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Cardenal Rivera Carrera: El aborto, el mayor destructor de la paz

El Cardenal Norberto Rivera Carrera afirmó que la vida es el mayor don de Dios, motivo por el cual “es triste” ver que ésta es deliberadamente destruida por la guerra, la violencia y el aborto.


Por la defensa de la vida


Tras reafirmar que hoy en día el aborto es el mayor destructor de la paz en el mundo, el Arzobispo Primado de México expuso que si una madre es capaz de matar a su propio hijo, “¿qué podrá impedirnos a ti y a mí matarnos recíprocamente?”.

Durante la homilía que pronunció en la Basílica de Guadalupe, con motivo de la clausura de la vigilia de oración y ayuno de 40 días por la Vida, el jerarca de la Iglesia Católica mexicana precisó que el único que tiene derecho a quitar la vida es quien la creó.

“Nadie más tiene ese derecho; ni la madre, ni el padre, ni el doctor, ni una agencia (abortiva), ni una conferencia, ni un gobierno. Me aterra el pensamiento de todos los que matan su propia conciencia, para poder cometer el aborto. Después de la muerte nos encontraremos cara a cara con Dios, Dador de la vida. ¿Quién asumirá la responsabilidad ante Dios por los millones y millones de niños a los que no se les dio la posibilidad de vivir, de amar y de ser amados?... Un niño es el don más grande para la familia, y para la nación. No rechacemos jamás este don de Dios”, argumentó ante los cientos de fieles que acudieron también a la bendición de las palmas.

A los jóvenes que participaron en la jornada de los “40 días por la Vida” –en clínicas abortivas de Iztapalapa, Coyoacán y la colonia Roma–, les dijo que han comprendido que no basta la compasión afectiva para acompañar a Cristo en su pasión que quiso padecer para darnos vida y vida en abundancia. “Ustedes acompañan al Papa Francisco que sufre por los niños que viven en condiciones que no son dignas y sobre todo por aquellos que incluso a veces ni siquiera les dejan nacer”, aclaró.

En su mensaje, los exhortó a seguir acompañando a San Juan Pablo II, que citaba con frecuencia a Santa Teresa de Calcuta: “Os hablo desde lo más íntimo de mi corazón; hablo a cada hombre en todos los países del mundo: a las madres, a los padres y a los hijos en las ciudades, en los pueblos y en las aldeas”.

La Pasión de Cristo no ha concluido

Acompañado del Cardenal Ennio Antonelli, presidente emérito del Pontificio Consejo para la Familia, el Arzobispo Primado de México indicó que cada uno de los asistentes a la Basílica “está gracias al amor de Dios que nos ha creado, y gracias a nuestros padres, que nos acogieron y quisieron darnos la vida”. 

El Cardenal Norberto Rivera hizo referencia también al pasaje religioso de la eucaristía, sobre la Pasión de Jesucristo, capítulo que trasladó a la época actual y que delineó en tres aspectos: la pasión física, la pasión espiritual y la pasión psicológica:

“La pasión física de Jesús la constituyen todos los dolores que padeció en su carne divina. Esta pasión continúa en los males físicos que sufre todo ser humano: el hambre de tantos hermanos nuestros, las enfermedades, las torturas, la falta de ropa y de vivienda.

“La pasión espiritual de Jesús la constituyen los sufrimientos morales que tuvo que padecer, también esta pasión se sigue dando en los miembros del cuerpo de Cristo: por la indiferencia religiosa que margina a Dios de la vida personal, por el desprecio de las leyes morales bajo el nombre de progresismo, por la manipulación de la religión con fines perversos, por el ateísmo teórico y práctico que rechaza a Dios en la vida pública.

“La pasión psicológica la componen todas las causas que hirieron la afectividad de Jesucristo: el sueño de los apóstoles y el miedo de los mismos, la traición de Judas y la ingratitud de su pueblo, esta pasión psicológica de Cristo se sigue dando en las traiciones a las mil promesas de amor, en los exilios forzosos de tantos emigrantes, en la orfandad de tantos hijos abandonados, todo esto constituye el largo viacrucis afectivo de Cristo por los caminos de la historia”.

Rivera Carrera concluyó, así, que la lectura de la Pasión no debe ser un mero recuerdo piadoso, sino una fuente de renovación cristiana, personal y comunitaria.

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