Ciudad de México, otro en la ribera del Lago de Pátzcuaro, pueblos-escuela que enseñaron a los naturales cómo lograr el sustento de cuerpo y espíritu, y a organizar su vida social y política, inspirados en la Utopía del canciller inglés Santo Tomas Moro, que Quiroga plasmó magistralmente en la realidad.

Ejemplos menores de esos hospitales dejó en varias partes de su territorio: las llamadas “huatáperas”, calcas reducidas de aquéllos, como la de Uruapan, que también causan admiración.

Salido de la célebre Universidad de Salamanca, España, se distinguió en la abogacía por su humanismo, sabiduría, justicia y tacto, al grado que llamó la atención en la Corte, que lo envió a Nueva España a deshacer entuertos de encomenderos esclavistas y a vigilar a los gobernantes, como miembro de la Segunda Audiencia.

Al concitar admiración de laicos y clérigos, el arzobispo Zumárraga lo propuso al Papa Pablo II y al rey Carlos V para primer obispo de Michoacán, y él lo ordenó, desde simple seglar, hasta el episcopado.

Pese a sus 62 años, recorrió varias veces su vastísima diócesis, que abarca 12 hoy: Morelia, Zamora, Tacámbaro, Apatzingán, Lázaro Cárdenas, Colima, Guadalajara (parte), San Juan de los Lagos, León, Irapuato, Querétaro y Celaya. Organizó 59 parroquias: 34 del clero secular, 16 de franciscanos y 11 de agustinos.

Famosas fueron sus defensas frente a esos religiosos y los obispos vecinos de la integridad de su jurisdicción, ante el rey y los tribunales hispanos por su celo de hacer justicia, que le obligaron a permanecer tres años en la península, cuando se celebraba el Concilio de Trento, al que se adelantó en la creación y organización de su seminario.

Falleció en Uruapan a los 95 años, cuando recorría su diócesis; sus restos reposan en la Basílica de Nuestra Señora de la Salud, que es la nave central de las cinco que planeó para la monumental catedral que no logró concluir.

Por gestiones de su actual sucesor, el arzobispo de Morelia, Alberto Suárez Inda, el Vaticano abrió su causa de canonización este 28 de abril, después de terminar el proceso diocesano en Morelia.

Cuatro siglos y medio que nos separan de Don Vasco dificultarán culminar el proceso; mas para los purépechas y michoacanos en general él es santo, lo demuestran la veneración y admiración que le profesan, y legítimamente podremos considerarlo “santo mexicano”, porque aquí dejó su amor y sus huellas más profundas.

Los tarascos le llaman Tata Vasco (papá, en lengua purépecha), título que han querido usurpar otros personajes.

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