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¿Dónde está tu hermano?: Trato humanitario a migrantes (1)

Agradezco mucho su muy amable invitación para participar en este II Encuentro Nacional de Representantes Legislativos y Líderes Migrantes para hablar acerca de una preocupación humana y pastoral muy cercana al corazón de la Iglesia y al mío propio.


Difundir los derechos humanos


Desde que era Obispo de Matamoros, y ahora como Obispo de Querétaro, he podido constatar la pertinencia y urgencia de colaborar activamente con todos los sectores de la sociedad para ofrecer soluciones a las problemáticas vinculadas a la movilidad humana. Por esa razón celebro la realización de este tipo de encuentros que nos ayudan a crecer en el conocimiento del fenómeno migratorio, encontrando categorías comunes que nos facilitan ver la realidad de una manera más unificada, sensibilizándonos en la necesidad de cooperar entre todos de un modo más consistente.

Esto, como sabemos, es una tarea formidable. La migración es un verdadero “signo de los tiempos” que “hace resonar de nuevo con toda su fuerza las palabras de Jesús: ‘¿Cómo no sabéis juzgar este tiempo?’ (Lc 12, 57)”. La migración es un atributo de nuestras sociedades y de la globalización que, lejos de ser un hecho puntual o “emergente”, es una dimensión constitutiva de las dinámicas económicas y sociales actuales. Ésta nos desafía constantemente a dar respuestas individuales y sociales que ayuden a resolver las problemáticas de personas y comunidades concretas, pero que al mismo tiempo sean concordes con su fin trascendente, su dignidad y sus derechos fundamentales.

Esta búsqueda de soluciones se complejiza aún más si consideramos que ninguna persona, institución o país posee todos los recursos económicos, políticos, de información, de capital social o de legitimidad necesarios para solucionar los problemas relacionados con la migración. Sin la participación de los gobiernos, la sociedad civil y los mercados de las regiones involucradas, el trato humanitario a migrantes y transmigrantes no mejorará de manera sensible.

Esto implica que actores e instituciones sociales, políticos y económicos aprendamos a redefinir nuestros problemas individuales de manera comunitaria, y que identifiquemos nuestra necesaria contribución a la solución de los problemas de nuestra sociedad. En sentido estricto, no será posible resolver los problemas de la migración sin nuestra participación individual y de las instituciones de las que somos parte.

Algunas problemáticas urgentes

El hecho de que no todas las personas e instituciones colaboren creativamente en encontrar soluciones a las problemáticas de la movilidad humana, genera una realidad donde “se verifica la tensión entre la belleza de la creación, marcada por la gracia y la redención, y el misterio del pecado”. Como nos dice el Santo Padre Francisco en su Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2014.

El rechazo, la discriminación y el tráfico de la explotación, el dolor y la muerte se contraponen a la solidaridad y la acogida, a los gestos de fraternidad y de comprensión. Despiertan una gran preocupación sobre todo las situaciones en las que la migración no es sólo forzada, sino que se realiza incluso a través de varias modalidades de trata de personas y de reducción a la esclavitud. El “trabajo esclavo” es hoy moneda corriente.

El Papa Francisco continúa diciendo:

“Emigrantes y refugiados no son peones sobre el tablero de la humanidad. Se trata de niños, mujeres y hombres que abandonan o son obligados a abandonar sus casas por muchas razones, que comparten el mismo deseo legítimo de conocer, de tener, pero sobre todo de ser “algo más”.

“Es impresionante el número de personas que emigra de un continente a otro, así como de aquellos que se desplazan dentro de sus propios países y de las propias zonas geográficas. Los flujos migratorios contemporáneos constituyen el más vasto movimiento de personas, incluso de pueblos, de todos los tiempos. La Iglesia, en camino con los emigrantes y los refugiados, se compromete a comprender las causas de las migraciones, pero también a trabajar para superar sus efectos negativos y valorizar los positivos en las comunidades de origen, tránsito y destino de los movimientos migratorios”.

En estos vastos movimientos de personas se verifican muertes, violaciones de derechos humanos, trágicas separaciones familiares, y manifestaciones de racismo y xenofobia. En particular, merecen nuestra atención las “decenas de miles de niños que emigran solos, sin acompañantes, para escapar de la pobreza y de la violencia: ésta es una categoría de emigrantes que, desde Centroamérica y desde el mismo México, cruzan la frontera con los Estados Unidos en condiciones extremas y persiguiendo una esperanza que la mayor parte de las veces resulta vana. Cada día son más y más numerosos. Éste y otros problemas vinculados a la migración son una clara invitación a “globalizar la solidaridad, reconociendo, respetando, promoviendo y defendiendo la vida, la dignidad y los derechos de toda persona, independientemente de su condición migratoria”.

Obispo de Querétaro

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