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Justo Mullor, un Nuncio con gran altura diplomática

Monseñor Justo Mullor declaró haber visto al Papa Juan Pablo II orar seis horas seguidas, acariciar leprosos, bautizar a sus hijos, rezar de bruces. “Un hombre así y un cristiano así, no podía ser realmente un íntimo de Maciel. Como tantos otros… podía estar engañado, pero no obcecado”.



Monseñor Mullor, quien fuera Nuncio Apostólico en México de 1997 al 2000, falleció la noche del 31 de diciembre; y con este motivo, Valentina Alazraki, periodista mexicana y decana de los corresponsales en el Vaticano, publicó en su perfil oficial de Facebook una entrevista que le concedió hace seis años, durante el proceso de beatificación del hoy San Juan Pablo II, en la cual relata su labor en el caso Maciel y su certeza en la pureza en el actuar del Papa polaco respecto de tales sucesos, motivo principal por el que concedió la entrevista a la periodista mexicana.

Siendo ya Nuncio Apostólico en México, en 1997 se publicó en una revista mexicana la síntesis de un libro que exponía las graves acusaciones contra Maciel; y Monseñor Justo Mullor, con el sentido de responsabilidad que lo caracterizaba, informó del hecho a las instancias correspondientes. Quienes hacían tales denuncias, lo hacían con nombre y apellido, sin recurrir al anonimato, lo que mostró a Don Justo un indicio de seriedad.

Mullor recordó que coincidió en tres ocasiones con Maciel. En la primera ocasión, dijo que éste le insinuó que su designación como representante papal en el país había sido en cierta forma producto de una sugerencia suya, hecha durante una cena, la cual, en realidad, no se dio o fue con fecha posterior al día en que aceptó el cargo.

En el segundo encuentro, Maciel le dijo que desde Roma se le preguntaba su parecer para la designación de obispos en todo el Continente Americano, y le manifestó su intención de que Monseñor Mullor siguiera esta supuesta práctica, sugerencia que, por supuesto, el Nuncio nunca llevó a cabo.

Y en una tercera ocasión, Maciel le “explicaba” a Monseñor Mullor que existían dos tipos de moralidad: una para el pueblo y otra para los que aplican la alta política. A lo que el Nuncio respondió que los 10 Mandamientos se aplican igual para todos, y que la idea de que “el fin justifica los medios” es inaceptable para quien profesa la fe católica. Desde ese momento, el asunto se volvió para el Nuncio “una prioridad de conciencia”.

Sobre su actuar con respecto a los hechos que atañen al caso, explicó que poco antes de la cuarta visita del Papa Juan Pablo II a México, víctimas relacionadas con el asunto publicaron una carta abierta en un diario nacional, y posteriormente se presentaron en la Nunciatura con una copia de la carta. En ese momento no fueron recibidos porque esa forma de proceder era anómala, explicó Mullor. Sin embargo, se les dijo vía telefónica que podrían tener contacto con él a través de algún sacerdote que fuera garante de su seriedad, lo cual en efecto ocurrió más tarde.

Los sacerdotes Antonio Roqueñí y Alberto Athié afirmaron en ese entonces que defenderían a los acusadores de Maciel, pero el Nuncio le recomendó a Roqueñí dirigirse a la Congregación para la Doctrina de la Fe, competente en la materia, y a Athié que acudiera al Tribunal Metropolitano de México.

El Nuncio le dio todas las garantías al Padre Roqueñí de que en el Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y en su equipo, encontraría la mejor acogida, y que aunque aquellos allegados a Maciel podrían hacer lo posible por retardar las investigaciones, le aseguró que podría esperar que se tomarían las decisiones necesarias para resolver el problema. Al final los abrazó y les dio su bendición. Ese día se sintió cerca de la verdad y plenamente libre.

El diplomático vaticano no pudo informar directamente al Papa de la situación, pero consideró que debía dejar en libertad de acción a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Tenía plena confianza en que, por muy poderosos que fueran los amigos de Maciel, no podían serlo más que el Papa.

Sobre la relación entre San Juan Pablo II y Maciel, Monseñor Mullor dijo que, seguramente al llegar a la Sede de Pedro, le fue presentado como una de las figuras eclesiales de entonces, pero no hay algo que indique claramente que pudiera haber mayor intimidad, y mucho menos que el Papa pudiera desentrañar la compleja personalidad de Maciel. No obstante, reconoció que eclesiásticos de menor rango sí pretendieron ser amigos de Maciel, y repetían como “disco rayado” que las acusaciones de las que era objeto no debía dárseles crédito.

De regreso a Roma, tras dejar México para presidir la Pontificia Academia Eclesiástica (formadora de diplomáticos), Justo Mullor cuenta que, al leer las meditaciones del Vía Crucis redactadas por el Cardenal Joseph Ratzinger para el Viernes Santo de 2005, sus ojos se llenaron de lágrimas al intuir que este fiel colaborador del Papa Juan Pablo II, podría ser su sucesor y que a las víctimas de Maciel se “les haría finalmente justicia”.

Justo Mullor dijo a Valentina Alazraki que “es legítimo pensar con certeza moral” que el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe le hizo saber al Papa Juan Pablo II del asunto, dolor interior que debió unirse al dolor físico que sufría en esos momentos. Certeza que se confirma con el envío de Monseñor Scicluna “a América” (a manera de visitador de los Legionarios).

Monseñor Justo Mullor, dice Valentina Alazraki, fue quizás una víctima, si no la más injusta y arbitraria del sistema Maciel, dentro y fuera del Vaticano.

Aunque Monseñor Mullor aclara: “Yo no tengo más que amigos, ni siquiera a Maciel lo considero enemigo, a pesar de lo que de él y de mí dicen algunos. Él y sus amigos son figuras históricas -y la historia aún se está escribiendo- encontradas de algún modo en la mía de Nuncio Apostólico en México.

Descanse en paz Monseñor Justo Mullor.

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