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Evangelio de la Familia: causa de alegría y esperanza para Iglesia y mundo

En entrevista para Desde la Fe, el Oficial de Estudio del Pontificio Consejo para la Familia en el Vaticano, habla de la Exhortación “Amoris Leatitia”.


Desde la Fe; José Guillermo, entrevista


Para ayudarnos a comprender mejor la Exhortación Apostólica post-sinodal “Amoris Laetitia”, nuestro semanario Desde la Fe entrevistó al Padre José Guillermo Gutiérrez Fernández, sacerdote de la Arquidiócesis de México y Oficial de Estudio del Pontificio Consejo para la Familia en el Vaticano.

1.- El Papa Francisco, al redactar La Alegría del Amor, cita a varias conferencias episcopales e incluso a personalidades como Octavio Paz, Luther King e incluso alguna película. ¿Cómo debe interpretarse esta particularidad, en un documento pontificio?

No cabe duda que el Papa Francisco está impulsando una renovación de la tarea siempre nueva del anuncio del Evangelio y Él mismo nos pone el ejemplo. La exhortación apostólica post-sinodal “La Alegría del Amor” es innovadora respecto al lenguaje que usa y a su estilo. Es muy distinta a los documentos pontificios a los que estábamos habituados. Las citas que ha usado de autores laicos son fruto de ese empeño, que muestra siempre el Papa, de dialogar con todos y de valorar la verdad dónde se encuentre. De otra parte, trata de usar argumentos que sean comprensibles para todos. Destacando, con espíritu misionero, a quienes se encuentran más alejados. Me parece que el estilo de este documento pontificio, hace que resulte atractivo y actual. Muestra que la familia es verdaderamente una buena noticia. Diría más que el Evangelio de la Familia es causa de alegría para la Iglesia y para el mundo.

2.- En el punto número 51, el Papa hace una referencia a las aportaciones del Episcopado Mexicano relativo a la violencia familiar. ¿Hubo más aportaciones por parte de los obispos mexicanos?

Ciertamente hubo muchos otros aportes de la Conferencia del Episcopado Mexicano, pero yo no tengo conocimiento de todas ellas. Sé, por ejemplo, que a los obispos de México les preocupa mucho la preparación para el matrimonio. Una preparación que sea al mismo tiempo una forma de iniciación cristiana y no sólo un pequeño curso a base de conferencias, sino una verdadera escuela de vida cristiana. Sé que les preocupa también el tema de la espiritualidad familiar, de la promoción de una espiritualidad que tenga en cuenta la condición secular de las personas que integran la mayoría de las familias, que parta del Encuentro vivo con Jesucristo, a través de la oración, de la lectura atenta de la Sagrada Escritura, de la recepción de los Sacramentos, del servicio, y de la práctica de las virtudes, que les ayude a vivir de cara a Dios su día a día, sus relaciones intra-familiares e inter-generacionales, sus responsabilidades cívicas y sociales. Así mismo han hablado de la urgencia de una educación integral que ayude a lograr la convivencia y la paz en una sociedad plural. Y han mencionado la necesidad de una pastoral de la vida que ayude a redescubrir el carácter sagrado, único e irrepetible de todas las personas, desde que inician su vida en la concepción hasta su muerte natural.

3.- En el punto 61 y otros más, se habla de la sexualidad como un regalo de Dios que se debe ejercer con responsabilidad cristiana. Sería una lectura correcta el pensar que la relación conyugal incluye el deseo de placer y no tan solo para procrear.

En general “Amoris Laetitia” recoge la enseñanza de los Pontificados precedentes, de ahí que sobre este punto se nutra especialmente de las catequesis de san Juan Pablo II sobre la “Teología del Cuerpo”, de su estupenda exhortación “Familiaris Consortio” y más recientemente de la extraordinaria Encíclica de Benedicto XVI “Deus Caritas est”, que el Papa Francisco cita explícitamente en el número 147. En concreto Francisco como antes Benedicto XVI nos invita a superar la dicotomía entre el amor erótico y el amor oblativo. En el número 150 dice que “San Juan Pablo II rechazó que la enseñanza de la Iglesia lleve a «una negación del valor del sexo humano», o que simplemente lo tolere «por la necesidad misma de la procreación» [Juan Pablo II, Catequesis (22 octubre 1980), 3: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 26 de octubre de 1980, p. 3]. La necesidad sexual de los esposos no es objeto de menosprecio, y «no se trata en modo alguno de poner en cuestión esa necesidad»  [Id., Catequesis (24 septiembre 1980), 4: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 28 de septiembre de 1980, p. 3]”.

