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Más allá de la excelencia empresarial: ¿A quién ayudo con mi trabajo?

El nuevo reto para los expertos en management se llama trascendencia

El trabajo y la dignidad humana

El mundo de la empresa avanza a ritmo imparable, no cesan de crecer las mejoras técnicas para la producción y la calidad de los productos. Los actores del mundo empresarial están obligados a innovar y ser creativos permanentemente; conocí una empresa de publicidad cuyo lema era “vender o morir”.

Hace casi tres décadas los gurús del management lanzaron el objetivo prioritario del “servicio”, que se convirtió en el eslogan casi obligatorio al que debieron adaptarse todas las empresas. Los clientes debían saber que el motivo fundamental de la empresa es servirle, hacerle la vida fácil; solamente sirviendo al consumidor se tiene derecho a tener beneficios. Los concursos y premios empresariales giraban en torno al concepto de servicio.

Como todas las ideas y eslogans sufren un desgaste con el uso, pronto hubo que encontrar un adjetivo sustituto del “servicio” que felizmente se encontró en la “calidad”. De manera que durante casi otro decenio la imagen corporativa de las empresas y el enfoque del trabajo de los empleados priorizó la calidad como colofón y nivel máximo del servicio.

También el concepto de calidad empezó a resultar repetitivo para la comunicación empresarial; de nuevo la imaginación de los dirigentes se puso en marcha para dar a conocer la imparable mejora empresarial; finalmente se encontró en la “excelencia”.

Cuando llegaron a esta fase, reconozco que me sorprendieron por su capacidad creativa y lo acertado del término. “Excelencia” que se refleja en todos los ámbitos de la gestión empresarial: trato al cliente, productos inmejorables, precios asequibles, cumplimiento de los deberes fiscales, amistad con el medio ambiente, solidaridad con los más necesitados, es decir, un sinfín de cualidades que reflejan la eficiencia y respetabilidad de una marca.

Me preguntaba cuál será el próximo escalón; a lo mejor ya lo han creado y no me he enterado. ¿Cuál puede ser el objetivo que sobrepase la excelencia?, ¿qué puede haber más allá?

Le di muchas vueltas y mi capacidad creativa no conseguía nada satisfactorio. Por ejemplo pensé en el concepto perfección, pero lo vi muy próximo a la excelencia y quizá un poco molesto y ofensivo por pretencioso.

Pensaba y le daba vueltas a esta cultura que hemos creado en la que todo está cercano, todo es inmediato, los consumidores somos exigentes y exquisitos, los productos y servicios que se nos ofrecen superan nuestra imaginación, nos creamos necesidades de cosas que ni habíamos pensado en ellas, tenemos al alcance una sobredosis de información para nuestras continuas elecciones. Barajé, también, la posibilidad del concepto de “superación” como posible continuador de la excelencia y también la idea de “progreso”; el trabajo es causa de progreso personal, empresarial y social.

De repente me vino a la cabeza un término que me hizo reír maliciosamente por dentro, pensando en lo incómodo que puede ser para las mentes materialistas y prácticas que suelen gobernar el mundo empresarial. Se trata de la “trascendencia”.

El trabajo que cada uno realizamos hoy, para nosotros, en un interés primordialmente personal, nos transciende por dos motivos: por una parte, ese trabajo, aunque no lo pretendamos, ni seamos conscientes, afecta y beneficia a los demás, no solamente ahora, sino también a las generaciones futuras. Por otra parte, ese mismo trabajo, aunque seamos aún menos conscientes, nos transciende porque está cumpliendo con el plan de Dios, que ha hecho al ser humano administrador del universo. Con el permiso y el querer de Dios administramos el universo entero aunque, por el momento, nuestros recursos vitales se encuentran solamente en este maravilloso planeta tierra calentado por el astro sol.

La economía es la ciencia que se ocupa de la administración de los recursos escasos; si no fueran escasos no sería necesario administrarlos, bastaría con consumirlos indefinida e indiscriminadamente.

Muchas bolsas de petróleo ya se han extinguido, las nuevas que descubramos también se agotarán, el óxido carbónico que enviamos a la atmósfera está alcanzando su umbral admisible, las especies naturales de animales y variedades vegetales las estamos sustituyendo por especies y variedades artificiales.

Considerado globalmente, la capacidad de producción es limitada, la oferta global se comporta como casi rígida porque los descubrimientos se encuentran después de aparecer las necesidades ineludibles e inminentes. El ama de casa, buena administradora, tiene su despensa preparada para los momentos de escasez; ya se ve que no somos buenos administradores de nuestro planeta, porque todos los días dejamos a muchos millones de personas sin comer.

En una de las muchas e ingeniosas frases escritas en la ventana trasera de un carro leí: “No soy el dueño, pero soy hijo del dueño”. ¡Bingo, correcto! el propietario, el dueño, es Dios. Él nos ha dado el perfil y las cualidades para administrar la tierra, estamos capacitados para ello. Con los recursos de este planeta, cada día tenemos que dar comida, agua y luz a seis mil millones de personas, sin contar la enseñanza, la salud, la vivienda y el vestido; y eso seguirá indefinidamente y en forma de población creciente.

Dios nos ha hecho administradores de este paraíso, aunque tendremos que “ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente”. Cada día que amanece y nos ponemos a trabajar, estamos perfeccionando la herencia recibida de Dios. En la entraña misma de todos los trabajos está diseñada la trazabilidad de la trascendencia: los demás y Dios.

Esa dimensión trascendente de las acciones humanas que incluye y supera el “servicio”, la “calidad” y la “excelencia”, es lo que imprime la dignidad que las personas y las empresas reflejamos en todas nuestras actividades. Es la dignidad de los “hijos del dueño”, la dignidad de todos los hombres, hijos de Dios.

Cuando una persona, o un colectivo empresarial, es consciente de esta verdad, se siente inspirada para trabajar con perfección y superación, y hacer que nuestro planeta se parezca un poco más al paraíso que Dios quiso para nosotros desde el principio.

Este fundamento y principio “altruista”, intrínseco del trabajo, se opone frontalmente al capitalismo sin autocontrol y “excluyente del otro”.

Siento mucho no encontrar una palabra más común que exprese el concepto de trascendencia. Les propongo a los creativos empresariales que piensen en ello. Eso sí, no me pregunten qué puede venir después de la trascendencia hasta dentro de unos años.

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