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Mi papá es bien chido (1 de 3)

Introducción

En mis ya casi 30 años de sacerdote (gastados en gran parte en la atención de jóvenes y adolescentes), me he topado de vez en cuando con la necesidad de proporcionarles para leer unos párrafos, sencillos y claros, profundos y que pudieran provocar un buen terremoto interior, acerca de una magnífica realidad: son hijos de Dios, nada más y nada menos, HIJOS DE DIOS. Es decir, son lo máximo, la neta del planeta. Su padre, su papá es lo más chido que hay.


Dios es nuestro padre


Al no encontrar entre lo publicado nada semejante, me he decidido a escribirlo yo mismo. Este es el motivo del presente folleto, tan necesario cada vez más y más en las actuales circunstancias de la sociedad, en que millones de jóvenes sufren mucho, por distintas razones: familiares (divorcio o separación de sus padres, abandono del hogar, muchachos que nunca han conocido a su padre, alcoholismo, etc.), guerras, pobreza, crisis afectivas (noviazgos rotos, desilusiones, engaños, etc.), estudios truncados, metas inalcanzadas (académicas, de trabajo y de otros tipos), salud, y un largo etcétera que en definitiva produce muchas veces un vacío existencial y por tanto un vacío de Dios, de un Dios que no conocen, o que conocen mal, y que es el papá más chido.

Juan Pablo II en 1985 nos pedía a los sacerdotes que procuráramos estar con los jóvenes, “con cada una y cada uno, en medio de las pruebas y de los sufrimientos, de los que la juventud no está ciertamente exenta. Sí, a veces las ha de soportar pesadamente. Son sufrimientos y pruebas de diverso tipo; son desilusiones, desengaños, verdaderas crisis. La juventud es particularmente sensible y no siempre está preparada para los golpes que la vida conlleva. Hoy, la amenaza a la existencia humana a nivel de enteras sociedades, más aún, de toda la humanidad, produce justamente inquietud en muchos jóvenes” (Carta 31-III-85).

1. “Chido”

Por diversos motivos, muchísimos jóvenes hoy en día no captan lo que es un buen padre. El concepto “padre” no les dice mucho, o no les dice nada, o peor aún, les huele a algo negativo. Su experiencia de la “paternidad” está extraviada, perdida. Y, lógicamente, al trasladarlo, al querer aplicarlo a Dios, tampoco encaja. Por tanto, un primer paso que hay que dar es revalorizar ese concepto. Y hacerlo no con rollos inmensos, sino a la altura de los jóvenes del siglo XXI.

La palabra “chido” dice mucho (al menos en México). Lejos de sonar a algo vulgar, habla de algo muy bueno, buenísimo, estupendo, “cool” y no de algo “gacho” o “chafa”. Si se lo aplicamos a Dios, y en grado superlativo, vamos bien encaminados, por buen camino: podríamos entonces decir con verdad, mi padre, mi papá, es bien chido. Algo así hacía Jesús que utilizaba el nombre “Abba” (en hebreo) para dirigirse a su Padre del cielo. “Abba” no significa exactamente “Padre”. Se traduce más correctamente por nuestro “Papá”. Era el nombre que utilizaban los niños judíos en sus plegarias a Dios con gran familiaridad.

Leí una anécdota profundamente humana que, aplicada luego a Dios, nos puede ir acercando a la idea que trato de expresar:

“La sorpresa fue mayúscula. Tenía entonces el chavo 12 años. Era hijo único de un millonario de Nueva York. Andaba un día algo aburrido en la casa, y tuvo la idea de meterse en el despacho de su padre. Hurgando por los cajones del escritorio salió a la luz una colección de recortes de periódico, muy bien ordenados. Entre ellos leyó uno que le había llamado la atención: <<El millonario X (venía el nombre de su papá) adopta a un niño abandonado>>. Debajo de ese titular se explicaba, con pelos y señales, un hecho tan digno de ser noticia, como que un hombre muy conocido hubiera adoptado a un niño encontrado en la calle. El chavo examinó la fecha: hacía 12 años. Todavía no se había recobrado de la impresión, cuando entró su padre en el despacho. Le mostró el recorte.

Es fácil imaginar la perplejidad del padre. Al principio no sabía cómo reaccionar, pero enseguida superó la emoción que le embargaba. Tomó al muchacho en sus brazos, lo sentó junto a sí:

-En efecto, aquel niño eras tú, como pronto te has dado cuenta, y no te lo puedo ocultar.

El chavo comprendió perfectamente a su padre, y, lo que es aún más importante, lo quiso con más cariño a partir de aquel momento” (Drinkwater).

Pues bien, nos vamos acercando… Dios es para nosotros algo parecido (pero más, muchísimo más) a ese millonario. Nos ha adoptado (a partir de nuestro bautizo, cuando infunde en nosotros su propia vida, la gracia), nos ha dado su apellido, nos hace sus herederos, nos introduce en su familia… y estábamos tirados a media calle. Nuestro padre Dios es verdaderamente “cool”.

El 7 de enero de 1982, el Papa Juan Pablo II se reunió con miles de jóvenes en el estadio del Barcelona (Nou Camp) y les habló de esa realidad espléndida de ser hijos de Dios, una realidad novedosa que Cristo vino a traer al mundo, “enseñando a cada hombre que es hijo de Dios, redimido con la sangre del mismo Cristo, coheredero con Él del Cielo, destinado a una meta trascendente.

Sería la mayor mutilación privar al hombre de esa perspectiva, que lo eleva a la dimensión más alta que puede tener. Y que, en consecuencia, le ofrece el cauce más apto para desplegar sus mejores energías y entusiasmo (…).

Aquí se halla el fundamento del conocimiento en profundidad del valor de la propia existencia. El fundamento de nuestra identidad como cristianos. De ahí ha de derivar una actitud práctica coherente, hecha de estima hacia todo lo humano que sea bueno e informada eficazmente por la fe”.

En otras palabras, el Papa dijo que tener un papá tan chido es el cimiento firme donde habrá que apoyarnos siempre, sobre todo cuando aparecen las dificultades (las malas ondas, las malas vibras), y que no tenerlo en cuenta, sería como mutilarnos. Una mutilación corporal, como perder una mano o una oreja, podría sobrellevarse, pero una mutilación espiritual: desconocer que somos hijos de Dios o no vivir de acuerdo con esa realidad, no.

En uno de sus escritos, San Josemaría Escrivá de Balaguer (que sabía mucho de esto) enseña la misma realidad:

“El que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima” (Amigos de Dios, 26).

En cambio, quien se sabe hijo de Dios no debe temer. Dios conoce mejor que nosotros mismos nuestras necesidades reales; es más fuerte y es nuestro Padre. Cuando calamos más a fondo en ello, nos comportamos como el hijo del timonel de la siguiente anécdota:

“Un barco de vela se encontraba en medio de un auténtico huracán, traído y llevado por el fuerte oleaje. Los pasajeros se agitaban, gritaban aterrados. Tan sólo un niño seguía jugando tranquilamente en ese vaivén vertiginoso: era el hijo del timonel.

El buque logró salvarse, y los pasajeros preguntaron con curiosidad al niño cómo había podido estar tranquilo en medio del peligro, cuando ellos estaban espantados.

-¿Temer? -contestó el niño-. ¡Pero si el timón estaba en manos de mi padre!”(Tóth).

CONTINUARÁ

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