Esta visión positiva de la sexualidad no significa que sea lícito disociar el ejercicio de la sexualidad genital de su verdad intrínseca, que es expresar el amor conyugal: el don total y completo de sí mismo al otro, lo cual implica necesariamente la inseparabilidad de los significados unitivo y procreativo de cada acto conyugal (Cfr. AL 80 y 222). El mismo Papa en los números 153 y 154, recuerda que no podemos ignorar que  “muchas veces la sexualidad se despersonaliza y también se llena de patologías, de tal modo que «pasa a ser cada vez más ocasión e instrumento de afirmación del propio yo y de satisfacción egoísta de los propios deseos e instintos» [Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), 23: AAS87 (1995), 427]. En esta época se vuelve muy riesgoso que la sexualidad también sea poseída por el espíritu venenoso del «usa y tira». El cuerpo del otro es con frecuencia manipulado, como una cosa que se retiene mientras brinda satisfacción y se desprecia cuando pierde atractivo. ¿Acaso se pueden ignorar o disimular las constantes formas de dominio, prepotencia, abuso, perversión y violencia sexual, que son producto de una desviación del significado de la sexualidad y que sepultan la dignidad de los demás y el llamado al amor debajo de una oscura búsqueda de sí mismo?  No está de más recordar que, aun dentro del matrimonio, la sexualidad puede convertirse en fuente de sufrimiento y de manipulación. Por eso tenemos que reafirmar con claridad que «un acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar su situación actual y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto de amor; y prescinde por tanto de una exigencia del recto orden moral en las relaciones entre los esposos»[Pablo VI, Carta enc. Humanae vitae (25 julio 1968), 13: AAS 60 (1968), 489]”.

4.- En el documento se expone que de la situación económica de la familia, depende, en gran medida, la estabilidad de una pareja. Esto es un factor externo a la propia familia. Frente a esta realidad, cual es la responsabilidad del Estado y de las personas que pueden crear y mejorar condiciones en los empleos.

En efecto, la falta de oportunidades de los jóvenes muchas veces los disuade del formar una familia, como también, paradójicamente, el exceso de satisfactores y de posibilidades los disuade igualmente. De otra parte, la precariedad del trabajo somete a las familias a una presión tal que puede provocar tensiones y rupturas. Responder a estos y a otros desafíos análogos en el campo económico, implica una intervención multifactorial, a cargo de diferentes actores. Usted menciona en concreto la responsabilidad del Estado. Yo diría que los gobiernos y los partidos políticos frecuentemente hablan de la familia, pero en la práctica se olvidan de ella. Sería necesario promover una “política familiar”, que parte de la convicción de que la familia importa para el bienestar social y económico de una nación. Que no es indiferente el modo de hacer familia para los resultados sociales que se esperan y que, desde luego, la familia no es sólo una cuestión privada de afectos, sino que tiene una relevancia pública y social de la que no puede prescindirse.

 “La Alegría del Amor” dice a este respecto que “la familia es un bien del cual la sociedad no puede prescindir, pero necesita ser protegida [Cf. Relación final 2015, 11-12]. La defensa de estos derechos es «una llamada profética en favor de la institución familiar que debe ser respetada y defendida contra toda agresión»[ Pontificio Consejo para la Familia, Carta de los derechos de la familia (22 octubre 1983), Intr.], sobre todo en el contexto actual donde suele ocupar poco espacio en los proyectos políticos. Las familias tienen, entre otros derechos, el de «poder contar con una adecuada política familiar por parte de las autoridades públicas en el terreno jurídico, económico, social y fiscal»[Ibíd., 9]”. Entonces, se necesita una política familiar que ayude a la familia como familia, es decir que no se conforme con algunos subsidios económicos, sino que, por ejemplo,  provea a jornadas de trabajo que permitan la convivencia, a estrategias de trabajo que concedan tiempo para la educación de los hijos y la experiencia de paternidad y maternidad, políticas fiscales de impuestos que no penalicen a las familias con más miembros a su cargo, una planeación de las viviendas que alienten la paternidad y no que desde el inicio la restrinjan, etc. Hay mucho qué decir, qué estudiar y qué hacer.

5.- El documento gira en torno a dos directrices: la Misericordia y el Discernimiento, de modo que no se pueden aplicar formulas generales para todos los casos, y al mismo tiempo, el Papa pide actuar con caridad. Nos puede ampliar esta información.

Esta pregunta como la anterior, requerirían una mayor profundización y creo que serán objeto de mayor estudio. En todo caso el discernimiento es el buscar lo que Dios pide a una persona a un matrimonio, a una familia o institución en unas concretas circunstancias. El camino de santificación de las personas no es unívoco para todos. La forma de la vida cristiana es, sin duda, la caridad. Vivida plenamente y con todas sus implicaciones da como resultado la santidad cristiana, la perfección cristiana, que no es “perfeccionismo” o “purismo legal”. De ahí que el Papa insista en que a todos llama Dios a la salvación, a todos llama Dios a la santidad y todos pueden convertirse. Y, de hecho, todos estamos llamados cada día a convertirnos, muchas veces y en distintos ámbitos de la vida.

