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El partido dejó claro, además, que el músculo que tiene se explica, en buena medida, por la estructura partidista repartida por el territorio nacional.
Era previsible la victoria del PRI al menos en el Estado de México y en Coahuila. En Nayarit la contienda parecía más reñida, tanto que se apostaba por un empate técnico entre PRI y PAN. Al final no fue así y el PRI se hizo también de la gubernatura de aquel estado. Pero veamos cada uno de los casos de forma particular e intentemos proyectar las implicaciones de estos resultados con miras a la elección presidencial de 2012.
La clave de la victoria del PRI en el Estado de México, ya lo hemos dicho, fue el acierto de Enrique Peña Nieto al elegir a Eruviel Ávila como el candidato tricolor. A pesar de la fuerte inclinación que tenía el gobernador por Alfredo Del Mazo y de que Eruviel Ávila ya mantenía conversaciones con Manuel Camacho en caso de no ser elegido candidato, la lógica se impuso y con ella el PRI.
Mientras tanto, PAN y PRD borraron cualquier posibilidad de alianza y emprendieron su camino de forma independiente. La gran apuesta era captar al precandidato priísta más aventajado y rechazado por su partido para encabezar la coalición. Esto fue leído por Peña Nieto, quien no dejó a nadie en el camino y, con la disciplina priísta de antaño, supo captar a los inconformes. Así, Luis Felipe Bravo Mena –sin dinero y con escaso apoyo del partido– y Alejandro Encinas –sin consistencia ni financiamiento– firmaron lo que pudiera representar el ocaso de su carrera política.
El mensaje de PAN y PRD parece grave: a pesar de mantenerse en la oposición, han sido incapaces de generar políticos jóvenes, al menos en el Estado de México, para ser competitivos ante la maquinaria priísta. Tan es así que los candidatos que compitieron hace 18 años por estos partidos fueron nada menos que los mismos. El PRI, en cambio, ha sabido acordar entre las cúpulas de poder en la entidad. La victoria del 3 de julio es la muestra más clara de ello.
El caso de Coahuila es ilustrativo. Los Moreira se han hecho del poder –de la mano de la poderosa Elba Esther Gordillo y con evidente apoyo del magisterio, pues forman parte de él– y lo han administrado de tal forma que está por comenzar el segundo mandato de esta familia en la entidad. Así de eficaces son los Moreira.
Humberto Moreira –el mismo que el pasado 21 de marzo, en el recuerdo que el PRI hizo de Benito Juárez, pidió la ayuda de sus hermanos masones para revertir las políticas sociales del presidente Calderón– dejó el gobierno de Coahuila tras haber incrementado en tres mil millones de pesos la deuda pública. Además, un amigo cercano y colaborador de Humberto Moreira, Vicente Chaires Yáñez, fue señalado como su prestanombres en múltiples transacciones en materia de telecomunicaciones y bienes inmuebles.
Con la fuerza del aparato del gobierno estatal y luego de haberse hecho a un lado oportunamente, Humberto Moreira impulsó a su hermano Rubén para obtener la candidatura del PRI a la gubernatura. El nepotismo como característica de la nostalgia que hay entre la clase política por las prácticas del viejo sistema. Y pues nada nuevo: ganó el PRI con una diferencia de más de 20 puntos frente a Guillermo Anaya, del PAN.
En Nayarit, a pesar de la fractura de la relación entre Ney González y el candidato el PRI, Roberto Sandoval, el PAN se quedó una vez más a unos cuantos puntos de vencer al priísmo en la entidad. Y es que sucede que Martha Elena García Gómez, candidata el PAN, ex perredista, panista afiliada por segunda vez y esposa del ex gobernador de Nayarit, Antonio Chavarría, era la esperanza de los azules por recuperar aquel gobierno.
Aunque se esperaba la declinación de Guadalupe Acosta Naranjo a favor de García Gómez, esto nunca sucedió. Hay quien afirma que el propio Ney González se entrevistó directamente con Acosta Naranjo y "se ocupó" de él. Como haya sido, en Nayarit el triunfo puede explicarse a partir de la fuerte estructura priísta en la entidad, ya que la división interna no incidió directamente en el resultado de las elecciones y no fue obstáculo para que el PRI mantuviera la gubernatura.
¿Quién perdió en este proceso? Sin duda y a todas luces perdió el PAN. Perdió Gustavo Madero y perdieron indirectamente los precandidatos que se apersonaron en alguna de las campañas. Perdieron las estructuras estatales del partido porque no han sabido desarrollar dinámicas locales o han permitido su captura por instancias superiores.
¿Perdió el presidente Calderón? Difícil de confirmar. No hay certeza de que el presidente efectivamente haya apostado al triunfo de su partido porque hoy no lo controla tan cómodamente como hasta hace unos meses. Una hipótesis es que precisamente apostó al fracaso para retomar el control de la estructura del partido removiendo a su presidente nacional, tal como lo hizo en 2009. No es casual que personalidades panistas inmediatamente hayan arropado públicamente a Gustavo Madero.
Perdió el PRD y con él la corriente de Los Chuchos, quienes buscaban obtener en la de Nayarit una gubernatura para ellos. Además son ellos quienes tendrán que pelear por mantener el registro en Coahuila debido a la escasa votación que allá obtuvo su partido. Perdió Marcelo Ebrard, quien buscaba una alianza con el PAN en el Estado de México para dar frente al PRI, hecho que se malogró. Perdieron también Andrés Manuel López Obrador, el Partido del Trabajo y Convergencia.
Es memorable la foto con la que Encinas inició su campaña: rodeado por Cuauhtémoc Cárdenas, López Obrador y Ebrard. Esa foto retrata quiénes perdieron en el Estado de México.
¿Quién ganó? El PRI entero y Enrique Peña Nieto. El PRI ganó porque conservará tres gubernaturas en estados que han sido bastiones para el partido. Ganó Enrique Peña Nieto porque consolida su liderazgo al interior del partido y porque obliga a replantear su estrategia presidencial a Manlio Fabio Beltrones, quien con este resultado pierde terreno en sus aspiraciones.
¿Ganó México? Nada de eso. Son las mismas campañas, con los mismos partidos y con los mismos rostros. Con las mismas propuestas y con el mismo discurso. No parece haber en el registro algún elemento novedoso de estas elecciones. El desencanto es evidente: un abstencionismo promedio del cuarenta y tantos por ciento demuestra que una buena parte de los mexicanos no cree en estos procesos. Y la anhelada transición, la urgente renovación del sistema político, sigue a la espera.
Twitter: @caudillomx
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