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¿Dónde está tu hermano?: Trato humanitario a migrantes (2)

La agenda es la dignidad de la persona humana

El hecho de que los fenómenos migratorios sean muy complejos, y que las soluciones a sus problemáticas requieran el trabajo consensuado y simultáneo de una gran diversidad de personas e instituciones, no nos exime de la responsabilidad de contribuir. Un prerrequisito indispensable para hacerlo es cambiar nuestra perspectiva hacia los emigrantes y refugiados, pasando de un enfoque defensivo, de miedo, de desinterés y de marginación, que en última instancia es manifestación de la “cultura del descarte”, a “una perspectiva basada en la cultura del encuentro”, la única que posibilitará que tengamos un mundo más justo y fraterno.


Por una cultura del encuentro


A su vez, este cambio de perspectiva que implica una modificación de nuestras categorías mentales, nuestros juicios, nuestro actuar y, en última instancia, nuestro corazón, sólo se verificará si mantenemos puesta nuestra vista en la dignidad inalienable de cada persona concreta. Como nos recordaba el Cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado del Vaticano, en su reciente participación en el Coloquio México – Santa Sede sobre movilidad humana y desarrollo:

“La dignidad de las personas no procede de su situación económica, de su filiación política, nivel educativo, pertenencia étnica, estatus migratorio o convicción religiosa. Todo ser humano, por el mismo hecho de ser persona, posee una dignidad tal que merece ser tratada con el máximo respeto. Más aún, el único criterio absolutamente válido para evaluar si una comunidad política cumple con su vocación de servicio al bien común, es precisamente éste: la calidad de su servicio a las personas, pero de un modo especial, a las más pobres y vulnerables”.

Partir del reconocimiento, promoción y defensa de la dignidad humana es lo que permite apreciar y valorar, en su justa dimensión, la contribución que la migración hace al desarrollo de los pueblos, así como la urgente necesidad de proteger a los migrantes y a sus familias de la segregación social, de la discriminación y de la explotación. Las sociedades en las que “los emigrantes […] no son acogidos abiertamente, sino que son tratados con prejuicios, como sujetos peligrosos o dañinos, demuestran ser muy débiles y poco preparadas para los retos de los decenios venideros. Por el contrario, aquellos países que saben ver a los recién llegados como elementos generadores de riqueza ante todo humana y cultural y, por tanto, que saben acogerlos debidamente; aquellas sociedades que hacen los pertinentes esfuerzos por integrar a los emigrantes, dan un mensaje inequívoco a la entera comunidad internacional de solidez y garantía que, en sí, generan aún un mayor progreso”. 

Si sabemos mirar el rostro de cada migrante “aprenderemos a encontrar una razón para afirmar que todos somos hermanos. En el fondo, aprenderemos a conocernos mejor nosotros mismos y surgirá el anhelo del cambio”.

Obispo de Querétaro

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