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Si es cierto que la forma de vestirse delata el interior de la persona, si aceptamos que la moda impone sus reglas y sus leyes (la mayoría fomentan la anorexia porque son tallas muy pequeñas y resulta difícil no encontrar trasparencias o escotes excesivos o estrecheces), y si dudamos de cómo debemos vestirnos porque no queremos ir contra corriente por no ser tachados de “noñería”, quizá podamos ser definidos como personas con falta de personalidad, o de buen gusto, o de opinión personal consolidada.
Optar por una belleza saludable puede consistir más o menos en esto: estilo propio y ecológico, búsqueda de la comodidad y del sentido práctico, y oferta adecuada a la edad, al tipo, y al trabajo u ocupación que cada uno desarrolle. Será saludable si nos sentimos bien con lo que llevamos, si podemos movernos sin problemas y sin convertirnos en un escaparate. El valor de la belleza hay que descubrirlo donde reside, es decir, en el interior de la persona, en el conjunto de la persona, porque se admire, no sólo se mire o se vea, lo que debe estar oculto por privacidad.
Dos películas conocidas nos han trasmitido este mensaje: por un lado, La Bella y la Bestia, esos dibujos animados repletos de ternura y colorido; y por otro, Mía Sarah, otra forma de hacer cine, muy saludable, y con vestuario actual y viable. Me atrevo a aconsejar a los diseñadores, a las firmas comerciales, a los empresarios de moda, que reflexionen en este tiempo de vacaciones, en este período de descanso mental, sobre esta acuciante necesidad de la sociedad. La mujer merece no ser manipulada, la mujer exige ser respetada en su dignidad, la mujer puede inspirar otro tipo de moda que la vista y no la desvista, pero hay que tener el coraje necesario para emprender esta aventura y luchar contra la corriente. Es posible conseguirlo, pero hay que intentarlo. En cuanto algún diseñador destaque por su innovación saludable, la sociedad bienpensante le seguirá y su realidad se convertirá en futuro. Espero que algún empresario recoja el guante y se tire sin paracaídas.
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