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Ciencia y Fe: dos caminos para acceder a la verdad, 25 siglos de unidad, 146 testimonios

1. Definición de ciencia, 2. Definición de fe, 3. Unidad entre ambos modos de conocer, 4. La cultura cristiana, 5. El artificioso rompimiento entre ciencia y fe causado por el racionalismo, a partir del siglo XVIII, 6. Un nocivo rompimiento que urge corregir, 7. 146 testimonios de unidad entre ciencia y fe, a lo largo de 25 siglos. 8. Conclusiones generales, 9. Literatura sugerida.

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México; SCAF, Ciencia y Fe, 02


4. La cultura cristiana

Entre todas las culturas hay una que cautiva especialmente: porque ha existido ya durante casi dos mil años, enfrentando toda clase de circunstancias sociales, económicas y políticas; porque se extiende por los seis continentes de la tierra, en todos los 269 países de la misma; porque informa la vida de niños, jóvenes, adultos y ancianos: hombres y mujeres de todas las condiciones sociales, de todas las condiciones intelectuales, de todas las razas: la cultura cristiana.

Actualmente, pertenecen a ella más de 1,100 millones de católicos, 225 millones de ortodoxos y 475 millones de otras confesiones cristianas: en total más de mil ochocientos millones de seres humanos. Es decir, más del 25% de la población mundial, que en el año 2011 llegó a siete mil millones.

Entre sus características esenciales está la de haber promovido con especial vigor la búsqueda de la verdad, tanto espiritual como material, asumiendo la esperanza y a la vez el compromiso que le señaló Jesucristo su fundador: “et cognoscetis veritatem, et veritas liberabit vos”(5). Y para buscar esa verdad, el cristianismo ha promovido de modo notable ambos conocimientos: el conocimiento científico y el conocimiento por la fe.

Aun durante las persecuciones del imperio romano contra los cristianos, iniciadas por Nerón en el año 64, los llamados Padres de la Iglesia comenzaron a producir obras con un notable rigor científico. Y finalizadas dichas persecuciones en el año 313, surgieron con mayor fuerza aún una pléyade de destacados intelectuales, que a la vuelta de los siglos serían calificados como Doctores de la Iglesia: los más renombrados son San Agustín obispo de Hipona (+430); San Ambrosio obispo de Milán (+397); San Jerónimo Sacerdote (+420) que tradujo la Biblia entera al latín: los 46 libros del Antiguo Testamento desde el hebreo y los 27 del Nuevo Testamento desde el griego koiné; y el Papa evangelizador de los bárbaros europeos, San Gregorio Magno (+604): 17 Doctores se cuentan del siglo IV al VIII.

Más adelante, se irían sumando otros 18 hasta llegar a 35 en la actualidad. Los más cercanos a nosotros son San Roberto Belarmino (+1621), San Francisco de Sales (+1622), San Alfonso María de Ligorio (+1787) y Santa Teresita del Niño Jesús (+1897). Todos ellos son conocidos su valiosa producción intelectual, notable por su amplitud y a la vez por su profundidad.

Durante la llamada Edad Media, miles de monjes, especialmente benedictinos, se ocuparon de copiar manuscritos de la ciencia griega y árabe, a fin de transmitir esa riqueza cultural a occidente. Nacen también en esta época las escuelas monacales, catedralicias y palatinas, que fueron preparando el lecho intelectual en el que, a finales del siglo XII surgirían los Studia Generalia y poco después las primeras Universidades. Pronto destacaría en Alemania el Doctor San Alberto Magno, y en París su discípulo Santo Tomás de Aquino. Todo esto preparó la riquísima eclosión intelectual del Humanismo y el Renacimiento científicos de los siglos XV, XVI y XVII. Es enorme la lista de sus distinguidos representantes. Me limito a mencionar a tres: Nicolás de Cusa, Leonardo da Vinci y Nicolás Copérnico.

Lamentablemente, también a partir del siglo XVI inician una serie de movimientos ideológicos subjetivistas que desconocen la unidad entre Ciencia y Fe, que desacreditan a esta última y que proclaman como única fuente de conocimiento la propia razón, sin admitir ninguna autoridad externa. Esos movimientos ideológicos desembocarán en el racionalismo del siglo XVIII, cuyos propagadores más conocidos son D’Alambert y Diderot, los creadores de la Enciclopedia.

Sin embargo, a pesar de todos esos avatares históricos e ideológicos, no han faltado numerosos pensadores de primera categoría que han mantenido su convencimiento de la unidad entre ciencia y fe y nos han dejado abundantes y luminosos testimonios de ese convencimiento. En un cuadro anexo enumero una breve relación de algunos de esos testimonios de destacados personajes, hombres de ciencia y a la vez hombres de fe.

5. El artificioso rompimiento entre ciencia y fe causado por el racionalismo, a partir del siglo XVIII

El siglo XVIII presenció cómo un conjunto de ideólogos que a sí mismos se consideraron “filósofos” marcaron la pauta del movimiento ideológico llamado “ilustración”. Su racionalismo profesado sin limitaciones negó todo valor al conocimiento fundado en la fe, llegando a poner en entredicho al propio cristianismo, religión revelada(6). Una de las manifestaciones de este ataque frontal contra la fe que había unificado Europa durante dieciocho siglos, fue el desprestigio de la llamada Edad Media y de la Iglesia (a las que se comenzó a tachar de oscurantistas) y la afirmación (nunca demostrada pero sí establecida como dogma racionalista) de una irreconciliable oposición entre la milenaria fe cristiana y la ciencia

Esa “oposición” inventada artificiosa y calumniosamente, puso como paradigmático ejemplo a Galileo Galilei, a quien se llegó a presentar como perseguido, encarcelado y aún condenado a la hoguera por la inquisición. Indudablemente, este gran científico sufrió severas incomprensiones como todos los innovadores, pero como lo han demostrado las más recientes investigaciones, él nunca encontró oposición entre su fe católica y sus hallazgos científicos que han venido a iluminar definitivamente el conocimiento de nuestro mundo. Cuando se estudia a fondo su vida y su obra, se concluye que, en realidad, es un hombre prócer que ha sabido integrar armónicamente una categoría científica de la máxima altura con una fe sincera y viva.

Así lo afirma él mismo, el 21 de febrero de 1635, siete años antes de morir, en carta a su amigo Nicolas-Claude Fabri de Peiresc: “Tengo dos fuentes de consuelo perpetuo. Primero, que en mis escritos no se puede encontrar la más ligera sombra de irreverencia hacia la Santa Iglesia; y segundo, el testimonio de mi propia conciencia, que sólo yo en la tierra y Dios en los cielos conocemos a fondo. Y Él sabe que en esta causa por la cual sufro, aunque muchos hayan podido hablar con más conocimiento, ninguno, ni siquiera los Santos Padres, han hablado con más piedad o con mayor celo por la Iglesia que yo”(7).

CONTINUARÁ…

NOTAS:

5) Evangelio del apóstol San Juan 8, 32: “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.

6) Cfr. J. Orlandis, El pontificado romano en la historia, Ed. Palabra, Madrid 1996, p. 218.

7) Citado en W. R. Shea y M. Artigas, Galileo en Roma. Crónica de 500 días, Ediciones Encuentro, Madrid 2003.

* Colaboración de la Sociedad Mexicana de Ciencias, Artes y Fe (SMCAF).

Colección "Ciencias, Artes y Fe en Búsqueda de la Verdad", publicados en Senderos de Verdad-1 (2013)

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