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2. Providencia

“Providencia” es una palabra que utilizamos con cierta frecuencia. Sin embargo, interrogando a varias personas qué quiere decir, nadie lo sabía. Uno me contestó que era una colonia de Guadalajara, y es cierto, ahí vivían mis padres. Otro, que es el nombre de un club y de un equipo de futbol…, cierto, pero es mucho más.


La Providencia es fundamental en nuestra fe.


La “Providencia” ha sido considerada a veces como una simple prolongación de la actividad creadora de Dios, como la manera con que conserva, mantiene y desarrolla en la existencia todo lo que ha creado (Galot).

Según lo que reveló Jesucristo, la Providencia aparece en una perspectiva más amplia. Jesús la considera como la expresión de la bondad del Padre; no es solamente fruto de una actividad creadora, sino de un amor paternal. No es simplemente poder de gobernar, sino bondad que se despliega en el cumplimiento del designio de la salvación.

Nuestro Padre, ese Padre super chido, quiere que todos sus hijos se salven (coherederos del Cielo; decía Santo Tomás: “A las demás criaturas les dio como donecillos, a nosotros la herencia. Esto por ser Hijos”), y VA DISPONIENDO TODO para ello; todo: la vida y la muerte, la salud y la enfermedad, el amor y el desamor, la pobreza y la riqueza, el éxito y el fracaso…, todo. Pero alcanzaremos esa herencia, si queremos y ponemos los medios, porque somos libres.

Por esta Providencia se entiende, pues, la solicitud con que el Padre conduce el curso de los acontecimientos en el mundo y en cada existencia individual, atendiendo más particularmente a las necesidades de cada uno. En cierta ocasión nos dijo Jesús que evitáramos toda inquietud: “No se inquieten diciendo: ¿Qué comeremos? ¿qué beberemos? ¿con qué nos vestiremos? Esas son las cosas por las que se preocupan los ateos. Ya sabe su Padre celestial lo que necesitan” (Mt 6, 31-32).

De este modo comprendemos hasta qué punto el amor del Padre está concretamente presente en las realidades más humildes de nuestra vida cotidiana (en lo familiar, en los estudios, en la salud, en lo económico, en lo afectivo… hasta en lo deportivo).

El don más grande que nos ha hecho el Padre es habernos elevado a la dignidad de hijos (como al chavo adoptado) y haber volcado sobre nosotros el amor que lo une a su Hijo único Jesucristo, amor que nos va transformando en otros Cristos, hasta llegar a ser el mismo Cristo. Esta vida supone una transformación secreta de todo el ser humano y nos proporciona una riqueza espiritual inagotable.

La acción del Padre que responde a nuestras necesidades materiales se nos presenta con signos inmediatos. Las intervenciones de la Providencia atraen nuestra atención y a veces nos impresionan vivamente por su carácter manifiesto. Hay, por ejemplo, coincidencias tan inesperadas y tan afortunadas en sus resultados que difícilmente se pueden atribuir a la casualidad y reconocemos de buen grado en ellas la delicadeza de una bondad superior.

La ciencia no puede captar la realidad invisible de las intervenciones divinas. Es la fe la que reconoce la presencia y el amor del Padre en los acontecimientos y en las circunstancias. Jesús se quejó de la falta de fe de muchos de sus discípulos, fuente de continuas preocupaciones. Interpeló a sus oyentes como “hombres de poca fe” (Mt 6, 30). Deseaba sobre todo desarrollar su confianza en la bondad vigilante del Padre, a fin de eliminar todos los temores sobre las condiciones de vida.

En la Biblia se nos habla claramente de la Providencia de Dios. Por ejemplo, en el Salmo 145 dice: “El Señor es bondadoso con todos, a todas sus obras alcanza su ternura”. El profeta Ezequiel (34, 11-16) habla de la bondad de Dios que se manifiesta con todos; quiere ser el pastor de su pueblo y remediar todos sus males:

“Porque esto dice el Señor: yo mismo buscaré a mis ovejas y las apacentaré. Como un pastor cuida de sus ovejas cuando están dispersas, así cuidaré yo a mis ovejas… Las apacentaré en pastos escogidos… Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las llevaré al rebaño… Buscaré a la oveja perdida y traeré a la descarriada; vendaré a la herida, robusteceré a la flaca, cuidaré a la gorda y robusta…”.

Este pasaje arroja una gran luz sobre la naturaleza de la Providencia:

a) Se trata, en primer lugar, de un compromiso personal de Dios en la solicitud por sus ovejas, subrayado por el “yo mismo”. Este compromiso implica la actuación de todos los recursos divinos de quien quiere ser el pastor de su pueblo.

b) Su solicitud se extiende a todo lo que atañe a la existencia humana.

c) La acción divina está gobernada por una intención fundamental de bondad: “buenos pastos”.

d) Esta bondad recae más concretamente en las ovejas desventuradas, aunque Dios vela también sobre las ovejas sanas.

Habrá además que añadir que la confianza en la Providencia por nuestras necesidades no puede significar una prioridad por el BIENESTAR MATERIAL. Podría presentarse la tentación de mirar el bienestar material terreno como el primer objetivo que alcanzar. Al desvelarnos la bondad del Padre que se interesa por todas las necesidades humanas, Jesús no pierde de vista la jerarquía de los valores: “Busquen ante todo el Reino de Dios y lo que es propio de él, y Dios les dará todo lo demás” (Mt 6,33); cuando nos enseñó el Padrenuestro, la petición “Venga a nosotros tu Reino” precede a la del pan de cada día. La religión cristiana no puede convertirse en una religión en la que las preocupaciones por la prosperidad material o por la salud se conviertan en algo absoluto u ocupen un lugar dominante.

Descubrir los signos

Cada uno ha de tratar de descubrir personalmente los signos que nos dirige la Providencia en lo que nos acontece. Estos signos son más o menos evidentes:

- Los más impresionantes son los milagros.

- La coincidencia muy notable de circunstancias.

- Encuentros inesperados.

- Soluciones que se presentan de pronto a unos problemas que hasta entonces parecían insolubles.

- Socorros que parecen caer del cielo ante peligros terribles.

- Sucesos desgraciados que de pronto se vuelven afortunados.

- Situaciones que parecen indicar un plan organizado por una inteligencia superior.

- Preparaciones inconscientes para un acontecimiento que no se esperaba.

- Respuestas misteriosas a ciertos deseos.

- Advertencias cuyo acierto se revela luego palpablemente.

- Coincidencias en las que se descubre y admira una finalidad.

- Errores que acaban teniendo un feliz resultado.

Es importante recordar que estos signos de la Providencia se disciernen con los ojos de la fe. Por sí mismos, los acontecimientos no ofrecen la evidencia absoluta de su interpretación. Es la fe la que percibe a través de las circunstancias la intención de la benevolencia divina. “La Providencia de Dios nos conduce sin pausas, y no escatima su auxilio (con milagros portentosos y con milagros menudos) para sacar adelante a sus hijos” (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, 217).

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