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No ocuparé espacio en ello, porque se me va la lengua y acabaría hablando de los bellos momentos, lugares y personas que me forjaron como lo que soy; pero sí diré unas líneas simples que pueden evocar mucho: en esos días uno podía dejar el auto con el vidrio abajo y la chapa de su casa sin botón, mis amigos les llamaban a mis padres "tíos" y yo podía salir del Tec a las 3:00 de la madrugada a pie sin ningún problema.
Algo sucedió en el camino que de pronto los regiomontanos despertaron atrincherados, secuestrados y completamente presa del pavor, del desconcierto y la desconfianza. Si ese Cerro de la Silla hablara, seguro estaría sin palabras hoy.
Yo llegué a amanecer en las ruinas de Fundidora Monterrey, filmando con cinco niños y dos docenas de jóvenes universitarios, extasiado del sol naciente y sabiendo que pertenecía a una ciudad a la que le importaba mi futuro. Ahora, al parecer, a nadie le interesa nadie.
No hay excusa para los asesinos, maleantes y corruptos. Sólo puedo condenarlos hasta el fin de sus días. Y permítanme ser regionalista por un momento: no tienen madre por escupir, patear y barrer a la gente que habita a esa ciudad que ustedes en algún momento del día dicen amar.
¿Cómo pueden ustedes llenar la Macro Plaza cuando los Rayados son campeones, compartir mesa los domingos comiendo cabrito después de salir de misa o comprar carbón en el súper al lado de quienes en algún momento planean lastimar por obtener poder y dinero?
¿Cómo se dicen regios, sin saber que en esa palabra hay una ciudad entera y no sólo su banda, compás, carnales y familia?
Desde que prendo la radio temprano esperando no escuchar malas noticias de casa, mi ciudad, me pregunto todos los días: ¿Por qué Monterrey cayó en esta violencia brutal?
La única respuesta que brota una y otra vez es que la ciudad se ha deshumanizado. La vida no vale lo que antes. Las familias se han acuartelado, el gobierno hace lo que quiere y la prensa, en el mejor de los casos, guía a los ciudadanos a no ir a los sitios donde están sucediendo las balaceras. Todo es un fatídico circo.
Mi terror está en esas balas perdidas, que encuentren blanco en quien no la debía ni la temía, en esos vecinos que conocí o en la comunidad de desconocidos que bien nos hacían abrazar mis profesores Lasallistas como orgullosamente regios: obreros, amas de casa, trabajadores, emprendedores, vendedores, etcétera (uno con 12 años de edad podía salir con permiso de la escuela a pedirles donaciones para la Kermés de la escuela a todos ellos).
Si hay algo que me encantaría hacer es poder viajar al pasado, pero con el conocimiento que tengo ahora y un videocasete repleto de imágenes de los noticieros de hoy.
Tal vez con lo anterior, el empresario se atrevería a en verdad apostar más por los valores humanos y no por una cultura interna de "trabajo y ahorro" (con fines de sólo concebir bienes materiales para la felicidad); los padres de familia por alentar a una educación en las artes y no solamente en que lo máximo es tener un negocio ($); un librero en casa de un regio y la exigencia a leer no vendría mal, tampoco el que las conversaciones hablaran de los mexicanos de centro y sur (sin tacharlos de mantenidos o de flojos o socialistas).
Las señoras de San Pedro Garza García podrían poner bibliotecas o centros de eventos culturales (en vez de estar al pendiente de las baratas en McAllen o Laredo); buscaría que los jóvenes criticaran más al gobierno por no tener acción social y que en carnes asadas no se hablara más sobre quién tiene qué o qué se debe comprar para estar a la moda.
Algo de lo anterior tuvo que haberse clavado en la espina de la sociedad regia y con el tiempo se pudrió. No entiendo por qué el crimen encontró, cual cáncer, tan buen sitio para germinar.
Perdón mis paisanos, pero si queremos un cambio, tenemos que empezar por la autocrítica. Por mucho tiempo he querido escribir, pero no lo he hecho por temor al "tú ya te fuiste de aquí". Sí, me fui de Monterrey físicamente, pero lo amo por esos 22 años de estar bajo su sol.
Preocupado estuve desde que vi esos casinos (¿necesita tantos?) instalarse en toda la ciudad. ¡Sólo eso faltaba! Lugares donde se fomente dónde apostarlo todo por una salida rápida y económica. ¿Por qué permitieron eso?
Monterrey es grande por su deporte, por su espíritu emprendedor, por creerse que puede ser ciudad de primer mundo (¡en muchas cosas lo es!), por sus universidades (aunque ¿por qué nunca ha existido una comunidad universitaria de innovación, retos, sueños, cultura?, como en Austin, Chicago o Barcelona, con tantas instituciones educativas que sean parte de las conversaciones familiares y tengan la libertad de criticar al estatus quo de las familias empresariales).
También, la ciudad es magnífica en su lenguaje de negocios, en su modernidad y en desear mantener a la familia unida.
Y claro, desde que tengo uso de razón, hay muchos regios que han querido un cambio de consciencia y manera de hacer las cosas. Pero seamos francos, esas voces no se escuchan, porque como regiomontanos queremos seguir el librito del cómo debe vivirse y para qué debe vivirse.
Basta saber que por muchos años, un regio, regio, sólo leía el mismo periódico que sus vecinos, compañeros de trabajo y de transporte privado o público.
Comencé esta columna con la pena en mi corazón de lo que hoy está metido en Monterrey, de las fuerzas oscuras que la rodean, pero no habrá cambio hasta que el paciente desee sanar. Es decir, en mi opinión, hasta que se de cuenta que la medicina no es sólo más policías y cárceles llenas.
Monterrey, cual ciudad adolescente, debe darse cuenta que es tiempo de reclamar su sitio entre las grandes urbes. Que lo que pensaba era verdad absoluta, ahora no lo es tanto. Monterrey debe ser más humilde que nunca. Monterrey debe atreverse a pedir ayuda.
Y no me refiero a ayuda económica, sino a la experiencia de ser mexicano. A poder crecer más sensible a los problemas sociales, cotidianos. A que no está bien tener una colonia con índice per cápita cual estadounidense y al lado terrenos baldíos y obras negras con centenas de obreros que jamás verán terminadas sus casas.
No soy partidario de ningún partido político. Mi pensar tiene que ver con incongruencias, que toda persona o ciudad tienen derecho a tener, pero también a superar. Monterrey debe darse cuenta que necesita al resto del país y los demás deben saber que esa ciudad no puede estar sangrando más, por el bien de la nación.
Es tiempo de despertar. Es tiempo de ser norteño más que nunca y empezar una revolución del pensamiento. Es tiempo de ser hijos de la Patria y pedir ayuda, como también de abrazarnos como hermanos, siendo solidarios en las malas y cazar a aquéllos que sólo deseen nuestra aniquilación.
Como siempre, los valores gestados en la familia, abanderados por el amor al prójimo, debe ser lo que nos dé el camino a seguir. Si el vecino está en pena, nosotros también debemos estarlo.
Amo a Monterrey y hoy lloro por él. El mañana que soñé como muchos, no podrá existir hasta que estemos incluidos todos. Empecemos de ya, a cambiar lo más inmediato que tenemos: nosotros mismos.
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