José J. Castellanos
Finalmente, y después de muchos años de sufrimiento, ha partido a la Casa del Padre el Cardenal Ernesto Corripio Ahumada. Ahora alcanzará la paz que merece y que aquí no pudo alcanzar, pues le tocó purgar en vida por su querida Arquidiócesis de México, cada día más alejada de Cristo y más confundida.

Finalmente, y después de muchos años de sufrimiento, ha partido a la Casa del Padre el Cardenal Ernesto Corripio Ahumada. Ahora alcanzará la paz que merece y que aquí no pudo alcanzar, pues le tocó purgar en vida por su querida Arquidiócesis de México, cada día más alejada de Cristo y más confundida. Sus sufrimientos los ofreció por los fieles que gobernó como Primado de México y por los sacerdotes que también requieren muchas oraciones.

Impresiona saber que fue ordenado Obispo a los 33 años, el más joven de su tiempo. Estaba llamado a ocupar tres sedes arzobispales de gran envergadura: la de Oaxaca, la de Puebla, y de la Ciudad de México. En todas ellas dejó su impronta y gratos recuerdos por su bonhomía y mansedumbre, pero también fue firme y visionario. Como Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, cargo que ocupó varias veces, detonó en Dolores, Hidalgo, la transformación de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, sumidas en la simulación desde los arreglos con que se dio fin a la cristiada, y que culminarían con la reforma a la Constitución para dar reconocimiento jurídico a las iglesias, hecho que haría posible luego del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con la Santa Sede.

Quizá una recompensa por su labor, fue el hecho de que fuera él quien recibiera en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, al primer Papa que pisara suelo mexicano: Juan Pablo II. Sin embargo, en represalia por su liderazgo espiritual y su fina percepción para impulsar a los laicos para establecer nuevas condiciones de su presencia en el México del Siglo XX.

El Prelado fue espiado por las autoridades, fue físicamente agredido en su casa durante una curiosa incursión de “delincuentes”, y continuamente ofendido por jacobinos como el difamador Manuel Buendía, quien inventó el PECA (Partido Ernesto Corripio Ahumada) para incluir a todos aquellos que públicamente y en fidelidad a la Iglesia, pugnaban e impulsaban por las transformaciones constitucionales, políticas y sociales ya señaladas.

Tuve la fortuna de viajar a su lado a Polonia en 1987. Eran las postrimerías de la Iglesia del silencio en los países comunistas, con Solidarnosc en las catacumbas de la clandestinidad, pero en la vitalidad y la fortaleza de la Iglesia de Polonia que logró derrotar durante toda esa era vergonzosa a sus adversarios, al grado de cobijar en medio de la adversidad a Karol Wojtyla, hoy luminaria de la Iglesia universal como Juan Pablo II.

Acudió a la bendición de la Iglesia de la Virgen de Guadalupe en Laski, como correspondencia a la oración de los polacos por la Iglesia mexicana en los años de la persecución. Durante esa visita dialogó con el Cardenal Glemp, sucesor del valiente Cardenal Stephan Wysinsky. Visitó el campo de concentración donde murió mártir San Maximiliano Kolbe, y acudió a la Catedral de Cracovia. Llegó hasta la frontera de la URSS al monasterio donde se veneraba la imagen del Cristo de la Misericordia.

Fue ésa una experiencia inolvidable y aleccionadora.

Sus últimos años también constituyeron un sufrimiento moral al ser copado y aislado por algunos sacerdotes que se aprovecharon de su enfermedad para hacerse del control de la Curia, con grave daño para la misma y para el presbiterio, pues provocó una imagen equivocada en algunos, cuando en realidad era la víctima.

Con humildad ejemplar, varias veces intentó renunciar a su cargo, lo cual no fue posible. Y ya cuando le fue aceptada y se convirtió en Arzobispo Emérito, no dejó su diócesis y cuantas veces pudo, en medio de sus limitaciones y la enfermedad, acompañó a su sucesor, el Cardenal Norberto Rivera Carrera, en los sucesos principales de la Arquidiócesis. Quizá uno de los más emotivos fue la ceremonia de canonización de Juan Diego, causa que impulsó del Cardenal Corripio y que, finalmente, vio culminada.

Ha partido el Cardenal Ernesto Corripio Ahumada, a quien no sólo las arquidiócesis que encabezó le quedan en deuda, sino toda la Iglesia mexicana, pues gracias a su liderazgo surgieron cambios positivos que a todos, en correspondencia, nos toca aprovechar en el cumplimiento del llamado a la evangelización.


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