La conciencia. Cuando los expertos se equivocan. Parte II

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La conciencia es una propiedad, ciertamente sorprendente, de la persona humana. Si esto es cierto, entonces surge el deber moral de no juzgar a la persona humana de acuerdo a su estado actual de conciencia. Una alteración de la conciencia no es sinónimo de ser "menos persona", de ser una persona humana con menos dignidad.

Si la conciencia es un acto o la "inteligencia orientada a las cosas prácticas", entonces la relación, que establece Montalcini, entre conciencia, "yo" y libre albedrío resulta válida:

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"la conciencia puede conectar nuestras experiencias con los hechos, ya que nos permite comprender nuestra existencia como una entidad pensante, que nos hace responsables de nuestras acciones" (R. Levi-Montalcini, Abbi il coraggio di conoscere, p. 25).

Cabe precisar que esta misma definición tiene que ser integrada en una visión no reduccionista y materialista de la persona humana. De hecho, la misma neurocientífica italiana precisa que "en la actualidad aún no es posible entender la naturaleza del mecanismo mediante el cual los estados internos de conciencia se transforman en el proceso neuroquímico" (R. Levi-Montalcini, Abbi il coraggio di conoscere, p. 27-28).

En el contexto de los estudios médicos y científicos de neurociencia, el término "conciencia" se emplea para referirse a aquellos casos clínicos de daño cerebral en los cuales se reduce la "conciencia" hasta anularse.

También aquí cabe matizar algunas distinciones útiles. El 10 de noviembre de 2011 en la revista "The Lancet", Damian Cruse publicó un interesante estudio titulado: "Bedside detection of awareness in the vegetative state: a cohort study".

Considerando simplemente el resumen del artículo, se pueden derivar las siguientes distinciones terminológicas: "wakefulness" (vigilia)- "unaware of themselves or their environment" (conscientes de sí mismos o de su entorno) – "awareness" (conscientes de sí mismos y/o del medio ambiente circundante). Los "dos polos" del debate actual sobre los estados de conciencia son justamente el estado denominado "wakefulness" y el "awareness".

El primer caso emblemático que tomamos en cuenta se refiere al así llamado VS: "vegetative state". El estado vegetativo (EV) se define como un trastorno de la conciencia en el que hay vigilia sin ser consciente de sí mismo y del medio ambiente (vigilancia sin conciencia).

En general, los investigadores aceptan la distinción entre el contenido y los niveles de conciencia. Mientras los contenidos de conciencia se definen como experiencias subjetivas (por ejemplo, la sensación del dolor), los niveles de conciencia se clasifican objetivamente según una división en tres etapas de alteraciones de conciencia: el coma (C), el estado vegetativo (EV) y el estado de mínima consciente (EMC).

El criterio para discernir entre uno u otro de estos estados alterados de conciencia es la conducta: los pacientes diagnosticados como EV difieren de aquellos en coma porque los primeros mantienen el ritmo sueño-vigilia, es decir, se despiertan, a pesar de que ambos son considerados completamente inconscientes.

Los pacientes diagnosticados como de mínima conciencia "se cree", según lo declarado por el doctor Cruse en la revista "The Lancet" del 10 de noviembre de 2011, que tienen una conciencia fluctuante, intermitente, y se distinguen de los que se encuentran en estado vegetativo simplemente por la diagnosis de un observador externo, en la mayoría de los casos un médico.

Hay que destacar un problema científico importante: según lo indicado por Cruse y reportado en la literatura médica, en la actualidad se da un 43por ciento de casos en que se reclasifica el diagnóstico de estado vegetativo como estado de mínima conciencia

(C. Schnakers, A. Vanhaudenhuyse, J. Giacino, et al., "Diagnostic accuracy of the vegetative and minimally conscious state: clinical consensus versus standardized neurobehavioral assessment", BMC Neurol 9, 2009, p. 35; N.L. Childs, W.N. Mercer, H.W. Childs, "Accuracy of diagnosis of persistent vegetative state, Neurology" 43, 1993, pp. 1465-67; K. Andrews, L. Murphy, R. Munday, C. Littlewood, "Misdiagnosis of the vegetative state: retrospective study in a rehabilitation unit", BMJ 313, 1996, pp. 13-16).

Las recientes aplicaciones de las tecnologías de resonancia magnética funcional empiezan a poner seriamente en duda los diagnósticos de estado vegetativo.

