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Dicen buscar el diálogo y clausuran los lugares donde en una democracia se debe dar: el Congreso de la Unión.
Para los radicales perredistas, cerrar calles, insultar al Presidente llamándolo “pelele”, gritarle en sus eventos, empujar a sus colaboradores y difamarlos, es libertad de expresión. Pero cuando alguien osa comparar a su líder con Hitler o Chávez, ponen el grito en el cielo, los acusan de antidemócratas y se hacen las víctimas.
A pesar de esas posiciones contradictorias, violentas e intolerantes de los radicales del PRD, que le quitan toda autoridad moral al partido, tienen el descaro de presentarse como los defensores del petróleo y, lo más triste, todavía hay quienes les creen.
Otra de sus incongruencias es que por cualquier campaña que critica sus actuaciones, exigen a sus autores que digan de dónde sacaron el dinero, mientras que ellos en ningún momento dicen ni transparentan de dónde obtienen los millones que gastan en movilizaciones, acarreos, publicidad y en mantener viva una campaña permanente de los radicales. Éstos viajan y organizan costosos mítines por toda la república y transmiten anuncios en radio y televisión.
El grupo radical no puede hablar de fraude en las pasadas elecciones presidenciales cuando los comete en su propia casa. No se puede hablar de pacifismo, cuando ejerce violencia contra quienes no están de acuerdo. No se pueden pedir cuentas a los opositores, cuando no dan cuentas de sus propias actuaciones.
* Profesor de Economía Política
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