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La persona, además de poseer una dimensión intelectiva, posee una dimensión afectiva y volitiva. La razón cubre todos estos elementos, porque el ser humano no es una estructura hecha de partes sino que es un todo integral. Normalmente se suelen hacer juicios maniqueos, pero la persona no es una lucha de dimensiones ontológicas. La persona es un espÃritu concreto, en una carne particular.
La persona no sólo es razón para las matemáticas, ni voluntad para satisfacer sus pulsiones, mucho menos afectividad para el mero sentir. La persona es una unidad, iluminada por sus dimensiones; ciertamente la razón y la voluntad ocupan un lugar privilegiado, aunque no por ello la afectividad deja de ser sumamente importante. Sin embargo, si la persona es una unidad ¿esto quiere decir que puede haber una "inteligencia" de las "emociones"?
Durante mucho tiempo, se consideró que la persona era distinta de los demás "entes" del cosmos, porque su razón o el "logos" le brindaba un peso diferenciador; mientras que la afectividad o el "pathos" era la parte que "compartÃa" con los animales. Aristóteles era de esa idea. No obstante, tal idea se sostenÃa, porque la afectividad se reducÃa a su papel meramente pasional, mientras que no se veÃa todos los alcances que podÃa alcanzar.
En estudios recientes, se ha analizado mucho el papel de la afectividad y su adecuado funcionamiento. Entre ellos, el filósofo Von Hilderbrand ha destacado el papel de la afectividad, no como mera recepción de impulsos o estÃmulos sino como vivencias intencionales. Esto quiere decir que la afectividad humana no se manifiesta de la misma manera que la afectividad animal.
El hombre es capaz de reverberar, de forma profunda, ante una obra de arte o ante un acto de compasión, mientras que un animal no lo puede hacer, porque no hay aquella estructura personal que se llama "yo". La persona es capaz de sentimientos espirituales porque su ontologÃa es personal.
No obstante ¿qué es aquello que se conoce como "inteligencia" "emocional"? A primera vista, ambos términos podrÃan parecer contradictorios, porque la razón no es compatible con las pasiones. Pero como el ser humano es un ser integral, las dimensiones de la persona están interrelacionadas.
La persona es capaz de iluminar con su inteligencia las dimensiones de su ser, por ejemplo, la voluntad no sólo es aquella consecución de deseos, sino que inteligentemente puede escoger lo mejor para ejecutarla a través de su libertad. La afectividad, entonces, no sólo es aquella dimensión donde la persona "siente" el mundo a través de su yo, o incluso donde sólo siente su mera subjetividad. La persona es capaz de integrar esta dimensión a otras más profundas.
No obstante, un claro efecto de la dimensión afectiva es que muchas veces no se controla lo que se siente, pero aún asà se le puede dar un camino adecuado, con la ayuda de la razón y voluntad. Esto es importante porque, desgraciadamente, muchas veces no se educa la afectividad. Sólo se busca sentir y dejarlo pasar; se educa la inteligencia y quizá la voluntad, sin embargo, uno dimensión olvidada es la afectividad. En el caso de muchas familias, incluso hay padres que, por no tener una adecuada educación afectiva, no se la transmiten a sus hijos, causando muchos problemas familiares, escolares o hasta incluso sociales.
"En forma paradójica, mientras que cada generación de niños parece volverse más inteligente, sus capacidades sociales y emocionales, parecen estar disminuyendo vertiginosamente. (Shapiro, 2008; pag.39)" Ciertamente podrá haber mucha discusión en torno a los términos de la "inteligencia emocional", pero no cabe duda que es importante educar la afectividad, tener sentimientos ordenados y saberlos conducir. En efecto, como muchos enseñanzas, estas se aprenden en la familia y se pueden reforzar en la escuela o en otras instituciones o agentes educativos, etcétera.
La inteligencia no se agota en la abstracción matemática, abarca a la persona para su plena realización en donde, además, la voluntad aporta su determinación. Por lo tanto, no soy responsable de lo que siento, sino de las acciones que realizo con lo que siento.
BibliografÃa: Shapiro E. Lawrence (2008). La inteligencia emocional de los niños. Ed. B Argentina.
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