El segundo caso emblemático comienza a ser conocido por el público por el hecho de que diversos opositores del así llamado "criterio neurológico de muerte" lo están convirtiendo en su "caballo de batalla". Se trata del caso clínico de Zach Dunlap.

El caso de Zach nos lleva al límite de los trastornos de la conciencia: la muerte. Definir los límites significa saber con certeza hasta qué punto la intervención humana puede ir, tratando de eliminar el riesgo de tocar posiciones aberrantes o peligrosa para la dignidad humana.

Zach Dunlap, de Oklahoma City, tenía 21 años, en marzo de 2008 cuando, después de un terrible accidente, fue declarado muerto después de dos escaneos del cerebro.

Las pruebas al Tecnecio "aseguraban" que no había flujo sanguíneo en el cerebro de Zach. Aparentemente el cuadro clínico cumplía todos los requisitos necesarios para diagnosticar la muerte cerebral.

Como sostienen los críticos del "criterio neurológico de muerte", después de 36 horas de "muerte cerebral", Zach fue preparado para la extracción de los órganos. Pero Zach se despertó. Así claman triunfantes muchos, incluso médicos.

Ciertamente, el triunfo de la vida está claro: Zach sigue vivo. Algunos hablan de "milagro", pero la ciencia misma nos dice cómo realmente ha ido el asunto.

Es muy sencillo: Zach no estaba muerto. Los parámetros evaluados resultan claramente insuficientes para un diagnóstico cierto de "muerte cerebral". No se tiene en cuenta la así llamada "penumbra isquémica" (en ingles: "ischemic penumbra").

En esta condición una zona cerebral donde algunas células, como resultado de una agresión hipóxica sostenida, entran en un estado de nulidad funcional, no pierde su vitalidad. La zona cerebral dañada no ha alcanzado todavía el estado de muerte cerebral. (H. Bart van der Worp, J. van Gijn, Acute Ischemic Stroke, NEJM 357, 2007, pp. 572-579). Según los datos científicos el caso Zach Dunlap resulta obviamente un diagnóstico incorrecto.

El tercer caso emblemático se refiere a la así llamada síndrome "lock-in". Este estado corresponde clínicamente a lo que pasó a M. Noirtier de Villefort, el personaje de A. Dumas en El conde de Montecristo imposibilitado de hablar o mover su cuerpo, que solo podía comunicarse a través de los movimientos de sus ojos.

Esta dramática descripción corresponde al cuadro neurológico clásico de lo que se conoce como "locked-in síndrome", término acuñado en 1966 (F. Plum, J.B. Posner, "The Diagnosis of Stupor and Coma", FA Davis Co, Philadelphia 1966).

Estos pacientes se presentan como si fueran completamente inconscientes, mientras que, en realidad, están conscientes aunque encerrados en su mismo cuerpo.

¿Qué consideraciones antropológicas y éticas se pueden sacar de estos casos emblemáticos?

Hay que reiterar un principio sencillo, pero a menudo tenido poco en cuenta a la hora de juzgar ciertas situaciones: la reflexión filosófica debe estar fuertemente arraigada en la realidad, so pena de hacer filosofía en un sentido abstracto.

En segundo lugar, estos casos nos presentan claramente la distinción que hay entre el ser humano y la conciencia. No existe identidad entre los dos. La persona humana es algo más que su propia conciencia. La conciencia es una propiedad, ciertamente sorprendente, de la persona humana. Si esto es cierto, entonces surge el deber moral de no juzgar a la persona humana de acuerdo a su estado actual de conciencia. Una alteración de la conciencia no es sinónimo de ser "menos persona", de ser una persona humana con menos dignidad.

Hay que distinguir dos esferas separadas: la del "ser" y la del "actuar". La persona humana se encuentra en la primera esfera, siendo una sustancia individual de naturaleza racional, como diría Boecio; mientras que la "conciencia" es la expresión de ciertos rasgos que brotan de la persona misma.

Sin tener claros estos principios antropológicos y éticos, se puede caer fácilmente en la arbitrariedad.

Las mismas evidencias neurocientíficas necesitan siempre de la interpretación por parte de un ser humano (médico, técnico, etcétera). Al interpretar los resultados de electroencefalografía y de imágenes funcionales de resonancia magnética, es necesaria mucha prudencia y equilibrio. La experiencia humana, simplemente por ser tal, es decir, "humana", se caracteriza siempre por una riqueza y complejidad sin medidas.

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