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La Aportación de José María Velasco al conocimiento de México, en el Siglo XIX (1)

1. Un mexicano enamorado de México. 2. Algunos aspectos básicos de la Estética. 3. Contexto histórico-artístico. 4. Semblanza de José María Velasco. 5. La obra del artista. 6. Consideraciones finales. 7. Fuentes y material en línea.

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México; José María Velasco, 01


1. Un mexicano enamorado de México

El avance tecnológico, científico y artístico del siglo XIX, tiene en México una figura muy destacada: José María Velasco, quien desde su profesión de pintor, maestro y científico, nos deja un acervo muy importante para conocer, desde la plástica, los paisajes de la zona central de la República Mexicana. Sus obras son auténticas muestras de lo que fue México en el siglo XIX: su orografía, botánica, zoología, tipologías...

Fue un mexicano que supo permanecer fiel a sus dotes de pintor y a su modo de ver la naturaleza, sin someterse a la presión de las tendencias mundiales de las escuelas de la época. Esta postura, lo lleva a observar el impresionismo y a mejorar los claroscuros en sus obras, pero solamente adopta lo que le parece sin dejar de ser él mismo. Por eso, es fiel a su visión espiritual de la naturaleza y, sobre todo, del paisaje mexicano. Ejemplifica en su trabajo la siguiente actitud: “... el artista, cuanto más consciente es de su «don», tanto más se siente movido a mirar hacia sí mismo y hacia toda la creación con ojos capaces de contemplar y de agradecer, elevando a Dios su himno de alabanza. Sólo así puede comprenderse a fondo a sí mismo, su propia vocación y misión”(1).

Sin embargo, no faltan algunos críticos que ven en su postura una actitud poco abierta a las tendencias de la modernidad.

Carlos Pellicer en sus Notas sobre Velasco, escritas en enero de 1956, expresa lo siguiente “oye el color, al ritmo plástico ocasionado por la distribución de los objetos bajo el imperio de la luz. Pintor de la luz, pausado sin dramas, disciplinado en una gran poesía”(2).

2. Algunos aspectos básicos de la Estética

La Estética es la parte de la filosofía que estudia la naturaleza de lo bello y el modo como el ser humano crea la belleza y se recrea en ella. Por eso es preciso delimitar la belleza y el arte o modo de plasmarla.

La belleza es la armoniosa proporción de la verdad y el bien en unidad, es un resplandor. Generalmente se percibe, en primer lugar, con los sentidos y de esa percepción surge el placer estético que invade también la dimensión espiritual del ser humano. Lo bello es amable con amor de benevolencia. Definir la belleza es un riesgo pues hay el peligro de dejar de lado aspectos importantes. Respecto a la belleza ni el sujeto que la disfruta puede decidir, ni el objeto mismo, sino ambos en cuanto se implican en una experiencia de participación inmersiva. Sin embargo, la belleza tiene una dimensión objetiva, de apertura y manifestación y, una dimensión subjetiva de recepción cognitiva y valorativa del objeto. Por eso, puede decirse que la belleza es aquello capaz de producir un sentimiento o placer estético. También, es aquello cuya contemplación produce placer.

La trascendentalidad de la belleza es absoluta pues hay una dialéctica entre la aparición de la forma estética y la profunda recepción que conmociona al sujeto. En la inteligencia desencadena una sugestión, en la voluntad un gozo expansivo y un afán posesivo y perdurable del momento de fruición. La contemplación estética consiste en un entrelazamiento de planos: se crea entre el sujeto y el objeto una interacción participativa. Además lo bello está comprometido con tareas creativas y, por tanto, difusivas. La belleza integra muchas dimensiones: la verdad, la bondad, la sensibilidad, la imaginación, la inteligencia, la voluntad, la originalidad, el ambiente, la intuición, la expresividad... Pero sobre todo, en la belleza se manifiesta la impronta de Dios en la creación.

El arte es un saber cómo hacer, extrínseco al hacer pero no independiente del hacer mismo. El mundo del arte pone en contacto con el mensaje profundo que un artista desea mostrar. Quien se acerca al arte sale enriquecido, se abre a una manera nueva de contemplar la realidad. Por eso, hace falta analizar los elementos de la composición para ver qué dice el autor, cuáles son sus intenciones y su mensaje. Luego surge la respuesta de quien contempla, se establece un diálogo en donde se aprende. Pero, también ese aprendizaje abre al lenguaje universal, al idioma de la belleza. Además, un artista puede crear lo que quiera, y eso nos puede llevar a pensar en Dios: el primero que ha hecho arte. Y cuando un artista plasma la naturaleza, doblemente nos refiere a Dios porque la naturaleza es la obra que el mismo Dios ha diseñado.

El artista es el hacedor de lo bello, y la belleza resplandece en la medida en que se encuentra vinculada con el bien. Por eso, el artista ha de moverse en el orden moral. Cuando alguien rompe con esta dimensión puede producir un efecto novedoso, desconcertante, incluso original pero solamente es una caricatura de una obra de arte. “La belleza –afirma Tomás de Aquino- siendo lo mismo que el bien se diferencia de él en que no tiene razón de causa final sino de causa formal. Esto significa que el bien se capta como constitutivo interno de algo determinado, en cuanto que la forma es el principio de determinación de lo real”(3). En el verdadero artista no cabe la vulgaridad, se trata de una persona cuya intuición le lleva a fijar en una obra una nueva manera de expresar la belleza 

NOTAS:

1) Juan Pablo II. Carta a los artistas, n. 1.

2) Schneider, Luis Mario. José María Velasco en la mirada de los poetas, en José María Velasco. Homenaje, p. 332.

3 Labrada, María Antonia. Estética, p. 95

CONTINUARÁ…

* Colaboración de la Sociedad Mexicana de Ciencias, Artes y Fe (SMCAF).

Colección "Ciencias, Artes y Fe en Búsqueda de la Verdad", publicados en Senderos de Verdad-1 (2013)

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