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Con ocasión del 90 aniversario de la Encíclica "Rerum Novarum" del Papa León XIII, el ahora Beato Juan Pablo II publicó la carta Encíclica "Laborem Exercens" (14-IX-1981) en el que incluyó un sugerente capítulo titulado: "Elementos para una espiritualidad del trabajo".
Jesús: "el hijo del artesano"
En él nos hace considerar que Jesucristo pasó la mayoría de sus años sobre la tierra trabajando como artesano, oficio aprendido de San José, en un pequeño taller del poblado de Nazaret.
Ya desde el primer capítulo de la Biblia, se nos narra que Adán fue colocado en el jardín del Edén "para que lo trabajara y lo guardara" (Génesis 2,15).
El Romano Pontífice nos presenta al trabajo como participación de la obra del Creador. Afirma que el trabajo humano es voluntad expresa de Dios. Su dignidad se funda en la misma dignidad humana, y ésta en la creación del hombre por Dios, a imagen y semejanza.
En el trabajo se encuentra algo de esa imagen y semejanza que el hombre tiene con Dios. Se puede decir que el trabajo es para el hombre lo que la Creación es para Dios (cfr. Laborem Exercens, No. 25).
La actividad humana tiene una triple dimensión:
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Ayuda al hombre a desarrollar sus facultades;
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Contribuye al continuo progreso de las ciencias y de la técnica;
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Es un elemento fundamental para la elevación cultural y moral de la sociedad.
Por trabajo se entiende cualquier actividad humana –honrada- que el hombre procura para su sustento. En este sentido, podemos afirmar que no hay oficios o profesiones de segunda o tercera categoría sino que todos los quehaceres son igualmente aceptables y dignos a los ojos de Dios.
¿De qué depende entonces la calidad sobrenatural de esa labor? Del amor de Dios que se ponga al realizar el trabajo cotidiano. Esto es lo que en Teología Moral se suele denominar como la rectitud de intención.
Dicho en otras palabras, es la permanente actitud de buscar agradar y dar gloria a Dios a través del trabajo bien hecho y terminado lo mejor posible.
De esta manera, dentro de las más variadas actividades de las mujeres y los hombres sobre la tierra, se abre un insospechado horizonte cuyo ejemplo nos lo puso el mismo Cristo como Modelo a seguir y mostrándonos que el trabajo puede y debe ser un camino de santificación en medio del mundo.
El trabajo: camino de perfección humana y espiritual
Estos conceptos me recuerdan una feliz expresión de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, que lo resumía así: "Santificarse con el trabajo, santificar el trabajo y santificar a los demás con el trabajo".
Porque en el trabajo ofrecido cara a Dios se viven las virtudes teologales (la fe, la esperanza y la caridad) así como las cardinales (la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza).
Como una consecuencia lógica de esa primigenia intención, se procura que sea intenso, ordenado, eficaz, con espíritu de iniciativa y responsabilidad y, a la vez, terminado con perfección.
Cualquier actividad humana noble, por ende, es santificable. Así un profesionista puede realizar un trabajo grato a Dios si busca realizarlo humanamente bien hecho y para la gloria de su Creador.
De la misma forma, sus deberes como esposo y padre de familia son campos propicios de santificación, a la vez que sus responsabilidades sociales.
También sus horas de sano esparcimiento y diversión, para recuperar sus fuerzas después del esfuerzo por el trabajo realizado, se pueden convertir en actividades agradables a Dios.
En esta Encíclica, el Beato Juan Pablo II nos presenta una nueva dimensión del Nuevo Testamento, que él llama "El Evangelio del Trabajo". ¿A qué se refiere concretamente? A que, si observamos detenidamente los textos sagrados, Jesús es un hombre trabajador que se dirige, a través de sus enseñanzas y parábolas, a personas que laboran.
Por ejemplo: el trabajo del pastor, del labrador, del médico, del sembrador, del dueño de la casa, del administrador, del pescador, del comerciante, del obrero, del hortelano, del ama de casa en sus quehaceres habituales…
El Papa recoge, también, las recomendaciones del Apóstol Pablo cuando exhorta a todos a trabajar y que ninguna persona permanezca ociosa: "El que no quiera trabajar, que no coma" (2 Tesalonicenses. 3, 10).
En otro pasaje, vuelve a mencionar al Apóstol de los Gentiles cuando anima a que "todo lo que hagáis, hacedlo de corazón como obedeciendo al Señor y no a los hombres, teniendo en cuenta que del Señor recibiréis por recompensa la herencia" (Colosenses 3, 23-24).
El planteamiento de fondo que Jesucristo nos hace con su vida y sus enseñanzas evangélicas tienen como punto medular aquel mandato divino suyo: "Sed perfectos, como vuestro Padre Celestial es Perfecto" (Mateo 5,48).
El trabajo, pues, es sinónimo de esfuerzo, de superación personal, un lugar de encuentro con Dios, de colaboración solidaria con los demás compañeros y colegas, a la vez que un medio de sustento y de bienestar social.
El Señor conoció también el cansancio y la fatiga en su cotidiano trabajo manual. Pero, sin duda, Cristo nos enseñó –con su elocuente ejemplo- que ese quehacer era parte de la Redención del género humano.
Dicho en otras palabras, aquel esfuerzo físico, constante e intenso, por sacar adelante económicamente el hogar de Nazaret, era ya un anticipo de su Cruz salvadora.
De la misma forma, una invitación a las mujeres y hombres de todas las épocas, a unirse en la labor de Co-Redención, mediante ese trabajo bien realizado: "En el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros" (Laborem Exercens, No. 27).
El trabajo es, pues, una verdadera vocación. Esa actividad humana rectamente ordenada a Dios, nos dice el Papa, merece aquellas palabras del Señor: "Enhorabuena, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu Señor (Mateo 25,21).
La actividad humana: ocasión de compañerismo y solidaridad
Otra idea en la que el Beato Juan Pablo II insiste particularmente es en que debe de existir una mayor solidaridad entre los hombres en sus respectivos trabajos, así como una ayuda mutua entre patrones y obreros para lograr condiciones laborales dignas y salarios cada vez más justos.
El trato frecuente entre colegas y compañeros de trabajo ofrece infinidad de oportunidades para ayudar a que los demás también se superen profesionalmente, para servirles en sus diversas necesidades y que descubran la dimensión trascendente de su trabajo.
Hace también énfasis en que hay que crear una nueva cultura laboral cuya principal finalidad sea el desarrollo de una humanidad madura y bien preparada para trabajar.
Llama a una colaboración internacional para que los países más desarrollados materialmente salgan en ayuda de los países con mayor pobreza, desempleo y que sufren crisis económicas.
En definitiva, concluye el Papa que el trabajo humano debe promocionar la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad, uniendo el trabajo a la oración, sabiendo que su actividad no sólo contribuye al progreso humano sino al desarrollo del Reino de Dios.
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