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Detener al agresor injusto en Irak

Ante la necesidad imperiosa de gente inocente que es masacrada exclusivamente por sus creencias, la pasividad ante el genocidio se torna culpable.

La dramática situación de Irak y Siria despierta grandes interrogantes en lo que a política internacional e intervencionismo se refiere, ¿dónde están los límites establecidos?, ¿se puede actuar interviniendo en los asuntos internos de un país extraño?, ¿bajo qué condiciones?


Urge la paz en el mundo


La doctrina moral clásica ha hablado siempre de las condiciones para que una guerra sea justa: agotar otros caminos, que la agresión sea injusta y grave, que haya serias probabilidades de éxito, no siendo peor el remedio –la guerra– que la enfermedad –los daños injustamente sufridos–, es decir, que exista una proporción. Sin embargo, este planteamiento supone una guerra entre países distintos, nada dice cuando se trata de intervenir en un país extraño, lacerado con una cruel guerra civil.

Sobre esta cuestión, tanto la Santa Sede como las Naciones Unidas han ido tomando cartas al respecto, pues tristemente se torna cada vez más frecuente la necesidad de intervenir, superando barreras que impone la soberanía de los Estados. Juan Pablo II, en 1992, en el contexto de la Guerra de los Balcanes, para intentar detener el genocidio étnico en la ex Yugoeslavia, habló de “injerencia humanitaria”, es decir, la necesidad de intervenir en un conflicto ajeno por un deber de humanidad, en defensa de los derechos humanos violados masiva e impunemente.

Años más tarde, en 2005, la ONU aceptó un principio similar: el de “la responsabilidad de proteger”, incluso usando las armas contra cualquier poder establecido que amenace con perpetrar genocidios, y Benedicto XVI, en su discurso a las Naciones Unidas del 2008, avaló tal principio. Todavía queda mucho camino por recorrer para aplicar con efectividad “el principio de la responsabilidad de proteger”, pues cuando se hace efectivo quizá hay ya demasiados muertos.

Francisco, por su parte, ha hablado de la necesidad de detener al injusto agresor, incluso con la fuerza de las armas. Es llamativo este llamado del Papa, pues lo acabamos de ver en un inusitado gesto de oración por el Medio Oriente apenas en junio. Una cosa no excluye la otra: es necesario orar, agotar todas las instancias diplomáticas, pero en determinado momento la necesidad imperiosa de gente inocente que es masacrada exclusivamente por sus creencias, sean cristianos, yazidíes o musulmanes que no comulgan con el Califato Islámico, no ofrece otra alternativa; la pasividad ante el genocidio se torna culpable.

El principio de intervención armada invocado por el Papa y que es acorde con la doctrina de la ONU sobre la “responsabilidad de proteger” al indefenso, requiere para su recta y eficaz actuación una serie de condiciones. Dos de ellas son principales: que no sea una sola potencia la que intervenga. Por eso, los obispos de la zona, tanto de Irak como del Kurdistán, han pedido una intervención conjunta de Estados Unidos, Unión Europea y ONU.

En realidad lo óptimo es que sea la ONU, ya que el caso contrario supone caer en el juego del Califato, que plantea su guerra como una cuestión religiosa; un problema entre los auténticos musulmanes y quienes no lo son, así como los cristianos y miembros de otras confesiones religiosas.

Por eso mismo, el segundo principio para que la intervención conjunta sea eficaz es contar con una clara y decidida condena de los actos perpetrados por el Califato Islámico realizada tanto por los países de mayoría islámica, como por las autoridades religiosas del Islam, de forma que quede claro que no es un buen musulmán quien utiliza blasfemamente el nombre de Dios que es Santo para matar.

En este sentido, el enérgico llamado lanzado por el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso comienza a tener respuestas: la Unión Internacional de ulemas Musulmanes ha condenado las acciones del Estado Islámico, diciendo incluso que “violan la sharia”. Por su parte, los imanes del Reino Unido han condenado como “herejes” a los yihadistas británicos. La Organización de la Cooperación Islámica, organismo que agrupa a 57 Estados de confesión musulmana, dice que las acciones delictuosas “no tienen nada que ver con el Islam”, y de modo semejante ha reaccionado la Unión de Organizaciones Islámicas de Francia.

No queda sino seguir rezando insistentemente por la paz y el fin de estos execrables crímenes.

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