Con respecto a las situaciones de fragilidad, o “irregulares”, el Papa invita aquí a no usar la verdad del Evangelio y de la moral cristiana como un arma arrojadiza, que discrimina y aleja de esta llamada a la plenitud de la vida cristiana. Esto no significa relativizarla o abajar sus exigencias, que en definitiva se trata de la revelación del plan de Dios sobre el matrimonio y la familia. Significa que en todo discernimiento se deben tomar en cuenta las circunstancias concretas de las personas, sus posibilidades reales de crecimiento con la ayuda de la gracia, para medir su situación real y el camino que se les puede proponer y el modo de acompañar a cada uno. Por eso, por ejemplo, al Papa le molesta tanto, como lo ha señalado recientemente en una entrevista en el vuelo de regreso de Grecia, que se reduzca toda la cuestión de los divorciados en segunda unión, a si pueden comulgar o no. Cuando las cosas son mucho más complejas que eso. Sobre todo cuando la pregunta se plantea de modo reivindicativo de ciertas opciones de vida, de ciertas decisiones al margen del Evangelio.

El discernimiento toma en cuenta tanto la situación objetiva como, hasta donde es posible para nosotros, pobres seres humanos, la valoración de la responsabilidad subjetiva de cada uno. Todo esto teniendo como perspectiva la infinita misericordia de Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cfr. Ez 18, 25-28; Jn 3,16). De ahí que ante situaciones irreversibles, el Papa proponga el camino de la integración. Es decir, justo lo contrario de la exclusión, del juicio despiadado y de las posiciones del “todo o nada”. Se trata de una integración gradual, que no ha de relativizar en ningún momento las exigencias objetivas del bien como lo explicó, en su momento, la Encíclica “Veritatis Splendor” de San Juan Pablo II. De este discernimiento y camino gradual de integración ya había hablado tanto la Exhortación post-sinodal “Familiaris Consortio” en el número 84, como el “Vademécum para confesores sobre temas de moral sexual y matrimonial”, que nuestro Dicasterio publicó hace algunos años. Desde luego, esta perspectiva implica una conversión pastoral. Un modo diferente de acercarse a las situaciones y a las personas, que se resumen en dos claves: misionariedad, es decir, el deseo ardiente de hacer llegar el mensaje salvífico a todos sin excluir a nadie y el que cada uno desde la posición eclesial que ocupa en el pueblo de Dios sea un auténtico pastor. Esto último implica que ya no se puede actuar más como simples administradores, sino que se debe “cargar” a las personas sobre los hombros. Sentirse verdaderamente involucrados, tomarse en serio a quien viene a la Iglesia, con mayor o menor consciencia, para acompañarles hasta la plenitud en Cristo, Jesús.

6.- ¿Cuáles son las “novedades” de La Alegría del Amor?

Para mí fundamentalmente es esta perspectiva a la que me acabo de referir. Es un documento profundamente misionero y que plantea unos retos pastorales específicos de grande respiro. Sobre todo el de la conversión pastoral. Una conversión que no es sólo de estructuras, que no es sólo cosmética, sino que va a las raíces de las actitudes, de la vida interior de las personas y de los agentes de pastoral, que se traduce en hábitos virtuosos. En confianza en la Gracia y en el Espíritu Santo que son los verdaderos protagonistas de la acción de la Iglesia en el mundo.

Algunos hubiesen querido un documento más preciso “doctrinalmente”, que evitara “confusiones”, pero el Santo Padre ha querido justamente evitar ese tipo de soluciones que parecen encorsetar la vida, que es mucho más compleja de cuanto las fórmulas pretenderían, a pesar de que éstas sean siempre necesarias en cuanto guía objetiva de la verdad del bien que estamos llamados a cumplir.

7.- El tema de la migración está en la agenda muy personal del Papa. Las familias quedan divididas, marcadas, condicionadas, etc. Nos puede hablar un poco de este problema humanitario, y como se puede ayudar a estas familias, por ejemplo, las que huyen de Siria.

No es que las migraciones estén en la agenda muy personal del Papa, es que se trata de un signo de los tiempos, de un desafío para la humanidad de este tiempo, que está cargado de situaciones complejas de tipo social, político, cultural, jurídico, económico, religioso. También aquí no es fácil dar soluciones y no creo que el Papa, ni la Iglesia pretendan dar soluciones. Si acaso hay que invitar a reflexionar en común, a afrontar este desafío sin voltear la cara para otra parte.

Hay acciones que deberían darse por descontado como es el deber primario, humanitario y cristiano, de acoger a quienes huyen de conflictos bélicos o son desplazados por la pobreza y falta de oportunidades. Hay otras acciones que requieren mayor estudio y reflexión para encontrar soluciones justas y solidarias para todos los implicados, sin que nadie (Agencias Internacionales, Gobiernos, fuerzas de seguridad, empresas, etc.) escabulla a su responsabilidad.

En el número 46 el documento menciona muchos de los desafíos que la migración implican para la familia, como es la desintegración, el abuso y la explotación, el abandono de los niños, la marginación, etc. De otra parte el Papa invita a ver también los aspectos positivos que las corrientes migratorias pueden ocasionar, como es el enriquecimiento mutuo. Sobre este tema es difícil hablar de manera sintética, creo que es indudable que el fenómeno de las migraciones debe ser afrontado en la Iglesia con una pastoral específica y que la pastoral familiar en un país como México, donde se reciben tantos migrantes, y donde también tantos compatriotas emigran, no puede no reflexionar sobre ello para proponer un acompañamiento específico tanto a las familias que acogen inmigrantes, como a las que se dividen y separan a causa de ella.

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